Crónicas de un rompesuelas
El mensaje masónico del viejo puente de piedra
Un paseo por la parte antigua de la ciudad desvela que las esculturas no solo decoraban su estructura, sino que ocultaban un mensaje iniciático, vinculado a la transformación interior

El mensaje masónico del viejo puente de piedra / La Provincia
Nada más comenzar el año crucé el Guiniguada mientras la tarde descendía sobre la ciudad como un velo ocre. Entre el estruendo del tráfico y el eco silencioso del pasado, eché un vistazo a las cuatro estatuas que un día coronaron el viejo puente de piedra.
Como siempre, la primavera me brindó su cesto de flores, el verano me ofreció sus espigas de trigo, el otoño alzó su racimo de uvas, sin que yo supiera reconocer lo que me revelaban. Pero cuando llegué al invierno, reparé en algo que hasta entonces me había pasado desapercibido: apoya su pie derecho sobre un sillar cuadrangular.
De repente, me quedé tan inmóvil como las estatuas al comprender el alcance de aquella revelación pétrea. El pie derecho —el de la acción y el avance consciente— descansa sobre la piedra cúbica, esa misteriosa figura geométrica que reaparece insistentemente en los grabados masónicos, en los tratados alquímicos y en el resto de obras de quienes buscan la perfección mediante el estudio de la geometría sagrada.
Y de pronto, todo el conjunto escultórico se reorganizó ante mí como un mapa cifrado. Las estatuas no solo representan las estaciones, sino también las cuatro edades vitales: la infancia, la juventud, la madurez y la vejez. Y con ellas, algo más antiguo y arcano: los grados de una transformación interior que todas las tradiciones iniciáticas han denominado con diferentes nombres.

Alegoría de la primavera. | / JOSÉ CARLOS GUERRA
La primavera representa al recién iniciado en los misterios masónicos, que en su mano izquierda —la receptiva— porta las flores que le fueron entregadas tras su iniciación.
El verano simboliza al compañero y por eso porta las espigas de trigo, cuyo nombre, en hebreo, constituye la palabra de paso de ese grado masónico.
El otoño, estación de los cambios por excelencia, representa la exaltación al tercer grado: el paso de compañero a maestro. Por ello alza un racimo de uvas, fruto que, al igual que Hiram Abif —figura simbólica central de la masonería—, debe perecer bajo repetidos golpes y, tras ser ocultado, renacer transformado en algo nuevo: emblema de la muerte iniciática que el candidato habrá de experimentar en su ritual de ascenso.
Y finalmente el invierno es el maestro masón, que ha completado la senda iniciática. Por eso porta en su mano izquierda un pebetero con el fuego filosófico, que quema las impurezas y purifica, transformando lo profano en sagrado. Y apoya deliberadamente su pie derecho, y no el izquierdo, sobre la piedra cúbica, pues es en el lado derecho de la logia donde esta se encuentra.
Me agaché para observarla de cerca y al levantar la mirada hacia la estatua comprendí por qué el invierno es la única que dirige su mirada hacia abajo. No es por cansancio o melancolía. Es el gesto de quien ha alcanzado la cima y desde allí tiende la mano —o en este caso, la mirada— a quienes aún están en el camino.
Su mirada descendente representa la transmisión del conocimiento de maestro a aprendiz, de quien ha completado la obra a quien la comienza. Es la cadena de iniciación que atraviesa océanos de tiempo, tallada en piedra sobre un puente que ya no existe, pero cuyo mensaje perdura.

Alegoría del verano. | / JOSÉ CARLOS GUERRA
Entonces le pregunté:
-¿Qué signo haces, oh maestro, con tu pie derecho sobre la piedra cúbica?
Escuché como la estatua respondía sin palabras, con esa elocuencia silenciosa de los símbolos:
-Observa mi pie sobre la piedra cúbica, símbolo de la perfección a la que todo masón aspira. Las otras estaciones trazan el camino, yo muestro la meta: el ser humano transformado, pulido, capaz del trabajo espiritual más elevado. Tú también puedes alcanzarla, dejar atrás la piedra bruta, informe y tosca, y mediante el desbastado del aprendiz y el pulido del compañero, llegar a la geometría perfecta del maestro.
-Contempla estas llamas —continuó—, es el fuego del que hablan los alquimistas en sus tratados, el elemento que transmuta el plomo en oro.
Y yo, de pie ante él, comprendí que estaba recibiendo una enseñanza que ha atravesado siglos. Esas cuatro estatuas que un día coronaron el puente de piedra no son un mero ornamento neoclásico: eran —y siguen siendo— un catecismo pétreo, un manual de instrucción a plena luz del día, cifrado en un libro mudo que sólo los iniciados pueden leer.
Las estatuas llegaron de Génova a principios del siglo XIX, cuando en España reinaba Fernando VII y la masonería era perseguida con ferocidad. Tras el breve paréntesis del Trienio Liberal —en el que las logias respaldaron abiertamente las reformas constitucionales—, la reacción absolutista volvió con renovado encono y los masones a prisión, al exilio o al patíbulo.

Alegoría del otoño. | / JOSÉ CARLOS GUERRA
¿Acaso los escultores que las tallaron pertenecían a dicha fraternidad? Por aquel entonces, Génova era uno de los centros neurálgicos de la masonería italiana. Y sabían que esas estatuas viajarían a un país donde sus hermanos eran perseguidos.
¿Las tallaron intencionadamente, cifrando en ellas un mensaje de esperanza y resistencia? ¿Esperaban que algún masón español, forzado al secreto y a la clandestinidad, las reconociera y comprendiera que no estaba solo, que el conocimiento iniciático persistía?
Es muy probable, sabiendo que estaban destinadas a coronar un puente. Y el puente, en sí mismo, constituye un símbolo iniciático que en masonería representa la transición de un estado a otro, la unión de opuestos, el viaje del iniciado desde la ignorancia hacia el conocimiento.
Aunque el puente de piedra que sostuvo estas estatuas ya no existe —fue demolido hace décadas—, el puente simbólico que representan —ese paso de un estado a otro, esa transformación que todas las tradiciones espirituales han buscado bajo diferentes nombres— sigue ahí. Invisible e indestructible.
Quizás por eso, cuando crucé de vuelta el Guiniguada ya no era el mismo que lo había atravesado horas antes. Llevaba conmigo la mirada del maestro, ese gesto que atestigua que la vía iniciática existe y puede recorrerse.
Desde entonces, cada vez que paso junto a las estatuas, ya no veo simples alegorías decorativas, sino un mapa completo de la transformación humana de la piedra bruta a la cúbica. Un mensaje que ha resistido dos siglos de persecuciones, olvido e indiferencia.

Alegoría del invierno. | / JOSÉ CARLOS GUERRA
Y siempre me detengo ante el invierno, esa figura que me mira desde las alturas de su maestría, con su pie derecho sobre la piedra cúbica. Porque en esa imagen está condensado todo: el camino recorrido, la meta alcanzada, el fuego custodiado y el conocimiento transmitido. En esa mirada está cifrado un saber inefable, que trasciende la palabra y solo puede transmitirse mediante símbolos, atravesando los siglos, más allá del tiempo.
¿Cuántas personas pasan cada día junto a estas cuatro figuras sin verlas? ¿Cuántos peatones cruzan el barranco, absortos en sus preocupaciones, en el ruido incesante de lo inmediato, sin sospechar que están atravesando un tratado completo de transformación espiritual expuesto a plena luz del día?
Y cada tarde, cuando el sol desciende sobre la ciudad, el maestro de piedra sigue sosteniendo su fuego alquímico, transmitiendo sin palabras la misma promesa eterna: que el puente puede cruzarse, que la piedra bruta puede tallarse, que la transformación aún es posible.
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