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Crónicas de un rompesuelas

El imán de Isabel y Saulo

Hoy se cumplen 90 años de la boda de Saulo Torón e Isabel Macario, que dio inicio a una vida compartida en la que lo doméstico y lo artístico latieron bajo el mismo techo

El imán de Isabel y Saulo

El imán de Isabel y Saulo

Muchas veces la historia de una ciudad no se escribe en los grandes acontecimientos, sino en gestos íntimos: un encuentro inesperado, un romance, un hogar que, poco a poco, se convierte en refugio y punto de encuentro para quienes terminan marcando una época. Una de esas historias, discreta pero profundamente reveladora de la vida cultural de Las Palmas en el siglo XX, se tejió en torno a Saulo Torón e Isabel Macario.

Debido a la temprana muerte de sus padres, Saulo se vio obligado a trabajar desde muy joven. Primero trabajó como empleado en una tienda de ropa; más tarde, como mozo de botica, y posteriormente pasó a desempeñarse en la compañía carbonera de Gran Canaria, en el puerto. A pesar de ello y de los esfuerzos de su amigo Tomás Morales, nunca llegó a salir de la isla. Gran Canaria era su mundo, y no parecía necesitar otro.

Así transcurrió su vida hasta que, en abril de 1921, con apenas tenía treinta y cinco años, acudió al Gabinete Literario para escuchar a Giacomo Lauri-Volpi, uno de los tenores más célebres de la época. La sorpresa llegó cuando descubrió que junto a él había una joven de diecinueve años, con la que interpretó el dúo de Aída. Saulo quedó prendado. Pero, paradójicamente, aquel encuentro terminó separándolos; Lauri-Volpi comprendió de inmediato la magnitud de aquella voz y le dio un consejo que casi era una orden: marcharse a Italia para formarla académicamente.

Aquella decisión, que abría para la joven un horizonte inmenso, dejaba a Saulo frente a una certeza silenciosa, el amor apenas insinuado debía esperar, o quizá resignarse a convertirse en recuerdo,

Por su parte, lo que Isabel encontró en el país transalpino superó cuanto hubiera podido imaginar. Fue el propio director del Conservatorio Verdi de Milán quien, admirado ante aquellas facultades excepcionales, asumió personalmente la formación vocal de la joven cantante. Años después debutaría en La Scala como protagonista, de la mano de Toscanini. Sin embargo, cuando se encontraba en la cresta de la ola, Isabel tomó una decisión inesperada: regresar a su ciudad natal.

Aquí cantó con el mayor desinterés y generosidad, prestando su voz a toda clase de actos culturales, sociales y benéficos. La sociedad ‘Amigos del Arte’ del pintor Néstor, la Sociedad Filarmónica, el Gabinete Literario, el teatro Pérez Galdós: todos aquellos escenarios conocieron la gracia de su canto.

Fue en una de aquellas actuaciones cuando Saulo volvió a encontrarla, y esta vez decidió que no iba a dejarla escapar de nuevo. Ya siendo novios llegaron los conciertos que terminarían de sellar el destino de la pareja. Se organizaron varias veladas en Gran Canaria, Tenerife y La Palma, en las que Isabel participó como pareja artística de la pianista y recitadora cubana Dalia Íñiguez Ramos, casada con el barítono grancanario Juan Pulido, quien más tarde alcanzaría fama como actor durante la Época de Oro del cine mexicano.

Pero Saulo, que tenía entonces cuarenta y ocho años y jamás había salido de Gran Canaria, no estaba dispuesto a dejarla marchar de nuevo. Así, el poeta que jamás había abandonado su isla se embarcó hacia Tenerife como guardián discreto, sombra leal, pretendiente que sabía lo que quería, aunque aún no lo había pronunciado.

El momento esperado llegó a la vuelta, durante la Semana Santa. Fue en la Parroquia de San Francisco de Asís, mientras recorrían las estaciones un Jueves Santo. Aquel recinto tenía para Isabel una significación profunda: había vivido en la casa parroquial con su hermano Rafael, que había sido el párroco, así que cada rincón guardaba recuerdos de su infancia. En la Capilla del Niño Jesús Enfermero, Saulo se detuvo, la miró a los ojos y se declaró. Isabel, con la emoción contenida, aceptó.

En aquel mismo templo se casaron el 7 de marzo de 1936, bajo la tutela del párroco Antonio Artiles Rodríguez. Pero la historia guarda uno de esos giros irónicos que sólo la vida real permite. Saulo llevaba años firmando como Polichinela versos satíricos en el periódico Eco, y una de sus víctimas favoritas no era otra que el propio párroco, exaltado germanófilo durante la Primera Guerra Mundial, que durante años había publicado en el Diario de Las Palmas extensos artículos bajo el cervantino seudónimo de Licenciado Vidrieras, repletos de loas a las potencias centrales. Saulo lo había atacado con versos certeros:

iOh, Vidrieras!,

si tú vieras

más allá de tus narices,

de cierto que no dijeras,

¡oh, Vidrieras! lo que dices.

O bien:

Digamos que el “Kolossal”

Vidrieras es un Cervantes...

-que antes escribía muy mal

y ahora escribe... peor que antes.-

Aunque el sacerdote ignoraba quién se escondía tras el disfraz de Polichinela, Saulo sabía quién era el blanco de sus dardos poéticos. Y poco antes de la boda, consciente tal vez de que no era conveniente guardar secretos de ese calibre con quien iba a unirlo en matrimonio, decidió confesárselo. Lejos de irritarse, Antonio extendió la mano, y aquel gesto selló una inesperada amistad entre quienes, hasta entonces, se habían enfrentado en la arena periodística.

Con el amor resuelto, Saulo se enfrentó a otra gran empresa, conseguir un hogar. Tras haber vivido siempre de alquiler, estaba decidido a superar esa etapa. Su capital era modesto, veinticinco mil pesetas procedentes de un seguro, cobrado cuando la casa en la que trabajaba se fusionó con otra. Con esa suma, acudió a ver a su amigo, el arquitecto Miguel Martín-Fernández de la Torre.

-No tengo sino esto –dijo mostrándole el dinero.

-No te preocupes –respondió Miguel–. Espera un poco que tengo un proyecto.

Dicho proyecto era la colonia ICOT, un conjunto de viviendas en Ciudad Jardín que representaba uno de los experimentos más interesantes del racionalismo arquitectónico en las islas; viviendas de pequeña renta construidas con métodos estandarizados, enclavadas, paradójicamente, en uno de los barrios más selectos de la ciudad. Miguel le prometió que allí lo tendría todo a mano: el mercado central, farmacias, tiendas, pues él mismo había redactado el Plan General de Ordenación de la ciudad.

Como regalo de boda, Miguel añadió algunos detalles que mejoraban notablemente la vivienda: los ladrillos de la azotea, escaleras de mármol en lugar de granito y el mobiliario de la cocina. Y aún hubo más. Después llegó su hermano Néstor, que terminó de embellecerla con reproducciones de su Poema del Atlántico, que él mismo se encargó de colgar en las paredes.

Saulo, a quien el dinero apenas le alcanzaba para más, le correspondió con lo más valioso que poseía, su talento poético, dedicándole el poema Hogar:

Este hogar en que vivo, pienso y sueño,

por tus manos, Miguel, edificado,

es el refugio cándido y pequeño

que tengo a mis amores consagrado.

En él gusto las mieles de un risueño

vivir, de los míos rodeado,

disfrutando los goces del ensueño

que dan aliento al corazón cansado.

Los goces del ensueño eran la música, la literatura y el arte, pues aquella casa de la calle Hermanos García de la Torre se convirtió en un auténtico oasis cultural al que acudieron a saciar su sed personalidades como Miguel y Néstor Martín-Fernández de la Torre, Néstor Álamo, José Mesa y López, Eugenio Padorno, Manuel Alvar, Juan Rodríguez Doreste, Jerónimo Saavedra, Paquita Mesa y otros corazones cansados que vagaban por el páramo de la posguerra. Muchas noches, los vecinos tuvieron el privilegio de escuchar, en las numerosas veladas líricas que se organizaban en la casa, a cantantes de la talla de Alfredo Kraus, además de a los muchos alumnos que Isabel, profesora de canto, fue formando a lo largo de los años.

Aquel hogar sólo necesitaba ser bendecido, y como sólo un poeta podía otorgar tal gracia a una casa de aquella índole, fue Antonio Artiles, su antiguo contrincante lírico, quien pronunció las palabras que la consagraron como imán de la pléyade canaria de su tiempo.

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