Vivienda
"No es agradable vivir de ocupa", cuenta la mujer que reside con sus tres hijos en la casa de Guanarteme que van a expropiar
Adina, su pareja y sus tres hijos son una familia en situación vulnerable que reside desde hace tres años en una vivienda ocupada, a la espera de un desalojo inminente
El Ayuntamiento expropiará la casa terrera para completar el paseo peatonal sobre el barranco de La Ballena

Vivienda ocupada a expropiar en la calle Vergara, en el barrio de Guanarteme / Andrés Cruz

Adina y sus tres hijos no tienen casa: hace ya tres años que residen en una vivienda ocupada del barrio de Guanarteme, en Las Palmas de Gran Canaria. Se trata de la última propiedad pendiente de expropiar para construir el paseo peatonal sobre el barranco de La Ballena, que irá desde la plaza América hasta La Cícer. Hace poco se abrió un proceso judicial para que las dos familias que viven allí abandonen la casa terrera, que está dividida desde dentro por una pared que construyeron con ladrillos. El problema para Adina no es tener que irse, sino la falta de alternativas que vislumbra: "Tengo tres niños y no podía pagar el alquiler. No es agradable vivir de ocupa. Sabemos que tenemos que irnos y saldremos cuando el Ayuntamiento quiera, no hay bronca en eso, pero no sé qué hacer".
Lo más duro de su situación, cuenta Adina, es pensar en sus hijos de 12, 17 y 19 años. Pide ser discreta, no por sí misma, sino pensando en lo que es mejor para ellos: "Cuando vienen entran corriendo directamente a la casa para que no los vean los demás niños. Los niños son un poco malos y hacen bullying y yo no quiero que pasen por eso".
Una hija becada en Reino Unido
Su hija mediana consiguió una beca para estudiar un tiempo en Reino Unido, donde se encuentra actualmente, y regresará a Gran Canaria en diciembre. Los tres van a clase todos los días con normalidad y, asegura Adina, también sacan buenas notas.
Al otro lado de la pared de ladrillos que separa la estancia vive otra familia que tiene un bebé. Hace tiempo vivía una diferente, en la que también había otro niño pequeño.
La precariedad del trabajo
Antes de que Adina, su pareja y sus hijos comenzasen a habitar la casa, ya tenían problemas para encontrar una vivienda. Ella ha estado mucho tiempo trabajando en el campo, desde que a los 14 años salió de Rumanía para asentarse en la Península. Allí comenzó en la recogida de aceitunas pero, al tratarse de un cultivo que va por temporadas, apenas podía asegurarse el trabajo durante tres meses.
Posteriormente se mudó a Gran Canaria, donde encontró una fuente de ingresos en el tomate. Tiene la voluntad de seguir dedicándose a esta labor, a pesar de la dureza que entraña, pero hace tiempo que no le ofrecen nada. Por eso, cada vez que puede, encadena pequeños trabajos puntuales que le pagan por horas.
"Antes vivíamos en el campo, el dueño nos daba para vivir ahí. Yo sí quiero trabajar. Fui a buscar trabajo y me dijeron que tengo que esperar hasta el año que viene. Yo meto currículum en todas partes de limpieza y cosas así porque no sé mucho leer y escribir. Cuando me llamen, yo voy. Estoy apuntada en todas partes y mi pareja igual", relata.
Un desalojo inminente
Hace poco recibieron el anuncio de desalojo a raíz del proceso judicial que iniciaron los dueños de la vivienda. Se trata de los herederos de la pareja que vivía allí anteriormente, un matrimonio de personas mayores que tenían varios hijos, entre ellos uno con discapacidad. Desde que fallecieron, la casa quedó vacía.
Cuando empezaron a vivir en el inmueble, Adina cuenta que estuvieron un tiempo pagando las facturas del agua pero, como dejaron de mandarlas, acabaron por cortarles el suministro: "Ahora mismo cargamos garrafas porque no hay agua corriente".
A partir del aviso de desalojo que llegó recientemente, Adina cuenta que disponían de 60 días para dejar la casa, pero solicitó un abogado para alargar un poco más ese periodo. "No le pedí que me defienda ni nada. Yo le pedí que me dé un poco más de tiempo en la casa, por lo menos hasta que los niños acaben el curso", explica.
El futuro incierto
Adina habla sosegada, sin perder los nervios, porque es plenamente consciente de que en algún momento llegaría la hora de dejar la vivienda. Ahora que ese devenir se acerca, apenas vislumbra la posibilidad de pasar unos días en casa de algunos conocidos, aunque después no sabrá qué hacer. Está buscando algún alquiler asequible, pero el dinero que gana con sus trabajos puntuales no le alcanza para hacer frente a los precios inflados de la oferta actual.
Reflexiva, tanteando las opciones que tiene, valora su situación de forma realista: "Yo sabía que no somos los dueños ni nada. Yo antes estaba trabajando y tenía un alquiler. No he vivido siempre de ocupa y no es agradable. Es difícil vivir en una casa de la que sabes que te van a echar, pero lo afrontaremos. Ojalá encuentre algo antes de que me echen. No hay bronca ni nada de eso: yo sé que no es mi casa y que no voy a vivir aquí para siempre, pero a mí me gustaría que avisen antes, que no vengan y nos echen".
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