Crónicas de un rompesuelas
Cuando la procesión iba por dentro
Este Viernes Santo, vale la pena recordar que buena parte del patrimonio de nuestra Semana Santa fue creado por hombres perseguidos y condenados por la misma institución a la que se entregaron

Procesión de Semana Santa en Las Palmas de Gran Canaria. | / FEDAC
Cuando se evoca a los artistas homosexuales que contribuyeron al esplendor de la Iglesia, los nombres que surgen suelen ser casi siempre los mismos: Leonardo, Miguel Ángel, Caravaggio, Botticelli, Donatello, Cellini. Genios consagrados, elevados a la categoría de mito, cuya orientación sexual se menciona hoy como curiosidad biográfica, como nota al pie que ya no incomoda a nadie. Lo que rara vez se dice es que esa misma historia no fue exclusiva de Italia; también ocurrió aquí, con nombres propios que el paso del tiempo se encargó de borrar.
Para comprender lo que estos hombres hicieron, primero hay que saber lo que encontraron: una tradición en decadencia.
Aunque España permaneció neutral durante la Primera Guerra Mundial, la inestabilidad económica derivada del conflicto, sumada al progresivo agotamiento de las tesorerías parroquiales, dejó a muchas iglesias incapaces de sostener el peso de las procesiones. Y, por si fuera poco, cuando la guerra llegó a su fin, la gripe española cayó sobre la población —especialmente sobre los jóvenes, columna vertebral de la fuerza laboral— como una guadaña vaciando fábricas y clausurando negocios. El resultado fue inevitable: los pasos dejaron de salir, los cortejos perdieron su brillo y la tradición se fue apagando en las calles. La ciudad, poco a poco, se quedó sin procesiones.
Ante ese vacío, un grupo de ciudadanos decidió intervenir. En colaboración con los canónigos de la catedral y los párrocos, impulsaron la creación de la primera Junta de Semana Santa, concebida para coordinar y asegurar la continuidad de las procesiones. Su existencia, sin embargo, fue efímera. La proclamación de la Segunda República en 1931 aceleró un proceso de secularización que fue desalojando de las calles el incienso y el palio; y, apenas cinco años después, la Guerra Civil terminó por asestar el golpe definitivo.
No sería hasta principios de los años cuarenta cuando se intentaría de nuevo reactivando la Junta de Semana Santa con el objetivo de salvaguardar las viejas tradiciones religiosas y devolver las procesiones a las calles.
Los artífices de la renovación
Los protagonistas de aquella empresa fueron un cuarteto artístico excepcional: el escenógrafo, director de espectáculos, figurinista, pintor, decorador y actor Carlos Luis Monzón Grondona; el escultor Juan Jaén Díaz; y los pintores Carlos Morón Cabrera y Jesús Arencibia. A ellos se sumó Teodosio González Estupiñán, compañero inseparable de Arencibia en la ornamentación de las imágenes y en otros planos menos confesables.
Juntos dotaron a las procesiones de una nueva densidad estética que las transformó desde sus cimientos. Fueron los artífices de la Semana Santa callejera de 1944 y los creadores de los tronos que, aún hoy, siguen recorriendo nuestras calles.
Por aquel entonces, el único trono que sobrevivía aparece en una fotografía tomada el Viernes Santo, 6 de abril de 1928, en la plazoleta de Mesa de León, junto al barranco del Guiniguada. En ella, la Dolorosa de Luján Pérez avanza entre una multitud compacta y solemne. Pero el trono que la sostiene no es suyo: pertenece a la imagen del Señor Atado a la Columna, de la parroquia de Santo Domingo de Guzmán, que era prestado a la catedral cada Viernes Santo por la mañana. Este dato, lejos de ser anecdótico, es una prueba de la precariedad material de la época: compartir lo poco que quedaba para sostener lo mucho que representaba.
Hubo una época en que los homosexuales no preparaban carrozas para la Semana del Orgullo sino tronos de Semana Santa
Sin embargo, a partir de 1943 la situación cambiaría radicalmente. Fue entonces cuando Juan Jaén talló el nuevo trono de la Dolorosa; cuando Monzón Grondona realizó, en 1946, el del Santísimo Cristo de la Sala Capitular de la Catedral, al que pronto se sumaría el del Señor Predicador de la parroquia de Santo Domingo de Guzmán. En 1947 llegó el turno de la Dolorosa de la Parroquia Matriz de San Agustín, que estrenó en la noche del Jueves Santo un nuevo trono proyectado por Carlos Morón. La ornamentación de todos ellos fue confiada a Jesús Arencibia, quien, junto a Teodosio, dejó una huella indeleble en el lenguaje estético que aún define esta tradición.
Ellos tallaron los tronos, diseñaron los pasos, bordaron los mantos, vistieron a las vírgenes. Ellos construyeron la Semana Santa que hoy contemplamos. Y, sin embargo, la Iglesia olvidó sus nombres con el mismo celo con que preservó sus obras. ¿Por qué? Porque compartían algo más que talento y devoción: un secreto que ninguna crónica se atrevió a consignar. Salvo Juan Jaén, todos eran homosexuales.
Nombrarlo no es un gesto anecdótico. Es revelar una estructura de opresión y, al mismo tiempo, una forma de resistencia: las dos caras de una relación más amplia, antigua y menos inocente entre la estética de la Semana Santa y la sensibilidad homosexual.
Devoción, silencio y castigo
En la España franquista, donde la representación del desnudo masculino estaba prohibida fuera del ámbito religioso, la iconografía sacra ofrecía un resquicio en el muro de la moral nacionalcatólica, pues los Cristos semidesnudos, los San Sebastianes atravesados por flechas eran, paradójicamente, los únicos cuerpos masculinos que podían ser contemplados, admirados y, sobre todo, venerados en público.
De ahí que Monzón Grondona, el más anciano de todos ellos, fuera también uno de los fundadores de la Cofradía del Santísimo Cristo del Buen Fin de la Ermita del Espíritu Santo, creada en 1941 y única en recorrer en silencio las calles del barrio de Vegueta, meditando los misterios de la Pasión durante varias décadas.
Y de ahí también que más allá de la estética, muchos homosexuales como Jesús Arencibia y Teodosio González encontraran en el cuidado y ornamentación de las imágenes marianas una vía de expresión que en cualquier otro ámbito les estaba vedada. En una sociedad donde ni siquiera a los niños se les permitía jugar con muñecas, vestir y engalanar a las vírgenes fue para muchos la única forma de desplegar sus gustos e inclinaciones. Así, los templos católicos se convirtieron, sin que nadie lo proclamara abiertamente, en espacios donde el arte y la devoción popular se entrelazaban con una sensibilidad particular: la de cofrades, sacerdotes y camareros honoríficos que competían en silencio por adornar a la Madre de Cristo.
No es casual que el gran artífice de la Semana Santa moderna española fuera también homosexual: Juan Manuel Rodríguez Ojeda, bordador y diseñador sevillano, cuya revolución estética marcó un antes y un después en la imaginería procesional de toda España.
Sin embargo, tanta devoción nunca fue correspondida. Los homosexuales católicos han sostenido históricamente una relación profundamente ambivalente con esta institución que los acogía con una mano y los señalaba con otra: un amor sin reciprocidad, una devoción sin reconocimiento.
Como consecuencia, ocho años después de diseñar el trono de la Dolorosa, la policía franquista abrió a Carlos Morón una ficha en el archivo de ‘invertidos’, donde quedó consignado como antecedente un escándalo público que le había costado una multa. El mismo Estado que celebraba su obra lo convertía ahora en delincuente por su condición.
Por eso debemos recordar que cuando los arcoíris aún no brillaban en las banderas y las palabras homosexual y orgullo eran antónimos, la visibilidad se tejía en silencio: con hilo de oro sobre terciopelo. El orgullo encontraba su cauce en otras fechas. En la penumbra de las sacristías y en el brillo contenido de los pasos, muchos artistas hallaron el único espacio donde una sensibilidad particular podía expresarse, crear, dejar una marca en el mundo.
Así que, este Viernes Santo, al contemplar los tronos, no recuerdes solo quién los hizo, sino también el sacrificio que ello supuso. Y nunca olvides que, para ellos, la verdadera procesión siempre fue por dentro.
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