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¿Por qué se llama así el Salto del Negro?

El actual nombre de Salto del Negro es tardío y engañoso y sustituyó a otro con siglos de historia y un origen casi legendario

Fotografía de 1990 del entorno del Salto del Negro, con el vertedero y el acantilado de La Laja, donde la tradición situaría el Salto del Castellano.

Fotografía de 1990 del entorno del Salto del Negro, con el vertedero y el acantilado de La Laja, donde la tradición situaría el Salto del Castellano. / Fedac

Héctor Rosales

Héctor Rosales

Las Palmas de Gran Canaria

Nada es lo que parece con el Salto del Negro; conocida la historia completa, todo resulta casi razonable. Esta zona de Las Palmas de Gran Canaria, conocida en las últimas décadas sobre todo por la prisión situada en lo más alto, tiene un nombre que puede llevar a engaño. Resulta llamativo que, con el paso del tiempo, no se hayan generado leyendas falsas para explicar su origen.

Lejos de remitir a un suceso concreto o a una tradición antigua, Salto del Negro es el resultado de un cambio tardío, más administrativo que histórico y en buena medida accidental, que aprovechó un nombre previo conservado durante siglos, ligado a una historia casi legendaria.

El Salto del Castellano

La zona fue conocida originalmente como Salto del Castellano. Este topónimo se remonta a una de las expediciones castellanas a Gran Canaria realizadas casi un siglo antes del inicio de la conquista formal de la isla. El episodio se sitúa en 1393, durante una incursión liderada por Gonzalo Pérez Martel, según recoge el historiador teldense Arias Marín de Cubas.

El barrio del Salto del Negro mostrado desde la calle Guantánamo.

El barrio del Salto del Negro mostrado desde la calle Guantánamo. / Google Maps

La entrada castellana avanzó por el valle de Jinámar, donde se produjo una persecución de los canarios hacia zonas boscosas del interior. La acción terminó con numerosas muertes y quedó como un episodio violento y aislado, sin ocupación efectiva del territorio.

Durante la retirada hacia la costa, uno de los castellanos quedó separado del grupo. Buscando el camino más corto hacia el mar, tomó un sendero distinto y llegó hasta una zona de riscos, donde los canarios habían preparado una emboscada para cerrar el paso. El soldado, atrapado por los canarios y sin salida por tierra, tomó la decisión desesperada de arrojarse al vacío.

Cayó al agua sobre su rodela —escudo— y logró alcanzar uno de los navíos para escapar de la isla. El propio Marín de Cubas habla de una altura superior a las cuatrocientas brazas —unos 650 metros—, una cifra que sitúa el episodio más en terreno del relato que en el de la descripción literal. Como ocurre en este tipo de tradiciones, el límite entre un posible hecho real y su exageración posterior resulta difícil de precisar.

El episodio dio lugar al topónimo Salto del Castellano, presente en la cartografía histórica de Gran Canaria durante varios siglos.

Un cambio práctico, quizá

A medida que avanzaba el siglo XIX, el nombre de Salto del Castellano comienza a desaparecer de los mapas. Su sustitución por Salto del Negro no responde a una explicación histórica clara, sino que se produjo de forma gradual, en paralelo a la renovación cartográfica.

Este proceso coincide con las transformaciones administrativas asociadas a las desamortizaciones y a la caída progresiva del Antiguo Régimen en la isla. La cartografía dejó entonces de apoyarse tanto en la tradición histórica y en las leyendas, se fue apartando de las referencias constantes a la conquista y adoptó criterios más prácticos y descriptivos; lo que pudo favorecer el paso de un topónimo ligado a aquel episodio a otro relacionado quizá, como apunta Humberto Pérez en su blog sobre historia grancanaria, con el aspecto oscuro de la zona de La Laja.

A finales del siglo XIX hay un periodo en el que convergen ambos nombres, con denominaciones intermedias antes de que Salto del Negro se impusiera definitivamente. Entre ellas figura Salto del Caballo, recogido de forma aislada por Gregorio Chil y Naranjo en 1879, sin continuidad posterior. El nombre acabó imponiéndose y su incorporación a los mapas escolares aseguró su uso generalizado y su pervivencia hasta la actualidad.

El resultado fue un topónimo asentado, pero sin relato que lo sustente, y una historia potente relegada a un nombre ya desaparecido.

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