Rito y evocación
Salida de la Soledad y del Silencio, la procesión que va por dentro
La procesión de la Soledad, que se celebra en Las Palmas, evoca la historia marinera de la Virgen y su conexión con la ciudad, invitando a la reflexión en un ambiente de silencio

José Carlos Guerra
JOSÉ LUIS GUERRA
A las diez treinta de la noche, enmarcada en el arco de la puerta principal de la parroquia de San Francisco de Asís, asoma ella, la Soledad, como señora del dolor y de la esperanza, serena, triste. En un ritual, austero como el manto que la cubre, suena el silencio y el grito metálico de la trompeta describe el desgarro de la tarde, convocando a callar la palabra. Es la hora, comienza la procesión que va por dentro.
A la voz del capataz, avanza el paso de plata y luz, mientras la campana de la Espadaña toma el relevo y toca a muerte. No parará de gemir a lo largo de todo el trayecto y su lamento irá recordándonos la ausencia y el vacío que aprieta a la muchedumbre en torno a la Soledad. Es una masa amorfa, desestructurada, en movimiento, prieta. Avanza poco a poco y se detiene a cada pausa programada, a cada orden del capataz, que no suena marcial, ni imperativa, sino casi confidencial. Sigue un estremecimiento leve de cristales, porque no hay levantá y de nuevo, el rumor de pasos, lentos y torpes, marca el compás de una música que no suena, pero resuena.Avanza la procesión hacia dentro; a veces, con convulsiones, con ruidos metálicos que resisten algún que otro adoquín descolocado; otras, serena, casi deslizándose... Siempre como la herida de un tornillo que ahonda, que fija, que conmueve como las lágrimas, como la oscuridad. Es la altamar del silencio con todo su poderío. Es la Soledad, que evoca, convoca y provoca a la ciudad, a la iglesia.

Procesión del Retiro 03/04/2026 / José Carlos Guerra
Esta es la noche en que la Virgen llora...
Y esta es la noche en que Las Palmas reza!
(Ignacia de Lara, El retiro)
Es la misma, travestida de oro y plata, que en otros tiempos, casi a la orilla del mar, dos calles más abajo de su capilla, despedía y acogía a los «roncotes» que pedían protección o daban gracias, al ir o volver de la dura e incierta faena de la pesca. Allí, desde la portería del convento, también ella se batía con las olas y con los golpes del viento. Más de una vez tuvo que salir y luchar, mar adentro, empapada en salitre y agua, pronta al rescate del último grumete. La memoria de sus devotos lo ha guardado en leyendas y rumores, folklore y poesía, historia y romances; cultura, al fin y al cabo, que reclama ser rescatada de nuestro ayer, hoy por hoy deconstruido.
«Recuerdo que en mi niñez, hacia los años veinte - afirma el historiador don José M. Alzola – acudían éstos (los roncotes), descalzos y cubiertos con chubasqueros amarillos a la Iglesia de San Francisco, a pagar promesas a la Virgen».
Llama la atención la carga marinera de este icono de María y su relación con el mar. No es normal. No digamos ya su conexión real con la misma Isabel la Católica, supuesta donante de la imagen tallada con los rasgos de su rostro al convento franciscano o su viaje trasatlántico desde La Habana a Las Palmas para instalarse entre nosotros, como acredita otro de los curiosos relatos, que custodia el imaginario colectivo en rincones olvidados.
En la procesión del Silencio hay tiempo para pensar, para darle a la ‘moviola’, para reencontrarnos con lo nuestro y rescatar la autoestima.
¿Qué tiene nuestra Semana Santa que la hace diferente? ¿Qué procesión va por dentro, la que es nuestra, original, la que no se ve, ni casi se oye; la que se adentra, densa y contenida, en la noche, en la ciudad, en nuestro invisible, en nuestra historia, en nuestra identidad maltratada?
Aquí vamos, en silencio, caminando hacia lo hondo, mientras cubrimos el recorrido ritual.
Apretados, conscientes de que somos más que uno; paso a paso, sumando silencios y acumulando preguntas. Sabemos que sin silencio no hay palabra, ni música, ni belleza, ni encuentro, ni fascinación... Pero ¿Qué es el silencio?
¿Es mutismo o acto pleno? ¿Es ausencia de ruido o algo más? ¿Es un producto a regular, sin más, bajando los decibelios o escapa a cualquier imposición? ¿Es una invitación al intimismo o crea lazos? ¿Cómo se genera el silencio?
Aquí vamos, cargados de espacios blancos, de ausencias ocupadas; de pasos sólo contables, gracias al silencio... No se trata, por tanto, de un vacío, sino de un hueco habitado por evocaciones, por historias, por personas, por otros silencios convocados, sonoros, dramáticos, que nosremiten a la vida, a los acontecimientos del momento, a los otros, para indicarnos que lo que nos rodea nos afecta, que el camino los hacemos juntos. Por eso, cuando el silencio emerge desde dentro, moviliza, fecunda, interpela.
Posiblemente esta procesión tiene poco que ver con un espectáculo a visitar, a mirar desde el balcón o la acera. Poco tiene de interés turístico, a pesar de que en sí misma sea bella y cree belleza, despierte curiosidad. La «procesión de la Soledad y del Silencio» no es una procesión para visitar, sino para participar, para entrar en el mudo itinerario de la noche del viernes santo, ese tiempo profundamente nuestro, porque se mueve entre el dolor y la vida, entre la fatalidad y la esperanza.
Vamos detrás del inmenso manto negro de la Soledad, hecho de terciopelo y de sombras que se confunden, se mezclan, escapando al deseo de aparecer o, incluso, al deseo de querer «trasmitir un mensaje».
Pero la autenticidad del rito habla por sí misma, permite enfrentarse a lo irracional, a la catástrofe y, en su debilidad, se convierte sin pretenderlo, en una especie de baluarte contra el disparate instalado en nuestro día a día.
Frente a la catástrofe, esta procesión genera resistencia, denuncia que afecta más a los que se sienten continuamente tentados a hacer de verdugos, que un tributo a las víctimas, al Crucificado.
La Soledad vuelve a la iglesia y allí permanecerá hasta el próximo Viernes Santo. La procesión que ha ido por fuera, austera, sin música, ha concluido, pero el mapa que ha desplegado por dentro de cada sombra humana, de cada individuo en camino, sigue ahí como un reto, como un recordatorio, como un alfabeto que nos inicia en un» volver a saber hablar» y a pasar del infierno de las palabras a la capacidad de decir «gracias», «te quiero».
Sola con tu soledad nos acompañas, María.
También la Iglesia está sola y espera en tu compañía.
(A. Alcalde, Himno a la Soledad)
La reiteración del rito el próximo año, volverá, lo necesitamos... Nos hará superar la ansiedad del olvido que, de lo contrario, se convertiría en un certificado de impunidad para quienes cometen lo irreparable.
La procesión que va por dentro, cuando se pone en movimiento, nunca se detiene, siempre está en marcha...Incluso cuando la estación penitencial definitiva nos advierte que todo ha terminado y la Soledad se queda sola.
Suscríbete para seguir leyendo
- Desalojo de un edificio en Guía: el Ayuntamiento busca ayuda urgente para dos familias con tres menores y personas con enfermedades graves
- Quevedo protagoniza una inesperada “huida” en una entrevista con Jordi Évole que ya es viral
- ¿Qué hacer en Gran Canaria este fin de semana?
- Ya es oficial: Canarias aprueba una serie de medidas tributarias para aliviar las dificultades financieras tras la guerra de Oriente Medio
- “Mi hijo no me lo contó en un mes”: conmoción por la agresión a un menor en Canarias
- Luz verde a la construcción de un edificio de 23 viviendas protegidas en Arguineguín
- El exconductor de guaguas que arrolló a un motorista en Escaleritas alega que intentaba salvar a los pasajeros: 'No quería hacerle daño
- Ayuda para la compra de vivienda de los jóvenes de Canarias: estos son los requisitos