'Reinterpretando' el autismo: la compañía teatral de Aspercan en Las Palmas de Gran Canaria
La asociación cuenta con una iniciativa en la que ocho personas del espectro autista interpretan e incluso crean representaciones dramáticas: la próxima será Pinocho, el 29 de mayo en Santa Brígida

Los chicos de la compañía teatral de Aspercan ensayan la obra Pinocho. / ANDRES CRUZ

El telón del Centro de Recursos de Las Coloradas -La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria- tiembla con expectación, consciente de que se aproxima su momento. No son grandes focos ni pulidas tarimas lo que revela su subida: es el patio de antaño un colegio que, para los ocho chicos del espectro autista que conforman la compañía teatral de la asociación Aspercan, hace las veces del mejor escenario al que podría aspirar el Teatro Pérez Galdós.
Los actores comienzan a llegar antes de que las manecillas del reloj tengan tiempo de situarse a las cinco y media de la tarde, la hora del ensayo. La premura no es baladí, cada vez falta menos para el gran estreno de su próximo reto: Pinocho, que representarán el 29 de mayo en el Teatro de Santa Brígida.
Me han hecho abrir la mente y volver a la raíz de por qué hacía teatro
La representación del clásico de Carlo Collodi -habitualmente relacionada con la reversión de Disney- será la siguiente en una saga dramatúrgica que, durante los cuatro años que llevan sobre los escenarios, no ha parado de alargarse. La vuelta al mundo en ochenta días -Julio Verne-, Memorias de la Peste -Noemí Padilla y Alberto Hernández- e, incluso, Misterio en calle Berceo: una obra de creación propia en la que los propios chicos crearon la trama y los personajes, son algunos de los textos que ya figuran en su currículo actoral.
Su profesor, Ragüel Santana, es un artista que decide dar un giro a su carrera para embarcarse en esta aventura. «He vuelto a aprender a divertirme. Cuando ves el arte como un trabajo, todo se vuelve mucho más serio. Ellos me han hecho abrir la mente y volver a la raíz de por qué hacía teatro». «Los artistas dramáticos interpretamos para contar historias, pasarlo bien y disfrutar con nuestros amigos. Eso es lo que quiero que conozcan», cuenta el dramaturgo.

Ensayo de la obra Pinocho del grupo teatral de Aspercan. / ANDRES CRUZ
La actividad no está enfocada como un simple entretenimiento, sino que tiene un trasfondo pedagógico de gran relevancia. «Lo primero que trabajamos son dinámicas de grupo para que pierdan la vergüenza y aprendan a hablar en público. Que pierdan el miedo a interactuar entre ellos». «La parte del juego y la diversión está genial, pero quiero que tengan un objetivo: ponerse en pie y que vean de primera mano lo que es actuar delante de desconocidos. Que experimenten lo que es el teatro».
El miedo escénico es la montaña más elevada a la que se enfrenta el primerizo en la dramaturgia. En el caso de las personas incluidas en el espectro autista, a las que les cuesta más desarrollar sus habilidades sociales, la altura es mayor. Sin embargo, los alumnos de Ragüel han podido escalarla. «Para cualquier persona es complicado enfrentarse al público: siempre tienes miedos o vergüenza. Pero los chicos y chicas con los que trabajo son súper generosos en su esfuerzo y lo dan todo».
El método de enseñanza es uno de los pilares que sostienen el buen resultado continuado de la compañía. Para Ragüel, la clave está en «tratar a las personas de forma individual» e intentar ayudarles a ver «hasta dónde pueden llegar y cuál es su potencial máximo»: «La idea es conocerles como personas para poder ayudarles mejor y, ya cuando los conoces a todos, ensamblar el grupo para que funcione como conjunto».
Camino antes que destino
«No tenemos que llegar a la perfección, lo interesante en el teatro es el progreso. El aprendizaje está en el camino y eso es lo que se llevan, independientemente del resultado», cuenta Ragüel, que prefiere que asistan actores de distintas generaciones en sus clases. «Me gusta trabajar con todas las edades porque se nutren unos de los otros. Los más jóvenes tienen 13 años y el mayor tiene 39. Todos aprenden de todos».
A los participantes les aporta, entre otras cosas, la oportunidad de expresarse en un espacio en el que pueden ser ellos mismos sin tapujos: «Les da herramientas para poder hablar sin miedo, sin prejuicios. Para que ellos vean que tienen voz y merece ser escuchada».
Que nos den nuestro lugar, no pedimos ni más ni menos: que nos escuchen y que nos tengan en cuenta
Alejandro Rodríguez es uno de los actores más jóvenes del grupo pero, a pesar de sus 13 años, es uno de los más experimentados: «Llevo cuatro años interpretando. He aprendido a enfrentar mis emociones, liberarlas y actuar», comenta el joven, que recomienda a «todo el mundo» a que «venga a divertirse sin miedo y a aprender» con ellos. La obra que más disfrutó interpretando fue La vuelta al mundo en ochenta días: «Me gustó porque tenía muchas aventuras. Tengo espíritu aventurero».
Bruno Fernández tiene dos años más, pero dos años menos de experiencia en el mundo dramatúrgico. Espera que la representación en la que están trabajando, Pinocho, «salga perfecta», ya que la preparación está siendo «muy intensa, con mucho curro». Al respecto de su experiencia en la iniciativa de Aspercan, utiliza cuatro palabras de forma recurrente para definirla: «Me siento muy bien».
Gael Gutiérrez también tiene 15 años y lleva el mismo tiempo que Alejandro sobre el escenario. A él le ha hecho «aprender cosas nuevas» y «disfrutar», a pesar de que, sobre todo al principio, le costó «superar los nervios». Cuatro representaciones después, valora especialmente la que realizaron en el 2024, creada por ellos: «Era más fuerte y adulta, me encantó el sentimiento que transmitía». El adolescente concluye con una reflexión para aquellos interesados en sumarse a la ola teatral: «No tengan miedo, vengan motivados, que lo van a pasar muy bien y van a aprender».
Concienciación
El jueves, 2 de abril, es el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo. Carolina Parada, coordinadora de actividades de Aspercan, cree a la sociedad todavía le falta «concienciación y mirar hacia el otro». «Tenemos que saber que todos somos diferentes y que ser igual que el resto es muy aburrido». «Que nos den nuestro lugar, no pedimos ni más ni menos: que nos escuchen y que nos tengan en cuenta», concluye Carolina, refiriéndose al papel de las instituciones. Cierra el telón y finaliza una sesión que deja una moraleja: los límites existen para superarlos.
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