Distanciamiento social
Vidas solitarias entre multitudes
Muchos residentes de la capital grancanaria experimentan soledad, elegida o no, a pesar de ser una de las ciudades más pobladas del país. Las infraestructuras urbanas y los acelerados ritmos de vida condicionan la fragilidad de las relaciones sociales, en parte por la falta de espacios que fomenten la interacción vecinal.

La soledad, ya sea deseada o no, es un sentimiento paradójicamente común en los núcleos urbanos, donde se concentra una gran densidad de habitantes en poco espacio. Los ritmos de vida acelerados y la ruptura de lazos vecinales son responsables de ese contraste, que se ve incentivado por los avances tecnológicos. Así lo reflexionan algunos residentes de Las Palmas de Gran Canaria, una ciudad que se sitúa entre las diez ciudades españolas más habitadas con una media de 3.818 vecinas y vecinos por kilómetro cuadrado.
La psicóloga Sara Ramírez desgrana que la soledad aglutina un perfil de personas «amplio y variado» que se mueve por todo el espectro de edad. Además, matiza que es «muy común en mujeres que son madres», entre otros motivos, porque el reparto de tareas sigue siendo desigual.
A rasgos generales, algunos de los factores que suelen desencadenar esta sensación tienen mucho que ver con experimentar relaciones no recíprocas, la falta de atención o unos ritmos de vida intensos que generan distanciamiento social. En esa línea, Sara destaca que «hay mucho sentimiento de soledad aun estando acompañada», ya que depende de cuestiones como el apoyo, el autocuidado, los pasatiempos o la calidad de los vínculos, pero también de las dotaciones de ocio y su accesibilidad.
Carla García Mora, arquitecta de profesión y vecina de Las Palmas de Gran Canaria, pertenece al grupo de personas que viven solas en la capital grancanaria. Enhebrando sus conocimientos y experiencias personales, explica que «la infraestructura de la ciudad condiciona mucho cómo nos relacionamos».
Tal y como reflexiona, la costumbre de ir a la plaza o conversar en las tiendas no se estila en las ciudades tanto como en los pueblos, por lo que «cada vez estamos menos disponibles o menos dispuestos a abrirnos a conocer gente nueva». A su modo de ver, esta realidad guarda una relación directa con la oferta de ocio y la disponibilidad de espacios.
Si bien echa en falta más parques, zonas verdes o plazas con sombra y mobiliario público que «inviten a salir», también enumera algunos lugares capitalinos donde sí se dan buenas condiciones para la socialización. «Tenemos la playa de Las Canteras o Alcaravaneras, que son dos motores de actividad social y puntos de encuentro donde va muchísima gente todos los días. Gracias a eso, puedes relacionarte con otra gente», desgrana.
La calle en sí misma también puede ser un lugar de interacción, lo cual tiene mucho que ver con las mascotas. En ese sentido, Carla ha notado que «tener perro hace que socialices más», ya que no solo obliga a salir de casa con mayor frecuencia, sino que también da cabida a conversaciones con otras personas que pasean con sus perros.
Ese pequeño impás es, precisamente, uno de los pocos momentos diarios de desconexión que se pueden encontrar en entornos acelerados. «Vivimos en modo automático y es difícil hacer hueco para sostener relaciones. Cada uno va metiéndose en su rutina y sus quehaceres y muchas veces no es fácil cuadrar agendas. Lo más importante para mí es la calidad de las relaciones y siento que cada vez nos vinculamos de manera menos profunda», relata.
Diversas personalidades académicas han abordado la fragilidad de las relaciones en el mundo moderno: desde la vida líquida que plantea Zygmunt Bauman hasta la ‘canibalización’ de los cuidados que expone Nancy Fraser, pasando por una sociedad hiperestimulada y cansada que, según Byung-Chul Han, no tiene tiempo para enfocarse en crear vínculos.
La precariedad de la vivienda tiene mucho que ver en ese escenario. Buena parte del ocio depende del consumo, ya sea en bares, teatros, gimnasios u otro tipo de actividades, por lo que la socialización se traslada a los hogares cuando las personas no tienen suficiente poder adquisitivo o prefieren no gastar. «A lo mejor vives en una casa minúscula en esta ciudad y no tienes siquiera donde reunirte», destaca Carla.
Esa es, precisamente, la situación que vive Marcos González: a pesar de compartir con tres compañeros de piso, asegura que ha experimentado de forma recurrente una sensación de soledad no deseada, ya que no siente suficiente confianza como para llevar a sus amistades a casa. Por eso, bromea con estar «enganchado» a varios portales de compra y alquiler de vivienda.
En sus palabras, esto se debe a que no tiene «la mejor relación» con sus compañeros, por lo que tiende al «aislamiento» en su habitación, evitando las zonas comunes. «Estoy intentando ahorrar para comprarme una casa algún día. Cuando recortas gastos de ocio y en casa no te relacionas mucho con la gente, eso se nota», apunta.
La cosa es diferente para Paula Socorro, otra vecina de la ciudad que ha optado por vivir sola. Eso le supone cierto esfuerzo económico cada mes, pero no ha repercutido negativamente en su estado de ánimo, ya que valora mucho su independencia: «Me considero una persona afortunada porque pago lo mismo que hace nueve años. Es verdad que los gastos compartidos me vendrían mucho mejor, pero me vale la pena. No tengo ningún problema en hacer planes sola, y creo que eso va ligado a la personalidad de cada uno».
El aislamiento es recurrente en las personas de edad avanzada, en parte porque suelen tener una movilidad reducida y existe una falta de espacios específicos. Esto sucede sobre todo entre las mujeres, ya que tienen una mayor esperanza de vida. Casi 10.000 mujeres mayores viven solas en Las Palmas de Gran Canaria, entre las que se encuentra Lucía (nombre ficticio), desde que enviudó hace pocos años.
Ninguno de sus tres hijos vive ya en la ciudad, ni siquiera en la misma isla que ella, por lo que no suele tener muchos contactos más allá de las amigas que se encuentra en la plaza. Ha preferido mantenerse en el anonimato porque, para ella, la soledad tiene otro matiz: teme que alguien pueda colarse en su casa si la gente sabe que vive sola.
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