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Crónicas de un rompesuelas

Donantes con cruz, pinceles con duda: la Inmaculada con mácula

En el interior de la Iglesia de San Francisco de Borja se oculta un monumental lienzo que supuestamente guarda uno de los mayores secretos de la nobleza canaria

El cuadro en la iglesia de San Francisco de Borja.

El cuadro en la iglesia de San Francisco de Borja. / Andrés Cruz

La proximidad de la festividad de la Inmaculada Concepción supone una oportunidad para recordar un hecho asombroso: el mayor lienzo dedicado a la Purísima no se halla en la Catedral, expuesto a la mirada de fieles y visitantes, ni preside la capilla de alguno de los templos más concurridos, sino que yace oculto en la Iglesia de San Francisco de Borja.

Aunque de sobra es sabido que el templo de Vegueta custodia un valioso conjunto de obras de arte, esta no figura a la vista del público. Lejos del recorrido habitual, protegido del bullicio y de las miradas, se oculta en una estancia –la Sala Arrupe– a la que solo puede accederse a través de la sacristía. Allí, como un secreto celosamente guardado, reposa un monumental cuadro que impone tanto por su tamaño como por su historia: una Inmaculada Concepción de 574 por 340 centímetros, pintada en 1862 por el artista grancanario Manuel Ponce de León y Falcón.

Un lienzo monumental y un simbolismo inesperado

El lienzo, de formato rectangular y composición vertical, se articula en dos registros claramente diferenciados. El superior está presidido por la Inmaculada Concepción, situada sobre una masa de nubes y rodeada de ángeles. El registro inferior, en cambio, se reserva a dos figuras arrodilladas, representadas como donantes que ofrecen tributos simbólicos a la Virgen. A la izquierda, un caballero vistiendo armadura dirige la mirada hacia la Virgen mientras le ofrece una lanza y un yelmo. Frente a él, un segundo personaje que lleva el hábito de la orden de Santiago también alza la vista hacia la Inmaculada mientras se lleva la mano derecha al pecho y le presenta una corona y un cetro.

Fuentes externas –cuya veracidad no he podido confirmar– identifican a estos personajes como Juan del Castillo y Westerling, y a Cristóbal del Castillo y Manrique de Lara, quienes –según estas mismas fuentes– serían los padres biológicos de María de los Dolores Manrique de Lara y Bravo de Laguna y de María del Carmen Bravo de Laguna, respectivamente. Esta hipótesis se basa en la presunta esterilidad, atribuida a la endogamia, de sus padres legales, Agustín y Pedro Manrique de Lara y Manrique de Lara, quienes supuestamente habrían acordado con ellos que engendraran hijos con sus respectivas esposas.

Esta supuesta paternidad encubierta no tendría importancia de no enlazarse –según la tradición oral– con el origen del lienzo. Pues cuando los padres de la Compañía de Jesús encargaron a Manuel Ponce de León la ejecución de la obra, los dos nobles vieron en aquel encargo la oportunidad perfecta para redimir su pecado contra el sexto mandamiento, y movidos por un propósito de contrición, ofrecieron sufragar su coste, cuyo importe final, tras dos años de trabajo, ascendió a ocho mil reales, una suma extraordinaria para aquel tiempo.

Pero si la lujuria encontró un cauce de penitencia, la soberbia reclamó su precio, y el gesto, aunque revestido de piedad, no estuvo exento de interés. Los dos nobles aceptaron sufragar el encargo con una condición: que sus figuras quedaran incorporadas a la obra. Sin embargo, en la pintura religiosa destinada al culto estaba vedada la presencia explícita de personajes laicos. La solución consistió en encubrir sus identidades bajo iconografías legitimadas por la Iglesia; Cristóbal, reconocido patricio de la isla, adoptaría la imagen de san Ignacio de Loyola cuando fue herido durante la defensa del castillo de Pamplona que aparece a sus espaldas, mientras que Juan –segundón de la casa condal de la Vega Grande, pintor y coleccionista de arte– sería representado como san Francisco de Borja ofreciéndole a la Virgen la corona del ducado de Gandía que había heredado de su padre.

Aunque ambas escenas representan el legendario desapego de esas figuras, sus aristocráticos modelos impusieron una última condición: debían figurar vistiendo atuendos militares, de modo que sus hábitos permitieran incorporar la prestigiosa Cruz de Calatrava de la que tanto presumían.

Sin embargo, aunque el pintor canario cumpliera todas sus exigencias, como buen aficionado a sembrar claves alegóricas en su obra dejó una sutil pista sobre el pecaminoso origen de aquel ‘piadoso’ mecenazgo. Al concluir el cuadro, un grupo de seminaristas le preguntó por el significado del ángel situado justo a la derecha de la Virgen que se precipita por una rampa de nubes. El artista respondió que representaba el pecado original, de ahí que sostuviese su emblema, una manzana. Ante la insistencia estudiantil, que quería saber por qué lo había pintado rodando por el cielo cuesta abajo, el pintor dio una contestación a medio camino entre el desdén y la ironía: «¡Cómo dicen que el pecado original es una cosa que está dando vueltas por ahí!».

A la luz de estos hechos, la presencia de esa insinuación alegórica resulta profundamente paradójica, pues se encuentra en una obra concebida para representar la Inmaculada Concepción de María, el dogma central que proclama a la Virgen preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción, y que, en términos simbólicos, encarna el triunfo definitivo sobre el pecado.

Un cuadro esconde la historia de dos patricios que, antes de morir, buscaban redimir un pecado, y la de un pintor que negaba la posibilidad de nacer sin él

Para comprender esta incongruencia debemos tener en cuenta que dicho dogma jamás fue una creencia unánime, sino que alimentó encendidas controversias durante siglos, hasta que finalmente fue proclamado en 1854 por el papa Pío IX, es decir, apenas seis años antes de que Manuel Ponce de León comenzara a pintar el cuadro.

¿Acaso el pintor fue uno de los numerosos detractores del recién proclamado dogma y aprovechó para subvertirlo en una obra que pretendía justo lo contrario?

Es posible. Pero aún más sorprendente es que, pese a los múltiples traslados, olvidos y vicisitudes que afrontó a lo largo del siglo pasado, la pintura no sólo se conserve intacta sino dentro de su marco original, también diseñado por Ponce de León, para ajustarse al vano central del retablo mayor que él mismo diseñó.

El lienzo presidió el altar mayor hasta 1944, cuando, en el marco de las reformas dirigidas por el arquitecto Fernando Delgado León, que abrieron las dos capillas laterales del templo, fue retirado de su emplazamiento original y trasladado al altar de la Inmaculada, espacio que ocupaba entonces lo que hoy corresponde a la advocación del Sagrado Corazón. Allí no permaneció demasiado: en 1957 pasó a la capilla del antiguo Colegio Jesuita de la calle Juan E. Doreste hasta que su demolición en 1973 lo devolvió al templo, pero no a sus paredes, pues la pintura retornó enrollada y permaneció así durante años, hasta que el provincial jesuita, Alejandro Muñoz Priego, siguiendo indicaciones del Obispado, dispuso su restitución al marco original y ordenó su colocación en la antigua sacristía.

Por ello, aunque este cuadro demuestre que Ponce de León fue mucho mejor arquitecto que pintor constituye algo más que una obra de arte. Es un testimonio silencioso de secretos familiares, de conciencias atormentadas que buscaban redención, de un dogma teológico y del ingenio de quien supo satirizarlo. Cada elemento del cuadro –desde los donantes arrodillados hasta el ángel que rueda con su manzana– cuenta una historia que trasciende lo meramente artístico para adentrarse en la intrahistoria de la sociedad canaria de su tiempo.

Hoy, esta monumental obra, oculta en la Sala Arrupe, aguarda pacientemente a ser redescubierta. Su azarosa historia no ha logrado empañar su belleza ni silenciar las voces del pasado que resuenan en cada pincelada. Es, en definitiva, un recordatorio de que el arte verdadero no solo embellece los espacios, sino que preserva la memoria colectiva y las complejidades del alma humana.

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