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La policía de Nueva York llegó a Gran Canaria para cazar al asesino de Bill el Carnicero

La persecución cruzó el Atlántico en 1855, hizo escala en Las Palmas y acabó con una detención tan eficaz como inútil

El Puerto de Las Palmas, unas décadas después de los hechos. Arriba a la derecha, William Poole, conocido en Nueva York como Bill el Carnicero.

El Puerto de Las Palmas, unas décadas después de los hechos. Arriba a la derecha, William Poole, conocido en Nueva York como Bill el Carnicero. / Fedac

Héctor Rosales

Héctor Rosales

Las Palmas de Gran Canaria

En abril de 1855, un barco llegado desde Nueva York entró en el puerto de Las Palmas con una misión urgente. La decisión de cruzar el Atlántico parecía tomada en caliente. No huían de nada, venían a por alguien. Buscaban al asesino de un hombre cuya muerte había puesto en pie de guerra a medio Nueva York. Todo fue tan improvisado que los propios agentes viajaron en un barco prestado por aliados de la víctima, el Grapeshot.

La víctima era William Poole. En Nueva York lo conocían como Bill el Carnicero; un siglo más tarde el mundo lo haría a través de la película Gangs of New York, de Martin Scorsese. Carnicero de oficio y boxeador callejero, vivía en Five Points, en Manhattan, uno de los distritos más marcados por la inmigración irlandesa, entre los más pobres y violentos de la ciudad. De ese contexto salieron bandos claros, y en uno de ellos estaba Poole, líder de los Bowery Boys y figura del movimiento Know Nothing, anticatólico y contrario a la inmigración. Cuando se les preguntaba, nadie sabía nada.

Al otro lado estaba John Morrissey, inmigrante irlandés, también boxeador y hombre de Tammany Hall, una organización política vinculada al Partido Demócrata que se apoyaba en el voto de los recién llegados. La rivalidad entre ambos no era solo ideológica, también era deportiva, o de puro orgullo, y llevaba tiempo fermentando.

El 25 de febrero de 1855 terminó de la forma más simple. En un bar de Broadway, uno de los hombres de Morrissey, Lewis Baker, sacó un arma y disparó a Poole.

Ilustración del asesinato de William Poole publicada en Recollections of a New York Chief of Police, de George W. Walling (1887).

Ilustración del asesinato de William Poole publicada en Recollections of a New York Chief of Police, de George W. Walling (1887). / LP/DLP

Aquel disparo lo mató, pero no al instante; la ciudad sí reaccionó de inmediato. La violencia llevaba tiempo instalada en el día a día de muchas zonas de Nueva York, y la inmigración empezaba a mirarse con recelo. Este crimen terminó de encenderlo todo en las calles y fuera de ellas.

Lewis Baker entendió enseguida que solo podía huir: desapareció casi de inmediato, cambió de nombre y salió del país en cuanto pudo a bordo del bergantín Isabella Jewett, rumbo a Canarias.

La caza a través del Atlántico

La policía salió en su busca con la financiación de los aliados políticos de Poole. La misión era poco habitual en aquel entonces: cruzar el Atlántico para encontrar a un fugitivo. Una aventura con pocas probabilidades de triunfo que, aun así, asumieron.

Zarparon el 18 de marzo y llegaron el 7 de abril a Gran Canaria. Las Palmas fue la primera escala de la persecución. Ese recorrido por Canarias puede reconstruirse hoy gracias a los documentos de The New York Times que ha seguido Carlos Padilla en el blog Lo que las piedras cuentan.

Los agentes tenían que moverse nada más desembarcar; Baker podía no estar ya en las islas. Se reunieron con todas las autoridades locales que pudieron, explicaron los motivos de su presencia y, según dejaron por escrito, recibieron toda la información disponible y la promesa de colaboración.

Entre los hombres que viajaban a bordo del Grapeshot estaba Stephen R. Thorne, asistente del juez encargado del caso. No era un policía de calle, sino el funcionario enviado para documentar la operación y dejar constancia oficial de cada paso. Gracias a él se conservan buena parte de los detalles del viaje.

Lo más llamativo del caso es que aquello fue menos una persecución que una anticipación. El Isabella Jewett, donde viajaba el asesino, no había aparecido aún. Durante esos días, la comitiva estadounidense se instaló en la ciudad y esperó noticias. Se alojaron en el «Club House», el principal hotel de la isla, según dejó escrito el propio Thorne, y aguardaron mientras descubrían un lugar muy distinto al que estaban acostumbrados.

Thorne anotó que apenas encontraron a dos personas que hablaran inglés, ambas británicas, y que ninguno de los funcionarios locales dominaba su idioma. Aun así, los atendieron con corrección y se mostraron siempre dispuestos a ayudar. Se interesaron por la misión e incluso preguntaron por Cuba y por Estados Unidos.

La estancia fue tranquila, casi demasiado, para una caza que había empezado cruzando el Atlántico con prisas. Una semana más tarde, aún sin noticias del barco que transportaba a Baker, hablaron con la tripulación de un buque inglés que acababa de recalar en la isla. Venían de Inglaterra y habían hecho escala en Tenerife. Allí, les dijeron, ya se sabía que los estadounidenses buscaban a un fugitivo.

Una detención inútil

El 17 de abril, el Grapeshot puso rumbo a Tenerife. Durante la travesía, los agentes divisaron un bergantín que avanzaba en dirección contraria, hacia Gran Canaria. Era el Isabella Jewett. En una operación rápida —o al menos así la contó el único testigo del que disponemos— abordaron el navío.

Lewis Baker jugó su última baza intentando convencer a la tripulación de que se trataba de piratas que querían raptarlo, pero no funcionó. Los agentes lo identificaron y lo arrestaron en el mar, antes de que pudiera tocar puerto. La detención tuvo lugar en aguas cercanas a Tenerife, como dejó escrito Herbert Asbury en Gangs of New York (1928).

La captura fue tan eficaz como inútil. El fugitivo fue devuelto a Nueva York para ser juzgado. Pasó por dos procesos judiciales y terminó absuelto en 1856 por un juez de su misma tendencia política y rival de William Poole.

Más vale que los agentes disfrutaran de su semana en Gran Canaria.

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