Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Crónicas de un rompesuelas

Hace 80 años se produjo una muerte que ha quedado registrada en un cristal

El Día de la Mujer se cumplió el 80 aniversario de la muerte de una dama cuyo nombre permanece oculto en un vitral de la iglesia de San Antonio de Padua

Vidriera de la iglesia de San Antonio de Padua.

Vidriera de la iglesia de San Antonio de Padua. / Andrés Cruz

Las Palmas de Gran Canaria

En la Iglesia conventual de San Antonio de Padua de Las Palmas de Gran Canaria, situada en la calle Perdomo, esquina con Pérez Galdós, se conserva un vitral que oculta una historia. Todos creen que representa una escena clásica del arte cristiano: Santa Ana enseñando a la Virgen María, conocida como La educación de la Virgen. La esposa de Joaquín y abuela materna de Jesús aparece detrás, con la mano sobre el hombro de su hija, en un gesto que parece didáctico. Las dos, rodeadas de aureola. Sin embargo, falta un elemento fundamental: el libro.

En todas las representaciones canónicas de esta escena, Santa Ana sostiene las Escrituras abiertas. No es un detalle decorativo: es el centro de la imagen, su razón de ser. Santa Ana no abraza a María ni la bendice; le enseña a leer. El libro simboliza la fe que se transmite. Sin él, la escena pierde su justificación teológica. Sus creadores sabían lo que hacían. Así que, si no pusieron el libro, fue porque alguien les pidió que no lo hicieran.

¿Por qué?

La respuesta está escrita en la filacteria que recorre la parte inferior del vitral, invisible desde el suelo. Para leerla hay que subir a la segunda planta, donde aparece la inscripción: "A la memoria de Nancy Pavillard Jardín de Núñez Saavedra, que con fe ejemplar y suma resignación entregó su alma a Dios en Santa Cruz de La Palma el 8 de marzo de 1946 a los 31 años de edad. Et pro vobis rogabo".

Nancy era la única hija entre ocho hermanos. Sus padres eran el armador y empresario inglés Víctor Eugenio Pavillard Saxby –director de la Casa Elder desde los años treinta y su único propietario en la década siguiente– y Susana Jardín Domenech, de origen madeirense. Una familia conocida, respetada, con raíces en la colonia inglesa y lazos en toda la sociedad grancanaria.

Nancy creció en ese mundo privilegiado y lo habitó sin altivez. Era sencilla, afable, caritativa; cordial con todos, desde el más encumbrado hasta el más humilde. Su posición nunca fue obstáculo para tender la mano al desvalido, pues había heredado el espíritu filantrópico de su padre. Contrajo matrimonio con Estanislao Núñez Saavedra con quien tuvo cuatro hijos: Estanislao, Víctor, Eugenio y María Pilar.

Muerte por una operación

A principios de marzo de 1946, Nancy viajó a Santa Cruz de La Palma para someterse a una operación de un quiste de ovario. La acompañó su hermano Estanislao, doctor en medicina que acababa de regresar de Madrid, donde había pronunciado ante numerosos colegas –entre ellos Gregorio Marañón– una conferencia sobre medicina tropical que fue muy celebrada. El cirujano que iba a operarla era el prestigioso doctor Miguel Pérez Camacho, célebre por haber realizado en todo el Archipiélago las primeras intervenciones de colecistectomía y gastrectomía, cuando esta última aún no se practicaba en el resto de España, y además amigo de la familia desde hacía años.

Se trataba de una intervención menor: el quiste no presentaba torcedura de pedículo ni ninguna otra complicación. Pero durante el postoperatorio, Nancy desarrolló una peritonitis.

Debido a que la autarquía había convertido la penicilina en un bien casi inaccesible, Nancy murió en las primeras horas del viernes 8 de marzo de 1946, con tan solo treinta y un años, dejando a sus hijos huérfanos, el mayor de ellos de apenas cuatro.

El doctor Camacho no lograba explicarse lo ocurrido. Tras darle muchas vueltas al caso, llegó a la conclusión de que la causa pudo haber sido el catgut utilizado en las suturas, un material que, en casos muy aislados e infrecuentes, había provocado infecciones en la cavidad peritoneal.

Último viaje de La Palma a Gran Canaria

Dos días después, a media mañana del domingo, se había congregado en el Muelle de Santa Catalina una compacta muchedumbre: cientos de señoras y señoritas de la sociedad canaria, miembros de la colonia inglesa, altos cargos de la Casa Elder, autoridades y representantes del cuerpo consular. Todos aguardaban el vapor que traía el cuerpo desde La Palma. Poco antes de las diez atracó el interinsular Lanzarote, en cuya cubierta se había instalado la capilla ardiente. Allí, el padre Félix de Corta, rector del Colegio de San Ignacio de Loyola, ofició una misa corpore insepulto.

A las doce se organizó la comitiva. El féretro fue conducido a hombros hasta el parque de Santa Catalina, cubierto de coronas y ramos de flores. Abría la marcha el clero de la parroquia de San Pablo del Puerto, con la cruz alzada. Al llegar a los Salesianos se incorporó el de la parroquia de Santa Catalina de Alejandría y, poco después, ya en el parque de San Telmo, se sumaron cientos de personas más, de todas las clases sociales. Nancy había dejado amistades en cada rincón de la ciudad.

Años después, sus padres encargaron un vitral para la iglesia de San Antonio de Padua, de la que habían sido grandes benefactores. La pieza fue colocada el 7 de abril de 1953 en la fachada que da a la calle Pérez Galdós, siete años después de la muerte de Nancy, a quien su padre seguiría al año siguiente.

Los artesanos que la crearon emplearon todos los elementos propios de La educación de la Virgen que cualquier sacerdote reconocería sin dudar y ningún feligrés cuestionaría, salvo el libro.

Vidriera de la iglesia de San Antonio de Padua.

Vidriera de la iglesia de San Antonio de Padua. / Andrés Cruz

Camino del cielo

Cuando el espectador descubre esta ausencia, toda la escena se transforma de inmediato, pues no hace falta ser un experto para darse cuenta de que la niña no baja la mirada como quien lee, sino que la levanta hacia lo alto. La dirige hacia donde señala la mujer situada a su espalda, que no parece instruirla, sino mostrarle el camino del cielo, ya que no es una maestra, sino la figura a través de la cual Víctor y Susana expresaron su profunda fe en la otra vida.

Entonces se comprende la decisión de sus padres cuando encargaron el vitral. Eligieron la iconografía con una precisión calculada: dos figuras reconocibles, una composición que nadie pondría en duda. Pero suprimieron el libro para que, al mismo tiempo, la escena significara otra cosa y su auténtica protagonista no fuera María, sino Nancy. Así, la mano maternal posada sobre el hombro dejaba de ser solo un gesto devocional para convertirse en un consuelo íntimo, cuidadosamente disfrazado.

Por eso Nancy sigue siendo una niña. Porque, para un padre, los hijos nunca dejan de serlo.

Desde entonces, los feligreses llevan más de medio siglo sentándose bajo esa luz sin saberlo y los turistas la han fotografiado ignorando su verdadero sentido. Porque los vitrales dicen lo que la piedra calla. Y este, en particular, pronuncia un nombre, una fecha, una edad y una inscripción latina que no se alcanza a leer desde el suelo: et pro vobis rogabo. Y rogaré por vosotros, una paráfrasis del Evangelio de Juan que, puesta en boca de la difunta, se convierte en la promesa de seguir intercediendo ante Dios por los suyos desde el más allá. Es una expresión de fe en la comunión de los santos: la muerte no rompe los vínculos del afecto ni del espíritu, sino que los transforma, haciendo del difunto un intercesor en el cielo.

Al fondo, ese azul –que ya es el otro mundo– envuelve la figura materna. En primer término, el templete dorado enmarca el nuestro. Y entre ambos, la cortina: umbral, frontera, promesa. Verde, como el nimbo de la niña que lo ha atravesado.

Cada día la luz del sol vuelve a atravesar el vitral. Y el cristal guarda la historia de aquel duelo mientras su protagonista, desde el otro lado, continúa rezando por los suyos.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents