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Así es vivir entre humedades y sin ascensor en Las Palmas de Gran Canaria: Las Rehoyas espera las nuevas viviendas «como agua de mayo»

Entre humedades, grietas y sin ascensores, los vecinos de las calles Santa Luisa de Marillac y Santa María de la Cabeza siguen pendientes de mudarse

Estado de la Fase 0 del plan de reposición de Las Rehoyas

Andrés Cruz

Las Palmas de Gran Canaria

«Esperamos las casas como agua de mayo», resalta Carmen Coronel, vecina de Santa María de la Cabeza y adjudicataria de una de las 148 viviendas del nuevo edificio del parque de Las Rehoyas, el primero del plan de reposición de Las Rehoyas-Arapiles, en Las Palmas de Gran Canaria. A sus 82 años tiene una pierna ortopédica y vive en un tercero sin ascensor. Como ella, decenas de familias están esperando por sus casas desde hace un año; otros tantos, quienes irán al que se está construyendo en la calle Doctor Chiscano, tendrán que esperar como mínimo hasta 2028 para decir adiós a unas casas de los años 60 repletas de grietas, moho y falta de accesibilidad.

El plan de reposición de Las Rehoyas-Arapilas, el mayor de toda Canarias, pretende sustituir 2.558 viviendas. Este está dividido en ocho fases, además de una fase cero con 300 viviendas a la que pertenecen el edificio del parque y el que están construyendo en la trasera del hospital Doctor Negrín. En ambas promociones serán realojados los vecinos residentes entre los números 9 y 23 de Santa Luisa de Marillac; y del 2 al 16 de Santa María de la Cabeza.

El moho escala por las fachadas

Los bloques de Santa Luisa de Marillac son la viva imagen de la situación en la que se encuentra buena parte de este barrio. El moho verde escala por fachadas repleta de desconchones y grietas; donde las palomas viven en los bloques calados de cada zaguán. En la caja de la escalera, los encalados que han caído dejan ver los ladrillos de obra y los techos amenanzan con caerse. Mientras, las humedades han penetrado de tal manera que ya se han colado en muchas viviendas, abombando suelos, paredes y techos.

«A este paso me muero y no nos dan las casas», apunta una vecina mientras entra en su portal, en Santa Luisa de Marillac, contiguo al de Juan Marcos Carreras. «En su día [hacia finales de los años 90] hicieron los bajantes, pero fue una chapuza, no sirvió de nada», indica este último. Y es que salta a la vista el color que ha teñido las fachadas. «Esto es un desastre, el piso de la cocina lo tengo todo levantado», añade.

«Teníamos la ilusión de pasar la Navidad en la nueva casa»

En su caso, le han adjudicado una casa en el edificio del parque. «Teníamos la ilusión de pasar la Navidad en la nueva casa, pero no podrá ser», destaca, teniendo en cuenta que las obras terminaron hace ahora un año. Mientras tanto, el Ayuntamiento ha estado envuelto en la burocracia derivada de la complejidad de las escrituras de muchas viviendas y en trámites con el Gobierno de Canarias, por lo que aún no ha podido entregar las llaves. Por otro lado, los trabajos de la promoción de la calle Chiscano se encuentran paralizados desde julio. El Consistorio baraja ahora 2028 como año para terminar la obra, tal y como quedó constatado en el Pleno de este viernes.

«Mi hijo tiene la casa en Doctor Chiscano, así que a saber cuándo se la darán a él», aclara Carreras, quien tiene a media familia residiendo a un lado y otro de la calle Santa Luisa de Marillac. No obstante, los bloques pares no serán derribados hasta la fase 7, por lo que les quedan años por delante. «Llevamos mucho tiempo así, toca resignarse», apostilla.

Ratones y cucarachas

Tres bloques calle arriba, Nicolasa Santana vive con dos hijas y su nuero. «Por las noches cerramos las ventanas corriendo», resalta. Bajo el ventanal de la cocina se encuentra una zanja hacia donde dan los bajos-semisótano -cosa del desnivel de la ladera y de cómo se hicieron los edificios-, allí la basura se acumula, por lo que proliferan ratones y cucarachas que amenazan con entrar a las viviendas más cercanas.

El interior del edificio de Nicolasa es de auténtico terror. Las humedades han escalado por todo el portal y la angosta escalera, por donde apenas puede pasar una persona. Los rajones han cobrado vida propia; hasta tal punto que «el otro día se cayó un trozo de bloque del techo, menos mal que no pasó nada». En lo alto del zaguán queda el hueco como huella de la situación crítica que vive el bloque.

«Cuando se rompe una tubería esto se convierte en una escandalera», añade esta vecina. De hecho, los problemas con el alcantarillado y las filtraciones son una tónica en el barrio. En el caso de Nicolasa, su familia está de alquiler, aunque espera que puedan ir al edificio de Doctor Chiscano, que es a donde le han asignado a la propietaria.

«A ver si mi prima Darias me da ya la casa»

Carmen Coronel Darias lo tiene claro: «A ver si mi prima Darias me da ya la casa». En su caso, ve con esperanza la mudanza, le han dado un piso en el edificio del parque, «haciendo esquina, con vistas al campo de fútbol para ver a los muchachos». Tras operarse -lleva una pierna ortopédica- tuvo que pasar un año en casa de uno de sus hijos. Vive en un tercero sin ascensor, por lo que habría estado encarcelada en su propio hogar. «Ahora me ayudan a subir y bajar, me agarro de la barandilla y con mucho sacrificio», resalta.

Edificios de la Fase 0 del plan de reposición de Las Rehoyas

Juan Marcos Carreras desde la ventana de su casa en Santa Luisa de Marillac. / José Carlos Guerra / LPR

Como muchas otras familias, llegó a Las Rehoyas a finales de los años 60 procedentes del Risco de San Nicolás. «Vine cargando con parte de la cama en la cabeza», recuerda. Cambiaron el portón por una casa de 42 metros cuadrados donde llegaron a vivir 16 personas, «teníamos literas y mi padre hizo camas plegables que poníamos en el suelo para caber todos».

La zona con mayor mortalidad

Los vecinos de estas dos calles tienen la tercera renta familiar más baja de toda la ciudad (24.966), tan solo por delante de los hogares de San Francisco y la Rambla de Jinámar, según datos del Instituto Nacional de Estadística de 2023. Además, el Atlas de Mortalidad del proyecto Medea-3 desvela que esta zona tiene la mayor mortalidad de Las Palmas de Gran Canaria en hasta 15 enfermedades -cáncer, diabetes, cirrosis, sida-.

Y es que la historia de Las Rehoyas ha sido una de convivencia durante décadas con la precariedad de sus casas. Llegaron en los años 60 a una ladera recién urbanizada casi sin servicios públicos -estos vinieron más tarde-, con las calles sin asfaltar; y lo hicieron a unos edificios que prácticamente nacieron obsoletos. Con casas de escasos 42 metros cuadrados y escaleras angostas.

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