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El vertedero invisible entre Vegueta y Triana: cabreo ciudadano por la suciedad en la carretera del Barranco de Guiniguada

Basura acumulada, abandono institucional y una ciudadanía harta: el Barranco de Guiniguada se convierte, una vez más, en el símbolo del descuido urbano en Las Palmas de Gran Canaria

Basura en el barranco de Guiniguada

Las Palmas de Gran Canaria

Vegueta a la derecha. Triana a la izquierda. Y justo en medio, como una cicatriz a cielo abierto, el Barranco de Guiniguada, cubierto de basura. No es una metáfora. Es la postal real que ha compartido un vecino de Las Palmas de Gran Canaria, y que resume con brutal claridad lo que muchos sienten: un abandono sostenido, una vergüenza compartida y una ciudad que mira hacia otro lado.

El lugar donde nació la capital, el punto donde historia y comercio se dan la mano, vive atrapado entre la belleza de sus barrios y el olor de los residuos que nadie recoge. Lo que debería ser un paseo entre patrimonio y vida urbana, se ha convertido en un vertedero al aire libre, en pleno centro de la ciudad.

El Guiniguada: una brecha urbana que duele

No es la primera vez que el Guiniguada aparece en titulares. Tampoco es la primera vez que la basura se acumula sin tregua en sus márgenes. Pero sí lo es, quizás, que la indignación vecinal estalle con tanto peso simbólico. Porque no hablamos de un barranco cualquiera. Hablamos de la columna vertebral que separa —y une— dos de los barrios más emblemáticos y transitados de la ciudad.

Y sin embargo, ahí está: bolsas, plásticos, latas, muebles rotos, y todo tipo de residuos componiendo un paisaje que avergüenza a vecinos, comerciantes y visitantes. Nadie que cruce esa vía puede ignorarlo. El descuido es tan visible que duele a los ojos y a la memoria colectiva.

El testimonio ciudadano que ha incendiado las redes no es aislado. Hace ya tiempo que en Triana y Vegueta los residentes han perdido la paciencia. Lo han intentado todo: protestas, recogidas de firmas, publicaciones, llamadas al Ayuntamiento. La respuesta ha sido siempre la misma: intervenciones puntuales, parches sin continuidad, palabras sin efecto.

“No se trata solo de limpiar”, dicen algunos, “se trata de no permitir que se ensucie de esta manera”. La falta de mantenimiento se convierte en costumbre. La normalización de la basura en un enclave histórico se instala en la vida diaria como una forma más de resignación.

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