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LSD, hongos mágicos, peyote y ayahuasca: el uso de los psicodélicos en el ámbito clínico para tratar problemas de salud mental

El profesor de Toxicología de la ULPGC, Luis Alberto Henríquez explica el potencial de estas sustancias en el ámbito sanitario

La ketamina y el MDMA, conceptualizadas socialmente como drogas recreativas, se utilizan para tratar afecciones como la depresión o la ansiedad.

Imagen de los asistentes al curso de extensión universitaria sobre el uso de los psicodélicos en el ámbito clínico.

Imagen de los asistentes al curso de extensión universitaria sobre el uso de los psicodélicos en el ámbito clínico. / LP/DLP

Daniel Valle

Daniel Valle

Las Palmas de Gran Canaria

Al hablar de LSD, ayahuasca, hongos mágicos o peyote, el común de la sociedad suele relacionar su consumo con una persona emulando a Don Quijote —viendo gigantes donde solo hay molinos— o una secta amazónica en la que el gurú lava la cabeza de unos cuántos fieles, engañados para regalar todo su patrimonio.

Lejos de analogías satíricas, el potencial que tiene el uso de estas sustancias en el ámbito clínico aglutina multitud de investigaciones a nivel internacional. Psicodélicos ‘atípicos’ —aquellos que no actúan a través del receptor cerebral 5-HT2A— como la ketamina o el MDMA —éxtasis— son utilizados para tratar afecciones de salud mental como la depresión resistente, la ansiedad o el síndrome de estrés postraumático.

Asociación científica

El profesor de Toxicología y doctor en Veterinaria de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC), Luis Alberto Henríquez, forma parte de la Asociación Científica Psicodélica: un grupo de investigadores que estudian y divulgan sobre esta materia. En ese sentido, Henríquez impartió junto a otros investigadores un curso de extensión universitaria vinculado a la ULPGC sobre el uso de los psicodélicos clásicos en el ámbito clínico.

El docente afirma que «en ningún caso» hacen «apología del uso de estas sustancias»: «No somos activistas ni tenemos ningún interés económico: de hecho, hablamos durante el curso de los riesgos inherentes del consumo de estas sustancias».

Respecto a la que fue la tercera edición de la formación, afirma que «es bastante buena, porque se ha juntado un grupo de alumnos numeroso y que tenía ya bastante conocimiento acerca del tema». «Ha sido un grupo bastante heterogéneo donde había personal sanitario como médicos, enfermeras y psicólogos, además de población general», describe.

Cambios de creencias

Henríquez define los psicodélicos como «una sustancia, natural o artificial que tomada tiene la capacidad de provocar una alteración de la percepción». Este cambio puede «permitir aprendizajes nuevos cuando se consume en un entorno controlado», algo que resulta «superútil en el contexto de afecciones mentales como la depresión o la ansiedad, donde una pastilla no es suficiente y hace falta un cambio en la manera de ver el mundo».

Por esas características, las drogas psicodélicas «tienen la capacidad de abrir esa ventana de oportunidad» debido a la psilocibina, «el componente principal de los hongos mágicos, la MDMA o el LSD». Este trío de sustancias «tiene bastante investigación y aplicaciones en el campo de la salud mental».

No hay ninguna muerte reportada por el consumo o la sobredosis de LSD

Luis Alberto Henríquez

— Profesor de Toxicología de la ULPGC

En el caso concreto del éxtasis, es «bastante útil en el contexto del control de la ansiedad, en patologías como el estrés postraumático», afirma en base a su investigación. Además, debido a «su carácter neurogénico» —que altera el sistema nervioso— el profesor está investigando, todavía sin resultados probados, «su aplicación como tratamiento potencial en el contexto del Alzheimer y el Parkinson».

Riesgo epistémico

La principal ventaja que ofrecen respecto a los fármacos normales –dice– es que «generalmente, se consiguen resultados con una o dos sesiones»: «No crean ningún tipo de dependencia ni necesidad de mantener un tratamiento a largo plazo, como sí ocurre con las pastillas», comenta el investigador.

«No hay en la literatura científica reportada ninguna muerte asociada a su consumo o a una sobredosis». De igual manera, el docente matiza que no es lo mismo «tomar LSD y coger el coche» que «morir de sobredosis por LSD en un entorno seguro y controlado por unos protocolos establecidos».

Sin embargo, no todo son ventajas: «Los psicodélicos tienen lo que se conoce como riesgo epistémico, es decir, tener cambios profundos e irreversibles en los sistemas de creencias». Henríquez lo ejemplifica utilizando «contextos de retiro de ayahuasca», habitualmente vinculados a procesos religiosos, en los que «la persona puede salir pensado que es el espíritu del jaguar» de forma literal, en un proceso en el que el afectado «se identifica genuinamente con ello y lo retroalimenta, negándose a recibir tratamiento». «En términos psiquiátricos, se conoce como brote psicótico», añade el investigador. Ahí radica uno de los grandes riesgos de aplicar este tipo de terapias psicodélicas.

Terapias controladas

El investigador afirma que estas sustancias, fuera de un ambiente puramente clínico y controlado, no tienen ningún efecto terapéutico: «Al consumirse en un ambiente descontrolado, sin un contexto calmado, con una música específica que te guíe por la experiencia, en el que estés tumbado con los ojos cerrados, se pierde cualquier efecto clínico», asevera Henríquez.

Una terapia con psicodélicos en el ámbito sanitario se divide en tres fases. En primer lugar, la fase previa, «en la que se decide el tratamiento, en qué contexto y cuál es la intención que persigue». En segundo, la toma, «con una duración de cuatro, cinco, seis o siete horas dependiendo de la sustancia y de la dosis». Por último, la integración. «Este último paso requiere de asistencia psicológica continuada y puede durar semanas, meses o años», afirma el investigador.

Uso médico en España

Hay un término anglosajón que define los dos factores clave implicados en este tipo de terapias: el set y el setting. «El set es el porqué lo tomo, el motivo y la intención. El setting es el dónde, con quién y de qué forma: esa es la clave». En el Servicio Nacional de Salud, se utiliza la ketamina en procesos relacionados con la depresión resistente, pero, según Henríquez, falla en dos cosas: «No tiene un setting adecuado ni un seguimiento psicológico semanal, necesario para la integración».

«Es necesario que, a golpe de teléfono, el paciente pueda expresar a un profesional lo que está sintiendo, pues es un proceso en el que el cerebro se está desarmando y corre peligro de no volver a armarse de la forma correcta». Sin embargo, requiere de unos recursos de los que carece la sanidad pública, por lo que el investigador pronostica que «se abrirá la mano con estas terapias en las clínicas privadas».

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