Análisis
Barrancos durmientes
La regeneración de los cauces urbanos con la lluvia de ‘Therese’ centrífuga la idea del gran corredor verde para conectar los barrios de la ciudad entre sí y con los pueblos de las medianías

José Pérez Curbelo
No todo está perdido. El poder regenerador de la naturaleza impulsa la transformación de un paisaje maltratado, colonizado y destruido por el desprecio humano, también la mayoría de las veces por un crecimiento desmedido que lo sepulta para siempre. La potencia del agua derramada por Therese ha sacado a la luz en sólo unos días lo que una buena porción de proyectos no ha conseguido en décadas: la explosión de los barrancos que atraviesan Las Palmas de Gran Canaria. Dejan atrás su condición de durmientes y bajan hasta el Atlántico cargados de agua. Esa red de cauces humillados, cebados con la promesa de convertirlos en un gran corredor verde interconectado (compromiso repetido una y otra vez por todo bicho viviente con competencias urbanísticas), reafirma su presencia paisajística y proporciona valores culturales amenazados por la intensidad de la urbanización acelerada.
Sí, la tormenta se ha adelantado a los despachos oficiales. Las recreaciones digitales moteadas de verde para seducir al votante quedan caducas. La realidad se adelanta y el ciudadano tiene la oportunidad de obtener una referencia: 'no quiero su invento, he visto lo otro'. Ese 'otro' son las arterias del municipio que se desbordan por Tamaraceite, San Lorenzo, El Rincón, Guiniguada, Jacomar, Pambaso, La Mayordomía, Tenoya, El Toscón, San José del Álamo... Barrancos y barranquillos que cruzan salvajes la periferia, alcanzan el centro urbano. Un discurrir que es visible desde lomas con barriadas autoconstruidas o con bloques de viviendas inhóspitas, del tardofranquismo, que de pronto tienen una postal frente a sus ventanas.
Hay cientos de informes (y derroches) sobre la necesidad de que estas ramificaciones que se dirigen a la costa no se conviertan en vertederos, ni sean ocupados por construcciones ilegales o por obras públicas invasivas. El objetivo es que algún día se pueda llegar caminando por estos ramales, sin obstáculos, hasta núcleos más rurales de las medianías de la Isla. Senderismo, ocio, agricultura kilómetro cero, patrimonio hidraúlico, botánica, arquitectura tradicional, gastronomía y memoria rural son, entre otras, las bondades que darían solidez a la iniciativa. Pero no ha habido manera. Nos machacan con sucedáneos o con chorros de greenwashing (lavado verde o ecoblanqueo) Seguimos a la espera, aunque sea apoyados en esas enormes vigas que han plantado en sus lechos para sostener los puentes del tráfico inabarcable.
Frente a los vaticinios más pesimistas, Therese ha puesto en evidencia que el agua de la lluvia todavía puede descender por estas venas. El flujo ha sido posible, pese a la proliferación de obras públicas que ocultan el correr natural a su llegada a la capital, como ocurre con el Guiniguada, ejemplo categórico de la imposibilidad del caminante para alcanzar el sendero desde el núcleo Vegueta-Triana. Las redes sociales se han llenado de testimonios sobre el empuje del agua, incluso con comparativas entre el descenso actual y otro de hace un siglo. Nostalgia aparte, un ejercicio fructífero sobre cómo asume el ciudadano las variaciones que se producen en su entorno físico más cercano.
La lluvia que ha caído estos últimos meses con la cadena de borrascas ha rescatado una faz de Canarias que no conocíamos, o que sólo la tuvieron ante sus ojos generaciones ya desaparecidas. La sorpresa mayúscula por el amarillo o el violeta de los prados insulares certifica cierto grado de amnesia sobre el paisaje. La impresión se repite frente al agua que llevan los barrancos o con las cascadas, fenómenos que quizás deberían tener un papel más preponderante en el sistema educativo de los escolares. Gran parte de la historia de Canarias ha tenido como eje la búsqueda del agua para la agricultura, liquido cuya posesión supuso un instrumento de dominación terrateniente. Una forma de vida y una mecánica socioeconómica que no puede caer en el olvido.
Therese ha marcado la telaraña de los barrancos. Tras el temporal, como es previsible, estos cauces se llenaran de una biodiversidad que había sido desterrada por la sequía. Sus suelos retornarán al estado original, igual que los acuíferos subterráneos. Una experiencia que debería estimular ese gran corredor verde que nunca acaba de llegar, que hasta ahora sólo tenemos a través de recreaciones virtuales, informes y promesas electorales. Sería el momento ideal, porque por primera vez son muchos los que han visto tanta agua bajando: una lección única para el cuidado del paisaje.
Tras la experiencia de la tormenta tendría que ser más complicado que los políticos prosigan con su vacilón de los corredores verdes, con un matito por acá y otro por allá, y todo el mundo ecologista. El nivel lo hemos podido visualizar y disfrutar a lo largo de estos días. Hace falta una intervención seria y solvente que una a todos estos barrancos urbanos, una esperanza que aparece y desaparece del debate público pero sin intención alguna de llevarse a cabo. En todo caso, parece que ahora lo tendrán más difícil para vendernos la moto.
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