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Universidad | Investigación

La historia de Samuel Torres, un ingeniero en la órbita de EEUU

El estudiante de doctorado de la ULPGC investiga en Computación Neuromórfica para optimizar el gasto energético de la Inteligencia Artificial, que podría consumir tanta electricidad como Irlanda

Samuel Torres

Samuel Torres / lp/dlp

Las Palmas de Gran Canaria

Cada vez que alguien escribe una pregunta en un chatbot, miles de servidores se ponen en marcha en algún lugar del mundo, consumen ingentes cantidades de energía, y devuelven una respuesta en segundos. Si ese derroche eléctrico ya resulta caro en tierra, en un satélite en órbita, con sus limitaciones técnicas y sujeto a físicas extremas, el gasto es inviable. Samuel Torres Fau (Zaragoza, 2000), doctorando de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), trabaja para que la Inteligencia Artificial aprenda a ser tan eficiente como el cerebro humano. Y en su empeño, acaba de lograr una beca Fulbright para desarrollar su línea de trabajo en uno de los laboratorios internacionales a la vanguardia de la IA computacional.

Adscrito al Instituto de Microelectrónica Aplicada de la ULPGC, Torres pasará medio año en la Universidad de California Santa Cruz, en EE.UU, trabajando junto a la eminencia Jason K. Eshraghian, líder del Neuromorphic Computing Group, considerado uno de los equipos científicos más avanzados del planeta en computación neuromórfica.

En líneas generales, el propósito radica en conseguir que los algoritmos de IA funcionen de verdad en el hardware de un satélite, con los recursos energéticos de un aparato que depende de sus propios paneles solares para sobrevivir en órbita. Cada semana, Open AI, la empresa que dirige a la IA más famosa del mundo, ChatGPT, da cabida a un cupo de 810 millones de usuarios activos mensuales, y el número no deja de crecer. Pero en el campo aeroespacial, la IA avanza mucho más lento.

Llevar infraestructuras informáticas al espacio ya es un dilema mundial. China anunció en enero un ambicioso plan quinquenal para desplegar centros de datos que floten a 800 kilómetros sobre la Tierra. Semanas después, el multimillonario estadounidense Elon Musk reveló planes similares, comenzó a recaudar fondos de forma agresiva para impulsar las ambiciones de centros de datos orbitales de SpaceX.

El sueño de este futuro doctor es desarrollar un sistema propio que permita ‘aligerar’ las tareas de la computación neuromórfica. Graduado en Ingeniería de Computadores en la Universidad de Zaragoza, actualmente investiga esta disciplina que maneja en torno a «billones o trillones de parámetros», y que se inspira en cómo opera el cerebro, donde las neuronas se activan sólo cuando es necesario.

El motivo por el que el problema sigue sin resolverse no es por falta de conocimiento, sino exceso de prudencia. «Las tecnologías que se llevan arriba suelen ir con varias generaciones de retraso respecto a lo que tenemos en tierra. Como son misiones muy críticas en las que se invierte muchísimo dinero, millones o incluso a veces billones de euros o dólares, se quiere asegurar que lo que mandas arriba realmente vaya a funcionar. Tú no puedes iterar rápido de una forma tan fácil como harías en tierra. El coste-riesgo es muchísimo mayor», razona. Para entender la magnitud de este problema: si la tendencia no cambia, la IA generativa podría estar en camino de consumir anualmente tanta electricidad como todo el país de Irlanda.

«Ya es que la eficiencia no es que sea oportuna, es que es necesaria, porque si no, no hay forma posible de ejecutar esta inteligencia en un satélite, en órbita», subraya Torres. Ejecutar estos procesos en el plano terrestre resulta más económico para los bolsillos de las empresas aeroespaciales, al menos por el momento.

«El circuito o el hardware que tú puedes poner en un satélite tiene muchas más restricciones que los que tenemos en Tierra. Por ejemplo, los centro de datos terrestres pueden recibir gigavatios de información sin problema», advierte. Su tesis doctoral, titulada Desarrollo de un entorno de trabajo para acelerar el despliegue de aplicaciones IA en el espacio, suscita el interés de Thales Alenia Space, uno de los grandes fabricantes europeos de satélites. La empresa ha firmado un proyecto a cuatro años vista con la división de Diseño de Sistemas Integrados (DSI) ULPGC para financiar el desarrollo de esta tecnología. «También se investigará la metodología para poder enfocar la tecnología en un desarrollo de producto», apura a explicar el investigador.

Con todo, las aplicaciones que busca hacer posibles no tienen nada que ver con un chatbot conversacional. Son las de un sistema autónomo que trabaja solo, a miles de kilómetros de cualquier operador humano, bajo instrucciones para detectar anomalías en imágenes de la superficie terrestre, reconociendo patrones o identificando fallos antes de que ocurran.

Detectar errores

«Al final no vas a desplegar un chatbot en un satélite porque no tiene mucho sentido. Más bien vas a estas aplicaciones en las que necesitas reconocer inteligentemente un patrón, necesitas saber dónde el sistema está fallando antes de que ocurra el fallo», subraya el investigador. Por ejemplo, detectar dónde hay una fuga de petróleo de un carguero. Son también aplicaciones diferentes que utilizan la IA para identificar fenómenos importantes y ajustar en tiempo real sus sensores, evitando nubes y mejorando la eficiencia en la recolección de datos sobre el planeta.

Las becas Fulbright nacieron en 1946 por iniciativa del senador de Arkansas William Fulbright como programa de intercambio académico entre Estados Unidos y el resto del mundo. En España se conceden desde 1958, están avaladas conjuntamente por el Departamento de Estado estadounidense y el gobierno español, y son escasas por diseño. «No solo representas al grupo de investigación, incluso después de tanto tiempo con la universidad. Tienes que dar una buena imagen. Como es una beca que está directamente avalada por los gobiernos de España y de Estados Unidos, tienes esa presión de hacer las cosas y hacerlas bien», dice Torres.

Cuenta que desde que era niño le apasionaban los ordenadores. Ahora trabaja para que quepan, de alguna forma comprimida, algoritmos en el espacio. Y si mira al futuro, su sueño es «lanzar un satélite con mi propia tecnología dentro; mi sueño personal es vivir bien y bien acompañado», resume. El camino entre ambas cosas pasa por California, de momento.

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