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Crónicas de un rompesuelas

Lucía invisible

Con motivo del día de santa Lucía, transcribo una reflexión ante el mural que Jesús Arencibia le dedicó en el Hotel Santa Catalina

Mural de Jesús Arencibia dedicado a santa Lucía en el Hotel Santa Catalina.

Mural de Jesús Arencibia dedicado a santa Lucía en el Hotel Santa Catalina. / FG

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Las Palmas de Gran Canaria

El Bar Carabela del Hotel Santa Catalina respiraba su rutina habitual: ese murmullo denso de conversaciones superpuestas, el tintineo de cristales y de risas que nacían y morían sin dejar rastro. Nadie miraba el mural o tal vez todos lo miraban con esa clase de ceguera que desarrollamos ante lo familiar, esa mirada domesticada que recorre las cosas sin pararse en ellas, que las atraviesa como si fueran aire. Porque aquel mural se hallaba allí como si fuera el papel pintado de una pared, presente y ausente a la vez, condenado a la invisibilidad de lo permanente.

Yo seguía con mi copa intacta. En realidad, no tenía sed, tan sólo la había pedido como una excusa para poder permanecer allí durante varias horas. No sabría decir cuánto tiempo llevaba sentado frente al mural de Jesús Arencibia, ese que pintó en 1951 y que ahora resplandecía bajo las luces del bar como un grito silencioso en medio del bullicio. El lienzo representa una procesión de ciegos que avanza a tientas alrededor de una estatua de santa Lucía, reconocible por la palma del martirio que sostiene en una mano y el plato con sus propios ojos en la otra.

De pronto, una pareja joven se detuvo frente al mural. Él sacó el móvil, ambos compusieron una sonrisa y, tras capturar su imagen contra el lienzo, siguieron su camino como si nada hubiera ocurrido.

Pensé en Lucía de Siracusa, aquella joven cristiana cuyos padres habían prometido a un pretendiente pagano. Cuando su madre cayó gravemente enferma, Lucía invocó la intercesión de santa Ágata y juró consagrar su vida a los pobres si obtenía su curación. La madre sanó y la joven, fiel a su promesa, se negó a casarse. Entonces su pretendido, herido en su orgullo, aprovechó la persecución dictada por el emperador Diocleciano contra los cristianos para denunciarla, por lo que acabó siendo decapitada. La tradición añade que antes le arrancaron los ojos. Por eso se la venera como patrona de los ciegos.

La procesión en su honor se celebra cada 13 de diciembre, fecha en que la tradición sitúa su martirio y que se vincula con un refrán que adopta innumerables variantes: ‘por santa Lucía, crecen las noches y menguan los días’, porque alrededor de esa fecha el ocaso empieza a adelantarse, prolongando las horas de oscuridad hasta el solsticio de invierno, hacia el 21 de diciembre, el día más corto del año. Tal vez por eso la memoria del martirio de esta patrona de los ciegos, de la que apenas quedan testimonios históricos, quedó fijada en un tiempo en que las tinieblas parecen ganar terreno.

Cerrajón

Como siempre, Jesús Arencibia no dejó nada al azar. En el extremo derecho del mural florece un cerrajón, nombre con el que se conoce popularmente el Sonchus acaulis, endemismo propio de medianías de Gran Canaria y Tenerife. El significado de esa planta de flores amarillas al borde mismo del risco es evidente: cerrajón significa cerro alto y escarpado, que es precisamente donde se desarrolla la escena.

Justo a su lado hay un tronco antropomorfo que parece cortado a hachazos en clara alegoría a la decapitación de la santa. Jesús Arencibia no daba puntada sin hilo.

Pero el cerrajón no es el único endemismo representado. Frente a la estatua, un personaje de espaldas y cabizbajo sostiene una ramita de verode en la mano izquierda. A pesar de su toxicidad, esta planta tiene propiedades cicatrizantes y vulnerarias. Quizás por ello los isleños la vinculan a la santa, pues sus virtudes refrescantes y antiinflamatorias la convierten en un remedio tradicional para la conjuntivitis, esa dolencia que transforma la luz en tortura. De ahí que el personaje le ofrezca esa rama mientras baja la cabeza y se cubre los ojos, incapaz de soportar el fulgor que irradia su estatua, pues su nombre –en la dulce lengua de Virgilio– significa precisamente eso: resplandeciente, luminosa.

La ironía no podía ser más evidente: a pesar de la luz que derrama, la procesión de ciegos que porta devotamente su estatua avanza sin ver que marcha por un risco que se prolonga hacia la derecha y se desvanece fuera del mural, justo en dirección al espectador. Caminan, sin saberlo, hacia el abismo. Y en esa procesión ciega reside el verdadero significado de la obra: la fe que guía puede ser también la fe que ciega.

No se trata de una simple escena devocional, sino de otra de sus numerosas críticas cuidadosamente disfrazadas de escenas piadosas para poder burlar la censura franquista

Precisamente por eso, la mujer ciega más cercana al espectador, vestida de azul, aparece arrodillada, como si acabara de tropezar. Tras ella, el hombre que se apoyaba en su hombro intenta en vano recuperar el equilibrio, condenado igualmente a la caída. A su derecha, otra mujer yace en el suelo con un niño a su espalda, y se aferra desesperadamente al bastón de un ciego que todavía permanece en pie. Más atrás, dos hombres avanzan de espaldas, ignorantes del desastre que los aguarda: tarde o temprano tropezarán con los cuerpos caídos, arrastrados todos hacia el mismo abismo. Son como una hilera de fichas de dominó, destinada a derrumbarse.

No pude evitar pensar en aquella parábola evangélica: ‘Dejadlos, son guías ciegos; si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en la hoya’, porque Jesús Arencibia pintó esta procesión que avanza de frente hacia el precipicio en pleno nacionalcatolicismo, cuando religión y Estado se confundían. De hecho, fue el único mural de todo el hotel cuyo tema eligió libremente. Por eso no se trata de una simple escena devocional, sino de otra de sus numerosas críticas cuidadosamente disfrazadas de escenas piadosas para poder burlar la censura franquista. La fe ciega –nunca mejor dicho– de sus compatriotas como símbolo de ignorancia, de extravío, de obediencia sin discernimiento.

Mural de simbolismo profundo

Durante décadas, miles de personas han desfilado ante este mural contemplándolo absortas, admirando su belleza, su técnica, su simbolismo profundo. Exactamente como los ciegos que lo pueblan. Sin ver jamás lo que su autor quería transmitir.

Aquella noche el mural lucía, espléndido, imponente, magnífico. Brillaba con la luz artificial del bar, con los colores que Jesús Arencibia eligió hace más de setenta años. Pero nadie lo veía. Al menos no de verdad.

Me levanté y me acerqué. Toqué el borde del marco, donde se prevé que la procesión continuará más allá del lienzo. Viniendo hacia nosotros. Como si nos invitara a unirnos o nos advirtiera de que ya formamos parte de ella.

Regresé a mi mesa. La copa seguía intacta. A mi alrededor el bullicio continuaba, ajeno, indiferente. Otros clientes pasaban junto al mural sin apenas mirarlo, o lo observaban brevemente antes de volver a sus conversaciones. Procesiones modernas. Cada uno siguiendo su propio bastón, confiando en que alguien por delante sabe el camino.

La luz que emanaba de santa Lucía ya no me parecía tan reconfortante. En realidad, era una luz cegadora que no ilumina el camino, sino que oculta su destino.

Me pregunté cuántos caminamos cada día con los ojos abiertos, pero ciegos, sosteniendo nuestros bastones, siguiendo a la multitud, sin atrevernos a preguntar si el suelo que pisamos es firme o si, en cualquier momento, nuestro pie se encontrará con el abismo.

Apuré mi copa de un trago y salí del bar sin mirar atrás.

El mural permaneció ahí, como siempre. Resplandeciente a la vez que invisible. Gritando en silencio su advertencia a la multitud de ciegos modernos que día tras día desfila ante él.

La ironía del mural era también la mía: había pasado horas contemplando una obra sobre la ceguera colectiva mientras el bar entero confirmaba, copa tras copa, selfi tras selfi, la exactitud de su profecía.

Lucía lucía invisible, pero nadie –salvo quizás un bebedor solitario– se detenía a contemplarla.

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