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Crónicas de un rompesuelas

Un cóctel para Cocteau

Mañana se cumplen 65 años de la llegada de Jean Cocteau a Gran Canaria. Planeaba quedarse un mes y se marchó al quinto día

Jean Cocteau, el cuarto por la izquierda, junto a  un grupo cultural de Gran Canaria en la Escuela Luján Pérez.

Jean Cocteau, el cuarto por la izquierda, junto a un grupo cultural de Gran Canaria en la Escuela Luján Pérez. / LP/DLP

El martes 29 de marzo de 1961, a las 21.30 horas, un avión de la compañía Aviaco tomaba tierra en el aeropuerto de Gran Canaria. Entre sus pasajeros se encontraba Jean Cocteau, uno de los artistas más célebres y polifacéticos de la primera mitad del siglo XX: poeta, novelista, dramaturgo, guionista, cineasta, pintor, crítico de arte y diseñador, un creador sin fronteras cuya obra había dejado una profunda huella en la vanguardia europea.

No viajaba solo. Le acompañaban su hijo adoptivo, Édouard Dermit; la hermana de este; y la socialité francesa Francine Weisweiller, junto a su hija Carole, quien con el tiempo se convertiría en una de las principales biógrafas y guardianas de la memoria del artista. Aquel pequeño grupo, estrechamente ligado a su universo creativo y personal, desembarcaba en la isla con la intención de disfrutar de unos días de descanso y, quizá, de inspiración.

Como era de esperar, se alojaron en el Hotel Santa Catalina, el más prestigioso del Archipiélago y punto de encuentro habitual de intelectuales y viajeros ilustres.

Muchos de los huéspedes reconocieron de inmediato a Dermit por haber encarnado a Jacques Cégeste en dos de las películas más aclamadas de Cocteau: Orfeo y El testamento de Orfeo. Algunos, más perspicaces, identificaron también en Francine Weisweiller a la enigmática condesa que se equivocó de época de esta última, en parte porque su llegada había sido anunciada con entusiasmo.

El 13 de marzo, Cocteau había comunicado por carta su intención de permanecer en la Isla hasta finales de abril, y la expectación generada en los círculos culturales era ya tal que cuatro días después Luis Benítez Inglott dejó constancia de ese fervor en su crónica El papel vale más, donde celebraba la inminente visita de «una de las auténticas glorias de nuestro tiempo».

Sin embargo, el mismo día de su llegada, José Naranjo Hermosilla –abogado, promotor agrícola y presidente del Sindicato de Frutos y Productos Hortícolas y de la Cámara Oficial Sindical Agraria– remitió una carta al director del periódico Falange, órgano oficial del partido único en Canarias, que sería publicada al día siguiente. En ella denunciaba que Cocteau figuraba entre los firmantes de la convocatoria de una Conferencia de la Europa Occidental para la amnistía de los presos y exiliados españoles, celebrada días antes en París. La misiva, bajo una apariencia cortés, lo ponía contra la espada y la pared al proponer el envío de un periodista que le brindara la oportunidad de «definirse con toda claridad», es decir, de retractarse públicamente o asumir las consecuencias. La ponzoñosa carta no tardó en surtir efecto: al día siguiente, Cocteau realizó unas declaraciones –recogidas en el mismo medio– en las que negaba categóricamente su participación y adhesión a dicha conferencia.

Cabe preguntarse qué habría escrito Naranjo Hermosilla de haber sabido que Cocteau, entonces con 71 años, era adicto al opio; que su hijo adoptivo –de 36– era en realidad su amante; o que Francine, mecenas y productora de El testamento de Orfeo, no solo era judía, sino pariente de los Rothschild, una de las dinastías financieras que la propaganda franquista situaba en el centro de la supuesta conspiración judeomasónica a la que atribuía buena parte de los males de España.

Entretanto, Cocteau continuó recorriendo la ciudad. Visitó en varias ocasiones la Casa de Colón, donde admiró sus colecciones y elogió el museo, y presenció las procesiones de Semana Santa –en especial la del Viernes Santo– desde distintos puntos del barrio de Vegueta. Pero el acontecimiento más importante, sin embargo, se produjo tres días después del ultimátum, cuando un grupo de artistas canarios decidió responder al falangista, no con más ponzoña, sino con un cóctel.

Ocurrió la tarde del sábado 1 de abril, y no por casualidad. Aquella fecha, el Día de la Victoria era una de las festividades más emblemáticas de la dictadura: el aniversario del fin de la Guerra Civil que el franquismo celebraba cada año con desfiles y proclamas patrióticas. Algunos miembros del grupo habían decidido que era el momento idóneo para otra clase de celebración. Mientras el Régimen conmemoraba su triunfo, en la Escuela Luján Pérez, un grupo de represaliados invitó, como acto de desagravio, a aquel viajero al que la prensa franquista había intentado humillar días antes. La escena no era solo irónica, sino que suponía todo un desafío.

Cocteau llegó a las siete de la noche acompañado de su comitiva y permaneció allí durante dos horas, mostrando un vivo interés por la obra de aquellos jóvenes pintores y poetas, así como por el movimiento cultural de la isla. Con quienes no dominaban la lengua de Molière, se hacía entender salpicando sus frases con palabras en inglés y español, improvisando una pintoresca jerga trilingüe con la que elogió la originalidad de Jane Millares, la maestría de Felo Monzón y tomó nota de los nombres de los jóvenes integrantes del recién creado grupo poético Atlántico. A continuación, se sirvió el cóctel y Agustín Millares Sall recitó, con su inconfundible voz vibrante, un poema compuesto en su honor, mientras Juan Rodríguez Doreste –secretario de la escuela– lo traducía simultáneamente al francés. Al escuchar aquellos versos, Cocteau quedó profundamente conmovido.

Curiosamente, en una de las numerosas fotografías tomadas aquella noche aparecen, de izquierda a derecha: Vicente Mujica, Juan Jiménez Santana, Agustín Millares, Jean Cocteau, Néstor Álamo, Juan Rodríguez Doreste, Antonio Izquierdo Baños y Mario Pons Cabral, director de la escuela. Casi todos ellos habían tenido problemas con las autoridades por sus ideas políticas; los tres últimos, además, por su pertenencia a la masonería. La única excepción era Néstor Álamo, cuyo caso no era menos complejo. Pese a proceder de una familia carlista, desde 1955 figuraba en el listado de invertidos, y apenas un año antes había perdido la protección del presidente del Cabildo, Matías Vega Guerra, recién trasladado a Barcelona, lo que acabaría provocando su renuncia a la dirección de la Casa de Colón al año siguiente.

Mientras, fuera de la Escuela Luján Pérez, las autoridades políticas, militares y religiosas conmemoraban el triunfo del bando nacional, la fotografía inmortalizó a aquel artista denostado por la prensa franquista, rodeado de masones, rojos y homosexuales que ejercían –en silencio– una forma de resistencia. Dos celebraciones. Dos Españas, separadas por apenas unas calles.

Pese a tan cálido homenaje, dos noches después Cocteau partió hacia Madrid a bordo de un avión de Iberia, con la intención de proseguir después hacia Sevilla y Marbella junto a sus acompañantes. Su precipitada marcha causó estupor en el mundo cultural grancanario, que confiaba en retenerlo hasta finales de abril.

Uno de los muchos artistas que no llegaron a conocerlo en persona fue Sebastián Sosa Álamo; aun así, Cocteau le dedicó un dibujo en la Escuela Luján Pérez que acabaría convirtiéndose en la portada de su libro de poemas En la ciudad dormida, publicado en diciembre de ese mismo año.

De ahí que resulte inevitable preguntarse qué habría ocurrido de haberse prolongado la estancia el mes previsto. Tal vez habría pintado un mural, como haría más tarde en Marbella, o quizás el contacto sostenido con los artistas de la Escuela Luján Pérez habría dejado una huella más profunda en el movimiento cultural isleño, otorgando a aquellos jóvenes creadores una visibilidad internacional tan escasa como valiosa en plena dictadura.

Entre la ponzoña de un franquista y el cóctel de unos disidentes, el contraste no podía ser más elocuente.

De un lado, el poder; del otro, la cultura.

Cinco días bastaron para confirmar que hablaban lenguajes irreconciliables.

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