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Crónica de un rompesuelas

La otra casa real

Las memorias de Juan Carlos I prometían revelaciones, pero omiten su primera visita a Las Palmas en 1958, cuando el joven príncipe acudió al mismo prostíbulo que visitó Alfonso XIII medio siglo antes

La casa de la Loreto.

La casa de la Loreto. / José Carlos Guerra

Las Palmas de Gran Canaria

Estos días he estado leyendo las memorias del rey emérito, anunciadas a bombo y platillo como el libro del año. En ellas, su regio autor se muestra sorprendido de recordar con precisión la fecha exacta en que zarpó desde el puerto de Cádiz rumbo a ‘Canarias’ – curiosamente, parece haber olvidado a qué isla exactamente– a bordo del Juan Sebastián de Elcano. Al leer esas líneas, no pude evitar preguntarme si su memoria es selectiva: fechas, barcos y trayectos permanecen intactos en el recuerdo, pero ciertos episodios más prosaicos, como su primera visita a Las Palmas de Gran Canaria, parecen haberse esfumado convenientemente. 

Fue un jueves, 16 de enero de 1958. Aquel día, un joven Juan Carlos de Borbón arribó al puerto a bordo del Juan Sebastián de Elcano, procedente de Cádiz. 

Tenía veinte años recién cumplidos y vestía el uniforme de guardiamarina, que apenas llevaba cinco meses luciendo como alumno de la Escuela Naval Militar. 

Por entonces, el príncipe cursaba su instrucción militar en las Fuerzas Armadas, un itinerario diseñado como parte de su preparación para asumir la jefatura del Estado, que le había llevado a iniciar, tres años antes, su formación castrense en el Ejército de Tierra, que ahora continuaba en la Armada, de donde pasaría más tarde a la Aviación. 

Por eso, aunque en teoría no fuera más que otro de los muchos guardiamarinas que se instruían a bordo del legendario buque escuela, en la práctica su estancia en nuestra ciudad fue intensa y cuidadosamente orquestada: lo recibieron con honores y múltiples actos sociales. Bailes en el Gabinete Literario y en el Club Náutico, la plantación ceremonial de un drago en el campo de golf de Bandama, una visita al Hospital Militar –que actualmente ocupa el Rectorado de la Universidad– para saludar a los militares heridos en la vecina guerra de Ifni y del Sahara, la asistencia a una exhibición folclórica en el Pueblo Canario y, finalmente, una visita a Teror

La Casa de la Loreto

Sin embargo, al margen de tanto protocolo, el príncipe seguía siendo un adolescente con las mismas necesidades que el resto de sus compañeros. Así que cuando manifestó su intención de visitar un lupanar, varios se unieron a él. La petición no tenía nada de insólito: era de esperar en unos jóvenes recién llegados a tierra firme con la testosterona a flor de piel tras una semana en alta mar. Pero Matías Vega Guerra, presidente del Cabildo, había sido avisado de la presencia de aquel alumno tan especial entre la tripulación. Así que el establecimiento elegido no fue uno cualquiera, sino el de mayor prestigio de toda la isla: La Casa de la Loreto, en la calle García Tello, avalada por llevar más de un siglo ofreciendo sus servicios sin interrupción. 

Como tantos prostíbulos de la época, aquel local no surgió del vicio, sino de la necesidad. La hambruna que asoló las islas orientales a comienzos del XIX forzó una migración masiva hacia Gran Canaria. Los majoreros que se establecieron en el barrio de Vegueta se dedicaron primero a oficios artesanales, pero como si una maldición bíblica los persiguiese, la epidemia de cólera de 1851 dejó tras de sí un barrio fantasma. Sin trabajo ni recursos, la desesperación empujó a algunas mujeres a ejercer el oficio más antiguo del mundo. 

Fue entonces cuando la familia formada por José Martín, Dolores Castillo y su hija María Loreto abrió las puertas de su hogar a quienes buscaban amores de alquiler. 

La casa de la Loreto.

La casa de la Loreto. / José Carlos Guerra

La más respetada y distinguida de la ciudad

Pronto, lo que comenzó siendo una escapatoria terminó convirtiéndose en un empleo estable y la vivienda donde lo ejercían en una casa de lenocinio que no tardó en consolidarse como la más respetada y distinguida de la ciudad. 

Poco a poco, por los aposentos de aquella morada empezó a desfilar buena parte de la alta sociedad local y foránea, pues diplomáticos, almirantes e incluso ministros se sintieron atraídos por el renombre del establecimiento. Incluso para muchos jóvenes que tenían la fortuna de estudiar fuera de Gran Canaria, la visita a aquel lupanar llegó casi a convertirse en un rito ineludible cada vez que regresaban a la isla que los vio nacer. 

Así, la fama de la Casa de la Loreto no tardó en rebasar nuestras costas y extenderse por la Península, hasta el punto de erigirse en parada obligada para aquellos viajeros ilustres que, en cada ciudad que recorrían, solían visitar sus mancebías con el mismo interés y naturalidad con que acudían a contemplar sus museos o sus monumentos más emblemáticos. 

Por eso, cuando su abuelo Alfonso XIII llegó a Gran Canaria a finales de marzo de 1906, el alcalde Ambrosio Hurtado de Mendoza tuvo que llevarlo de incógnito al célebre burdel del que tanto había oído hablar en Madrid. 

Al concluir el evento, como muestra de gratitud, el rey distinguió al regidor con el cargo de gentilhombre de cámara de palacio, la Gran Cruz de Isabel la Católica y una generosa suma de dinero para la beneficencia.  

Y, como de casta le viene al galgo, cincuenta y dos años después su nieto acudió al mismo establecimiento, en una visita organizada con idéntico detalle y bajo un discreto despliegue de seguridad.  

Difícil de reconocer

En aquellos tiempos sin televisión, con periódicos de fotografías borrosas y en blanco y negro, solo unos pocos vecinos que lo habían visto fugazmente en el NO-DO reconocieron que, pese a su aspecto extranjero, aquel muchacho que agachaba sus cabellos dorados para entrar en la casa era, en realidad, su alteza real el príncipe Juan Carlos de Borbón, cuyo rostro apenas comenzaba a resultar familiar para una pequeña minoría. 

El domingo 19 de enero, el Juan Sebastián Elcano abandonó el puerto rumbo a Santo Domingo –entonces llamada Ciudad Trujillo– para iniciar un prolongado periplo de 141 días de navegación que incluiría cruzar el canal de Panamá dos veces y hacer escalas en Colón, Callao, Buenaventura, Norfolk, Annapolis, Dublín y Brest, antes de regresar finalmente al puerto español de Marín. Y en cada una de esas ciudades, el príncipe vivió nuevas aventuras amorosas –“cuatro meses de descubrimientos y grandes aventuras” según él mismo relata–, casi siempre con señoritas de compañía. 

De burdel selecto a vivienda humilde

Hoy, quien pase ante el número 16 de la calle García Tello tan solo observará una humilde vivienda de una sola planta, fácil de confundir con un edificio abandonado que espera su demolición

La fachada exhibe su abandono sin pudor: desconchones, grietas y amplias zonas donde el revoque parece haberse desprendido. Cables colgando como venas expuestas, una tubería y la puerta metálica, junto a la ventana oxidada, rompen brutalmente con el decoro de las fachadas vecinas. Las manchas de humedad y su aspecto ruinoso apenas permiten imaginar que la Casa de la Loreto fue, hasta no hace mucho, el burdel más selecto de todo el archipiélago

Curiosamente, una de las pocas edificaciones de Las Palmas que ha recibido a dos reyes de España jamás ha aparecido en ninguna crónica oficial

Por ello, la historia de aquella primera visita de Juan Carlos de Borbón a Las Palmas forma parte de esos episodios discretos que raramente aparecen en las crónicas oficiales, pero que permanecen vivos en la memoria colectiva de la ciudad. La Casa de la Loreto, testigo silencioso de casi dos siglos de nuestra historia, se desvanece hoy entre las casas más señoriales de Vegueta como un eco lejano de aquellos tiempos en que ministros, almirantes y hasta monarcas cruzaban su humilde umbral. 

No me extraña que el rey emérito haya preferido omitir en sus memorias este episodio de su juventud, así que, como tantos otros secretos a voces de nuestra historia reciente, permanecerá en ese limbo entre lo conocido por todos y lo oficialmente ignorado. Lo que es indudable es que aquella visita forma parte del entramado de anécdotas que configuran la relación entre la monarquía y nuestras islas: una relación hecha de tantos actos protocolarios como de escapadas nocturnas que demuestran que los miembros de realeza siempre han tenido dos residencias: de día la casa real y de noche la real casa. 

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