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La polémica del croissant de chocolate: cuando una acusación pública no cuenta toda la verdad

Un cliente publica un vídeo mintiendo para perjudicar a un bazar de Guanarteme y la respuesta en redes se vuelve en su contra

Propietarios del bazar la Marea, Mónica y Juan

Propietarios del bazar la Marea, Mónica y Juan / La Provincia

Rubén Reja

Rubén Reja

Las Palmas de Gran Canaria

En tiempos donde una publicación en redes sociales puede dañar la reputación de un negocio en cuestión de minutos, conviene recordar que no siempre la versión más ruidosa es la más justa. Esto es lo que ocurrió en lo que ya algunos vecinos llaman "la polémica del croissant de chocolate".

El inicio del conflicto se inicia cuando un cliente acudió a una pequeña panadería de barrio (La Marea) en Guanarteme y compró un croissant de chocolate que, según él, era de chocolate. Pagó, se lo llevó y abandonó el establecimiento con normalidad.

Horas más tarde regresó visiblemente molesto. Alegaba que el croissant que le habían vendido "no tenía chocolate" y que, por tanto, le habían engañado. Exigió la devolución del dinero y criticó duramente al dependiente que le atendió.

La situación se tensó. El trabajador, sorprendido por la acusación, defendía que el producto entregado era el correcto. Aun así, el cliente insistía en que había sido estafado.

Al día siguiente, el cliente volvió al local, esta vez para hablar con el encargado y propietario. Lejos de entrar en confrontación, el dueño decidió acudir a los hechos objetivos: revisó las cámaras de seguridad del establecimiento.

Las grabaciones mostraban con claridad que el cliente había escogido —y el dependiente había entregado— un croissant de chocolate. No había error en la venta.

Además, el propietario explicó algo que cualquier profesional de panadería conoce: cuando un croissant cubierto de chocolate se enfría, especialmente si el chocolate no está completamente fundido en el interior, puede desplazarse o incluso desprenderse parcialmente al manipularlo. Esto puede dar la sensación de que "no tiene relleno", cuando en realidad sí lo tenía en el momento de la venta.

Hasta aquí, podría haberse tratado de un simple malentendido resuelto con diálogo. Sin embargo, el asunto dio un giro cuando el cliente decidió publicar en redes sociales que el establecimiento le había "estafado".

La acusación, lanzada sin mencionar la existencia de las grabaciones ni la explicación posterior del propietario, generó comentarios, críticas y dudas sobre la honestidad del negocio.

Aquí es donde la situación deja de ser un desacuerdo comercial y pasa a convertirse en un problema reputacional.

Es legítimo reclamar cuando uno cree haber recibido un producto incorrecto. Los consumidores tienen derecho a expresar su descontento. Pero ese derecho conlleva también una responsabilidad: verificar los hechos antes de hacer acusaciones públicas que pueden perjudicar gravemente a terceros. De hecho, las redes se volvieron en contra del cliente por mentir y difamar.

En este caso, las pruebas eran claras. El croissant de chocolate era de chocolate. No hubo engaño, ni intención de fraude, ni práctica desleal por parte del establecimiento.

El propietario actuó con transparencia, mostró las imágenes y ofreció una explicación razonable. Difícilmente puede hablarse de estafa cuando la evidencia demuestra lo contrario.

Para una gran cadena, una queja en redes puede ser un contratiempo más. Para un pequeño comercio, puede significar pérdida de confianza, disminución de ventas y daño a una reputación construida durante años.

Por eso, antes de señalar públicamente a un negocio, conviene asegurarse de que la acusación es sólida. La viralidad no siempre va acompañada de verdad.

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