Muere Sarito, el alma centenaria de Tamaraceite
Sara Rivero Déniz deja el recuerdo de una vida marcada por el trabajo, la generosidad y su histórica tienda en la calle Cruz del Ovejero

Sara Rivero Déniz en su tiendita de Tamaraceite. / La Provincia
Tamaraceite despide con profundo pesar a Sara Rivero Déniz, la entrañable Sarito, una mujer querida por generaciones enteras y convertida con el paso del tiempo en uno de los rostros más reconocibles y admirados del barrio. Su fallecimiento cierra un siglo de memoria viva en torno a una vecina que no solo fue testigo de los grandes cambios del siglo XX y del inicio del XXI, sino también protagonista cotidiana de la historia humilde y verdadera de un pueblo que encontró en ella cercanía, trabajo y bondad.
Sarito había cumplido 100 años el pasado 17 de diciembre de 2024. Alcanzó esa edad rodeada del cariño de los suyos y del afecto de quienes la conocieron en la, hasta hace no tantos años, concurrida calle de Cruz del Ovejero, en Tamaraceite, donde su figura seguía despertando respeto, ternura y admiración. Su vida, larga y fecunda, deja una huella imborrable en Las Palmas de Gran Canaria y en la memoria colectiva de un barrio que durante décadas la tuvo como referente silencioso de entrega y humanidad.
Nacida en 1924 en Madrelagua, en el municipio de Valleseco. Era la tercera de once hermanos en una familia humilde y trabajadora, acostumbrada a hacer frente con esfuerzo y dignidad a las dificultades de su tiempo. Con apenas 18 años, Sarito dio un paso poco común para una joven de su época: se trasladó a Las Palmas de Gran Canaria para continuar con sus estudios. Aquel gesto ya hablaba de una personalidad decidida y valiente, dispuesta a abrirse camino en un tiempo en el que las oportunidades femeninas eran escasas y casi siempre estaban condicionadas por las obligaciones familiares. Sin embargo, el destino la llevaría muy pronto a asumir una responsabilidad todavía mayor.
Su padre había adquirido una tienda en Tamaraceite para su hijo Pepe, con la intención de que pudiera dejar atrás el frío de Valleseco por motivos de salud. Pero el negocio no terminó de encajar con él y fue Sarito quien, con naturalidad, firmeza y entrega, tomó las riendas del establecimiento. Aquella decisión cambiaría su vida y también la de buena parte del vecindario.
La tienda de Sarito acabó siendo mucho más que un simple comercio. Fue durante años uno de los centros neurálgicos de la vida cotidiana del barrio, un lugar al que se acudía no solo para comprar, sino también para conversar, compartir noticias y sostener, en muchos casos, la economía doméstica de familias que atravesaban momentos complicados.
Pero si algo convirtió a Sarito en una figura inolvidable no fue solo su capacidad de trabajo, sino su calidad humana. En tiempos difíciles, cuando muchas casas apenas podían garantizar el sustento diario, ella supo practicar una solidaridad callada y constante. A más de una familia le permitió seguir adelante fiando la compra, confiando en la palabra y en la necesidad del otro. Ese gesto, repetido durante años, la convirtió en mucho más que una comerciante: fue apoyo, alivio y refugio para muchas personas.

Sarito junto a toda su familia en su 100 cumpleaños. / La Provincia
En Tamaraceite encontró también el amor. Allí conoció a Pedro Hernández, vecino de San Lorenzo, con quien contrajo matrimonio y formó una familia de cuatro hijos.
Durante décadas, su tienda fue el sustento familiar y una referencia para el pueblo. No fue hasta 1993, tras el nacimiento de su segundo nieto, cuando decidió cerrar el negocio y entregarse a una jubilación más que merecida. Quedaban atrás años de madrugones, esfuerzo y dedicación, pero también toda una vida de servicio a los demás. Cerró la tienda, sí, pero nunca se apagó el recuerdo de la mujer que durante tanto tiempo estuvo detrás del mostrador con una palabra amable y una disposición incansable.
Su mayor orgullo fue siempre su familia, reflejo de una existencia entregada al trabajo, al amor y a los suyos. En sus hijos y nietos queda ahora el legado íntimo de una mujer que supo construir hogar, comunidad y recuerdos duraderos. También perdura su raíz vallesequense, que nunca perdió, pese a que fue Tamaraceite el lugar donde dejó grabado para siempre su nombre y su ejemplo.
Con la muerte de Sarito se marcha una mujer irrepetible, una de esas personas que encarnan la historia real de los pueblos: la que no aparece en los grandes titulares, pero sostiene la vida diaria de varias generaciones. Tamaraceite pierde a una de sus vecinas más queridas. Gran Canaria despide a una mujer centenaria cuya existencia resume sacrificio, ternura, compromiso y memoria.
Descanse en paz Sara Rivero Déniz, la querida Sarito, centenaria de Tamaraceite y símbolo de una época que ya forma parte de la historia. Su vida queda como ejemplo y su recuerdo, como abrigo para quienes tuvieron la fortuna de conocerla.
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