Nuestro Querido Segundo Díaz Santana
El sacerdote diocesano, recordado por su sabiduría y humanidad, dejó un legado imborrable en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria

Segundo Díaz / La Provincia
Francisco Javier López Armas
Con el corazón triste, pero lleno de gratitud, escribo estas líneas para despedir a mi querido profesor y amigo, el sacerdote diocesano Segundo Díaz Santana. Ayer, la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria se quedó un poco más huérfana con su partida, tras una larga enfermedad. Para quienes tuvimos la inmensa fortuna de cruzar nuestros caminos con él, su ausencia deja un vacío que solo puede llenarse con el recuerdo de su sabiduría, su fe inquebrantable y, sobre todo, su inmensa humanidad.
Debió ser el 19 de diciembre pasado cuando pude compartir con él, por última vez, una charla sobre nuestro interés común por la Teología y la vida de nuestra Iglesia. Y Segundo, con su sonrisa cordial, con una voz tenue, serena y acogedora, con el brillo en su mirada, me seguía animando al estudio, a la reflexión y a la comunión.
Persona despierta y abierta, de gran cultura y cercanía, un intelectual de talla que sabía combinar la hondura teológica con una sonrisa cómplice y un agudo sentido del humor que hacía la vida más ligera y la fe más alegre.
Desde la reflexión eclesiológica era capaz de abrirnos las puertas a un mundo de pensamiento profundo, fue un maestro inspirador que nos desafiaba a pensar por nosotros mismos, y un incansable promotor de la visión del Concilio Vaticano II que nos enseñó a amar una Iglesia en constante renovación.
Su vida fue un testimonio vivo de cómo la inteligencia y el corazón pueden ir de la mano.
Maestro: Las Aulas del ISTIC y el Seminario
Recuerdo con especial cariño sus clases de eclesiología en el Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (ISTIC). Durante años, por sus aulas pasamos incontables generaciones de sacerdotes y laicos, y cada uno de nosotros lleva hoy un pedacito de su magisterio.
Segundo no se limitaba a impartir conocimientos; nos invitaba a la reflexión crítica, al discernimiento y a la encarnación de la fe en la realidad que nos rodeaba. Él nos enseñó a ver la Iglesia no como una fortaleza inexpugnable, sino como un Pueblo de Dios en camino, siempre llamado a la misión evangelizadora.
Su influencia en el Seminario Diocesano de Las Palmas fue incalculable. Nos ayudó a forjar nuestro carácter pastoral, a entender que la doctrina no es un fin en sí misma, sino una herramienta para servir. Pero su labor iba mucho más allá de los muros académicos. Fue un formador de laicos incansable, acompañándonos en nuestro crecimiento en la fe y en nuestro compromiso con la Iglesia y la sociedad. Tenía una capacidad asombrosa para hacer accesible la teología, para desgranar los misterios de la fe con una claridad y una pasión que nos contagiaba a todos.
Su cercanía y su habilidad para conectar con personas de todas las edades y trasfondos (recordamos su gran labor a cargo de la pastoral de personas con discapacidad auditiva) le permitieron sembrar semillas de fe y conocimiento en cada rincón de nuestra comunidad canaria.
El Sínodo Diocesano: el Vaticano II hecho realidad en nuestra tierra
Uno de los momentos en los que más brilló su capacidad para "aterrizar" la teología fue durante el Sínodo Diocesano de Canarias (1992). Segundo fue perito y presidente de la primera comisión, y su liderazgo fue fundamental para que aquel evento no se quedara en papel mojado. Bajo el lema "Nuestra Iglesia diocesana, misterio de comunión", él coordinó el trabajo sinodal, logrando que la profunda reflexión del Concilio Vaticano II se hiciera carne en la realidad de nuestra Diócesis.
Nos enseñó que la eclesiología de comunión no era una teoría abstracta, sino la clave para entender y vivir nuestra Iglesia local. Nos impulsó a asumir la riqueza doctrinal del Vaticano II para responder a los desafíos de nuestro tiempo. Gracias a su visión, el Sínodo promovió la corresponsabilidad de todos los bautizados, dio visibilidad a los laicos y potenció el papel de la mujer en los organismos diocesanos.
Para Segundo, el Sínodo no era solo una reunión, sino una verdadera "mística y espiritualidad" de caminar juntos, vitalizando las estructuras pastorales para las décadas venideras. Él fue, sin duda, uno de los colaboradores de que el espíritu conciliar echara raíces profundas en nuestra Iglesia canaria.
La Cuestión Social y los Pobres: la Lección de Monseñor Pildain
Su compromiso con la Iglesia local y su sensibilidad por los más vulnerables tenía raíces profundas, y una de ellas fue su fascinación por Monseñor Antonio Pildain y Zapiain. Su tesis doctoral fue un estudio exhaustivo sobre este gran obispo canario (1937-1966).
Segundo nos hizo redescubrir a Pildain como un auténtico "Pastor amante de los pobres". Nos mostró cómo para Pildain, la solicitud por los necesitados no era una opción, sino una característica esencial de la verdadera Iglesia de Cristo. Recuerdo cómo nos hablaba de la valentía de Pildain al denunciar las injusticias sociales y su empeño en conocer la realidad de la pobreza "con caracteres de fuego" en el corazón de los sacerdotes.
Esta sensibilidad social de Pildain, que Segundo estudió con rigor académico, marcó profundamente su propia teología, vinculando la eclesiología con la praxis de la caridad y la justicia. Para él, el magisterio de Pildain era un valioso antecedente de la "Iglesia de los pobres" que nos propuso el Papa Francisco.
El Pensamiento Teológico: la Estela Viva del Vaticano II
El corazón de su pensamiento teológico latía al ritmo de la "estela" del Concilio Vaticano II. Para Segundo, el Concilio no era un evento del pasado, sino un "rastro que deja tras de sí un objeto en movimiento", una fuerza dinámica que debía seguir guiando a la Iglesia. Nos enseñó que el Vaticano II fue un "esfuerzo sincero y serio" por responder a las preguntas de la modernidad, marcando el paso de una Iglesia defensiva a una que usaba la "medicina de la misericordia”.
Nos recordaba constantemente la "revolución copernicana" de la Lumen Gentium, que sitúa el capítulo sobre el Pueblo de Dios antes que el de la jerarquía, una "revolución mental constante" que nos obligaba a entender la jerarquía como un servicio al pueblo.
Para Segundo, ser fiel al Concilio significaba estar siempre atentos a los signos de los tiempos, porque "la Iglesia no puede responder hoy con la misma respuesta que dio hace medio siglo". Él nos impulsaba a buscar "nuevos lenguajes" y una "nueva hermenéutica" para que el mensaje de Jesús llegara al corazón del hombre contemporáneo.
Nuestro Amigo: cercanía y Sentido del Humor
Además de su intensa labor académica, Segundo desempeñó con dedicación el cargo de Delegado Episcopal de la Vida Consagrada. Fue un guía y un puente para las comunidades religiosas, siempre promoviendo la fidelidad al carisma original en diálogo con las necesidades actuales.
Pero más allá de sus títulos y cargos, lo que más atesoraré de Segundo es su humanidad excepcional. Su cercanía y su capacidad para establecer relaciones auténticas eran rasgos distintivos. A pesar de su vasta erudición, nunca fue distante; al contrario, siempre estaba dispuesto a escuchar, a dialogar y a compartir su conocimiento con humildad y generosidad.
Su gran sentido del humor era una de sus marcas más entrañables. Era capaz de iluminar cualquier conversación o clase con una anécdota ingeniosa o un comentario perspicaz, demostrando que la seriedad de la teología no estaba reñida con la alegría y la ligereza del espíritu.
Con él, aprendimos que la fe se vive con alegría y que el Evangelio es siempre una buena noticia.
Un abrazo amigo.
Francisco Javier López Armas es Director del Instituto Superior de las Islas Canarias (ISTIC).
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