Crónica de un rompesuelas
Recuerdos del año 3324
Hace unas semanas se cumplieron 55 años de la fundación de la primera asociación rosacruz de Gran Canaria

Los primeros rosacruces de Gran Canaria en el Bosquecillo de los Laureles. / La Provincia
Aquel domingo veintiuno de marzo de 1971, equinoccio de primavera, nadie en el restaurante Bentayga habría podido imaginar lo que en una de sus mesas se estaba gestando. Dieciocho personas compartían almuerzo en Santa Brígida sin signos distintivos, sin ceremonias visibles. Para los camareros y el resto de comensales, parecía una reunión cualquiera. Y, sin embargo, ese era precisamente el plan. Porque el secreto más eficaz no es el que se logra ocultar, sino el que no puede reconocerse, aun estando a plena vista.
Aquel grupo lo integraban personas de muy diversos ámbitos sociales: el célebre artista Rafael Bethencourt López, más conocido como Rafaely; empleados de Telefónica como Francisco Comín Domínguez y Manuel Canino; bancarios como Manuel Sayago Toscano y Salvador Cabrera Palmés; empresarios como Gregorio Gil Hernández y Jerónimo Barrera Hernández; el agente comercial José María González Rodríguez; el auxiliar de farmacia Carlos Domínguez; la maestra Flora López Marrero; el abogado Alfonso Ruiz de Elvira Bellón, junto a su esposa, Juana Picazo Martínez, y la hija de ambos; así como los hermanos Alfonso y Guillermo Muñoz Santana, propietario de un taller de reparación de bicicletas y practicante en Santa Brígida, respectivamente.
No era la sangre, ni el oficio, ni el azar lo que los había reunido allí. Era otra cosa. Unas monografías que llegaban periódicamente desde San José, California, y que desde hacía años estudiaban en secreto. Los sobres cruzaban el Atlántico de forma discreta, aunque no siempre llegaban intactos: a menudo aparecían con retraso y ya abiertos, con las marcas inconfundibles de haber sido revisados. La policía los leía antes que ellos y los devolvía al circuito postal. Cada sobre violado era, a su manera, una advertencia: lo que estudiaban en la intimidad de sus hogares no era, para el régimen, un asunto privado.
En la España franquista, cualquier forma de pensamiento que escapaba a los cauces oficiales despertaba sospechas. Y si, además, evocaba -siquiera remotamente- a organizaciones iniciáticas o sociedades discretas provocaba una desconfianza aún mayor. Por ese motivo, los rosacruces, prácticamente desconocidos para la mayoría, solían ser confundidos con los masones e incluso reducidos a un mero grado de la masonería por la propaganda nacionalcatólica.
Y, aun así, aquella mañana decidieron dar el paso que llevaban tiempo aplazando, pues lo que ocurría allí suponía un desafío al régimen, una reunión no autorizada vinculada a una organización extranjera emparentada con la masonería.
Pues para quienes estaban sentados alrededor de esa mesa, no era 1971, sino 3324.
El equinoccio de primavera marcaba, según su cómputo del tiempo, el inicio del año rosacruz, cuyo calendario no arranca en Belén, sino mucho antes, en el Egipto del siglo XIV antes de Cristo, cuando Akenatón -el faraón herético, que intentó borrar a los dioses y acabó borrado de la historia- fundó la escuela de misterios que los rosacruces consideran su origen remoto. Dos tiempos convivían, sin rozarse, en el mismo instante: uno para el mundo; otro, solo para ellos.
En la sobremesa, alguien sacó un documento. Estaba redactado en papel timbrado -detalle burocrático que convertía la reunión en un rito- y fue pasando de mano en mano alrededor de la mesa en silencio. Cada uno fue leyendo detenidamente lo que decía:
En el bosquecillo de Los Laureles pueblo de Santa Brígida, Isla de Gran Canaria, a 21 de marzo de 1971, Primer día del AÑO NUEVO ROSACRUZ 3324. Los abajo firmantes, con sus respectivos números de clave, miembros de la ORDEN ROSACRUZ, AMORC, declaramos SOLEMNEMENTE invocando la ayuda y la inspiración del Dios de nuestros corazones, de los Maestros de misericordia y de los Maestros y Hermanos Mayores de la sublime ORDEN ROSACRUZ:
En el día de hoy, primero del Año Nuevo Rosacruz, afirmamos nuestra lealtad a la Orden y sus Oficiales, prometemos auspiciar, para cuando ello fuere posible, el establecimiento de un Cuerpo subordinado de la ORDEN ROSACRUZ, AMORC, en la Isla de Gran Canaria, manteniendo fervorosamente la idea y procurando con nuestros medios y fuerzas la realización de la misma. Prometemos seguir en un todo las instrucciones legítimas que al respecto se den por el Imperator y los Oficiales de la Orden, cumpliendo estrictamente la Constitución y Estatutos de la Gran Logia Suprema de AMORC y las leyes del Estado Español. Prometemos ayuda y simpatía a todos nuestros fratres y sorores, prometemos estudiar, adorar y servir, procurando obtener y comunicar la Paz Profunda a nuestros semejantes en un esfuerzo constante de superación y aplicación de las Sagradas Enseñanzas.
Exaltados por la solemnidad de este acto, en el Templo de la Naturaleza y por el profundo y simbólico significado de la fecha, nos armonizamos con las fuerzas infinitas del Cósmico e invocamos el cumplimiento de nuestros fervientes deseos. QUE ASÍ SEA.
Cuando terminaron de leer, no hubo debate. Todos dieron su visto bueno y procedieron a firmarlo, aunque no de la misma manera, pues no todas las rúbricas fueron iguales. Algunos añadieron desafiantemente su nombre y apellidos mecanografiados; otros optaron por una simple rúbrica sin identificar, trazos fugaces, deliberadamente ilegibles, que no delataban a sus autores.
No resulta difícil intuir quiénes optaron por esa discreción: empleados de banca, funcionarios, personas que, por su posición, tenían más que perder si aquel documento caía en manos indebidas. En aquella España, firmar algo así distaba mucho de ser un gesto inocente.
Tras las firmas, el acta concluía: Así quedó constituido el grupo Rosacruz de Las Palmas, isla de Gran Canaria; y con el propósito de cuando en su día haya una Logia lleve el nombre de «TIRMA». Y añadía el por qué: TIRMA era un lugar sagrado, antiguo oratorio de los aborígenes habitantes de la isla de Gran Canaria.
No pudieron cumplirlo del todo. Cuando la caída del régimen les permitió identificarse abiertamente, adoptó otro nombre: Alcorac -dios supremo de los aborígenes de la isla-, que aún conserva.
Una vez firmado el documento, el grupo salió del restaurante y se adentró en el ‘Templo de la Naturaleza’ al que hacía referencia el acta: el ya desaparecido Bosquecillo de los Laureles, que se extendía a lo largo del Barranco del Colegio.
Allí, apartados del bullicio, llevaron a cabo un ejercicio de meditación, rodeados de laureles -símbolo de inmortalidad-, árboles a los que la tradición clásica atribuía el don de suscitar la inspiración divina.
Antes de comenzar, alguien sacó un ramo de dieciocho rosas -símbolo por antonomasia de la Orden- y las fue repartiendo entre los presentes. Después, con las flores en las manos, en los ojales o discretamente guardadas en los bolsillos de sus chaquetas, posaron para unas fotografías que inmortalizarían, en blanco y negro, aquel histórico instante: dieciocho personas entre los laureles, portando sus rosas, en un bosque que el tiempo terminaría por borrar.
A pesar de la determinación que los había reunido, como aún faltaban años para que pudieran manifestarse abiertamente, el grupo acabó constituyéndose bajo las siglas ACEF, Asociación Cultural de Estudios Filosóficos, un discreto camuflaje que la época imponía a quienes aspiraban a pensar libremente.
El Bosquecillo de los Laureles desapareció hace décadas, absorbido por la expansión urbanística. La dictadura, también. La mayoría de aquellos firmantes ha muerto. Pero la organización que fundaron aquel equinoccio sigue reuniéndose cada jueves en su local de la calle Canalejas nº 73. Como si el tiempo, que se llevó el bosque, el régimen y a casi todos ellos, no fuera más que un convencionalismo. Una ilusión, como sostienen los rosacruces. Sea 1971 o 3324.
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