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Los héroes del 'One Continuity': ocho estibadores arriesgaron sus vidas en el Puerto de Las Palmas para salvar contenedores de un barco siniestrado

Dorian Marrero y Jesús Rodríguez, dos de los portuarios que participaron en la arriesgada tarea, recuerdan el miedo y la dificultad de desenganchar los contenedores

Dos estibadores explican las maniobras de descarga de los contenedores colgantes

Esther Medina Álvarez

Las Palmas de Gran Canaria

Cuando relatan cómo descargaban los contenedores colgantes mientras permanecían suspendidos en la cesta de una grúa, uno podría pensar que fue un trabajo sencillo. Solo cuando se profundiza empiezan a contar el miedo que sintieron en algunos momentos se puede atisbar la heroica tarea que realizaron los ocho estibadores que se encargaron de atender al barco siniestrado que llegó al Puerto de Las Palmas con los containers a punto de caer.

Dorian Marrero y Jesús Rodríguez son dos de los portuarios que entre el 11 y el 15 de diciembre asumieron la ardua y peligrosa tarea de desenganchar los contenedores de un barco que llegó al Muelle Virgen del Pino tras sufrir un embate del mar al sur de Gran Canaria y perder parte de su carga. Las pilas de cajas vacías que transportaba desde Francia hasta Singapur se desestabilizaron y se escoraron hacia estribor, con el riesgo de caer, lo que les obligó a trabajar casi «a ciegas» y arriesgando sus vidas.

«Era complicado, sobre todo por el tiempo», afirma Dorian, que recuerda que el segundo día solo pudieron trabajar dos horas porque la borrasca Emilia imposibilitó las labores. «El problema es que los contenedores estaban virados para tierra y la grúa no trabajaba de frente». Eso obligaba a los trincadores —los portuarios que enganchan y desenganchan las cajas— a indicar al gruista hacia dónde debía moverlos y, a su vez, suponía un riesgo añadido porque la capacidad de reacción en caso de incidente habría sido menor.

Dorian Marrero y Jesús Rodríguez en la terminal de contenedores de Opcsa

Dorian Marrero y Jesús Rodríguez en la terminal de contenedores de Opcsa / E.M.A.

Trabajo a ciegas y a gran altura

Como no podían entrar en los pasillos que forman las pilas de contenedores porque la carga rodada les impedía el paso, uno de los trabajadores debía «agarrar la jaula con las manos y el otro indicaba para ir bajando poco a poco», todo eso «con un viento y a una altura brutal».

Otra de las dificultades a las que se enfrentaron, explica este portuario, es que a diferencia del resto de las operativas, en este caso no se conocía la situación de los contenedores. De hecho, «venían unos trabados con otros, otros pisados... pero al final no se cayó ningún contenedor», añade con orgullo.

Daños ocultos y decisiones críticas

Habían visto fotos del barco, «pero no es lo mismo verte allí», añade. Desde abajo les daban instrucciones y ellos, suspendidos por la pluma de la grúa iban viendo si «comer» —que es como se refieren a extraer la caja— de un lado u otro «porque uno estaba mordido con otro y si quitas más de la cuenta de un lado, a lo mejor la carga corre».

A medida que iban avanzando iban descubriendo las dimensiones de los daños y, por ejemplo, descubrieron que uno de los contenedores de la primera fila estaba completamente escachado por los demás. A pesar de todo, «no se cayó ninguno», añade con orgullo.

Orgullo tras una maniobra límite

«La verdad es que fue un trabajo precioso», sentencia Dorian, que no dudaría en sumarse a la operativa si se diera la necesidad: «Cuando sacamos la foto al final con todo el barco limpio fue un orgullo».

Maximiliano Díaz charla con Jesús Roríguez y Dorian Marrero en el Puerto.

Maximiliano Díaz charla con Jesús Roríguez y Dorian Marrero en el Puerto. / E.M.A.

Jesús Rodríguez recuerda «el respeto» que sintieron durante los trabajos y que cuando Emilia llegó al Puerto de Las Palmas avisó a su compañero de que así no se podía trabajar. «Estábamos en una góndola con el cielo negro, lloviendo y el viento nos empujaba hacia los contenedores; era impactante».

Para él, la operativa que se realizó en el One Continuity «fue una experiencia nueva», ya que a pesar de que había participado en maniobras delicadas, esta «fue la más difícil».

Confiesa que sintió un poco de temor por sus compañeros, sobre todo por los del primer turno, porque «no se sabía cómo estaba la estiba, pero gracias a Dios salió todo bien». De todo lo que ocurrió durante esos días, Jesús se queda con la valentía, la profesionalidad y la unión demostrada por los ocho estibadores que asumieron esta peligrosa tarea.

El reconocimiento del colectivo

Por su parte, el presidente del colectivo, Maximiliano Díaz, resalta «la humildad» con la que los portuarios describen su labor y la importancia del trabajo de los trincadores, que trabajan en altura y «su día a día es peligroso, aunque en esta ocasión el peligro fue mayor».

A pie de muelle, la tensión era máxima porque «si un contenedor hacía un movimiento extraño no se sabía qué podía ocurrir». Díaz insiste en la valentía y profesionalidad demostrada en esta operativa.

En el colectivo de los estibadores del Puerto de Las Palmas hay un equipo de once trincadores, dos de ellos capataces.

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