Crónicas de un rompesuelas
Ni noble ni guerrero, solo ingeniero

Emblema heráldico en el número 251 de la calle León y Castillo. / José Carlos Guerra
Caminaba distraídamente por la calle León y Castillo cuando, al llegar al número 251, en la esquina con Núñez de Arce, algo captó mi atención. Un chalé, de fachada blanca y líneas sobrias, exhibía en su cornisa un emblema heráldico que parecía susurrar historias de otra época.
El emblema, tallado en piedra con meticulosa precisión, desplegaba un enigmático mensaje. En la parte superior figuraba la inscripción ALSATIA, nombre latino de Alsacia, región fronteriza cuya soberanía ha oscilado al compás de las sucesivas guerras francoalemanas.
De ahí que el centro del emblema estuviera ocupado por un escudo partido que simboliza las dos Alsacias: a la izquierda, la Alta Alsacia, representada por una banda diagonal flanqueada por seis coronas; a la derecha, la Baja Alsacia, simbolizada por otra banda diagonal flordelisada.
Sin embargo, lo que realmente cautivó mi atención fueron otros detalles. En la parte inferior, flanqueando el año 1970, se distinguían a la izquierda la figura de San Jorge combatiendo al dragón y a la derecha una rueda de molino. Sobre ambos, una G envolvía una S y al lado opuesto, una Z descansaba bajo una A.
Intrigado por aquella especie de jeroglífico, comencé a investigar. ¿A qué familia aristocrática podía pertenecer? Aquella heráldica me resultaba completamente desconocida, lo que sugería un origen foráneo. Pregunté a vecinos, consulté archivos, y pieza por pieza, reconstruí la historia de dos alsacianos que habían venido a Gran Canaria durante los años sesenta, trayendo consigo este blasón.
La G y la S corresponden a las iniciales de Georges y Suzanne; la A y la Z, a sus apellidos: Allimann y Zwiller. Cuatro letras entrelazadas, símbolo de la unión matrimonial de Georges Allimann y Suzanne Zwiller.
Por eso, justo debajo de la G de George aparece su santo patrón, San Jorge; y bajo la Z de Zwiller, la rueda de molino que constituye el escudo de su ciudad natal, Mulhouse. El año 1970 señala la fecha en que el emblema heráldico se realizó. Justo encima, en el centro, figura el blasón de Georges Allimann: un yelmo con lambrequines bajo el cual se dispone un escudo con la cruz de San Jorge, rodeado por filacterias, representado en actitud de someter nuevamente al dragón.
Aquel despliegue de motivos heráldicos volvió a despertar mi curiosidad. Al investigar, descubrí que, contra todo pronóstico, Georges Allimann distaba mucho de ser un aristócrata: nacido en 1898 en una humilde familia alsaciana, era hijo de un posadero que también ejercía como mecánico.
No obstante, a medida que me adentraba en su biografía, comprendí que, aunque no hubiera pertenecido a la nobleza de cuna, sí llegó a formar parte de la del talento. En mayo de 1917, siendo un joven estudiante de ingeniería, fue movilizado por Alemania -a la que Alsacia pertenecía- y enviado al frente de las Ardenas, donde una herida estuvo a punto de truncar su vida antes de cumplir veinte años.
Terminó la guerra convaleciente, completando sus estudios en la Escuela de Ingeniería Mecánica de Offenbach, pero el Tratado de Versalles redibujó el mapa de Europa y, de la noche a la mañana, aquel joven alemán que estuvo a punto de morir luchando contra Francia pasó a ser ciudadano francés.
El emblema heráldico de un chalé de Ciudad Jardín esconde la fascinante historia de un inventor alsaciano que encontró su refugio invernal en Gran Canaria
Mientras terminaba sus estudios, Georges montó un pequeño taller de torneado y roscado en Hanau sin imaginar que aquel modesto negocio marcaría el comienzo de una fulgurante carrera industrial. En 1918, fundó en Mulhouse las Fábricas Unidas de Artículos Técnicos Especiales y junto a su hermano André, emprendió la creación de una unidad de producción en su pueblo natal, Carspach, con una fundición de acero, hierro fundido y metales preciosos destinada a abastecer la floreciente industria textil alsaciana.
El negocio creció vertiginosamente y, en medio de aquella expansión, Georges se casó en 1926 con Suzanne Zwiller, tres años más joven que él y emparentada con el reconocido pintor Marie-Augustin Zwiller.
Pero su verdadero golpe de suerte llegó en 1950 cuando ideó un invento que revolucionaría la ingeniería minera: el perno Ancrall (acrónimo de Ancrage Allimann), un sistema de anclaje destinado a reemplazar los tradicionales soportes de madera de las galerías. Pronto, su invento no sólo se estandarizó en las minas de toda Europa, sino que acabó utilizándose en la construcción de todos los grandes túneles alpinos como el San Gotardo y el Mont Blanc.
Así, además de industrial, Georges Allimann se convirtió en un prolífico inventor, tan obsesionado con resolver problemas que a lo largo de su trayectoria registró 47 patentes que abarcan ámbitos tan diversos como la industria textil, la mecánica y la maquinaria minera.
Tras amasar una considerable fortuna, en 1960 Georges decidió vender su empresa. Sin descendencia, se volcó en la filantropía y fundó la Asociación Georges Allimann-Zwiller, dedicada al cuidado de ancianos, que incluye un centro de día especializado en enfermos de Alzheimer situado en una finca rural a las afueras de la localidad alsaciana de Hirsingue.
Pero tras haber demostrado fehacientemente que nacer noble es un accidente y llegar a serlo, un mérito, la salud de Georges empezó a deteriorarse. Sufría un reumatismo que se agravaba con los crudos inviernos alsacianos, hasta que un compatriota aquejado de la misma enfermedad le habló de las propiedades curativas de las aguas termales del balneario de Los Berrazales, en Agaete. Así, a principios de los años sesenta realizó su primer viaje a Gran Canaria para tratar sus dolencias articulares en aquel balneario, hoy clausurado.
De inmediato quedó cautivado, no solo por las aguas ferruginosas de Agaete, sino por el sol y el clima de la isla. Desde ese momento, el ritual se repitió cada año: Georges y Suzanne abandonaban Alsacia en invierno para pasar tres o cuatro meses bajo el sol canario.
Con el tiempo, Georges trabó amistad con numerosos grancanarios, especialmente Juan Rodríguez Doreste, a quien le unió una amistad duradera.
Una vez decidió establecerse aquí, alrededor de 1965, compró este chalé que Miguel Martín Fernández de la Torre había diseñado cuarenta años antes para el fotógrafo madeirense Jordao da Luz Perestrello.
Finalmente, en 1970, cuando Georges y Suzanne llevaban más de un lustro como residentes invernales en Gran Canaria, decidieron imprimir su sello personal a la casa encargando este emblema heráldico que aún hoy corona su fachada, mientras en su interior dispusieron el de Georges, acompañado de dos fuentes murales de piedra que otorgan al conjunto cierto aire medieval.
Ambos mantuvieron fielmente la costumbre de trasladarse cada invierno de Alsacia a Gran Canaria, hasta que la edad se lo impidió. Su última estancia en la isla tuvo lugar a comienzos de la década de los noventa.
Suzanne Zwiller murió el 12 de febrero de 1996. Ocho días más tarde, el 20 de febrero, la siguió Georges Allimann. Setenta años de vida compartida habían fundido dos existencias en una sola, de modo que ninguno podía sobrevivir sin el otro.
En cuanto a la casa de León y Castillo, del refugio invernal de un inventor e industrial alsaciano ha pasado a ser un coliving para nómadas digitales, cuyos propietarios viven en el ático.
Cuando se cumplen treinta años de la muerte de Georges Allimann y Suzanne Zwiller, su escudo sigue campando en la esquina de León y Castillo con Núñez de Arce, y su heráldica continúa contando la historia de un hombre que sustituyó las armas por la inventiva, la destrucción por la creación, y dedicó su fortuna no a perpetuar un linaje, sino a cuidar de los más vulnerables, demostrando que la verdadera nobleza no se hereda, sino que se forja.
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