Movimientos sociales
El ecologismo que despertó las calles en Las Palmas de Gran Canaria
Mucho antes de consignas como «No hay planeta B», Las Palmas de Gran Canaria ya vivió su propia lucha verde en plena Transición

Marcha a favor de los carriles bici en Las Palmas de Gran Canaria. / LP/DLP
Las Palmas de Gran Canaria no solo vivió la Transición como un cambio institucional. También la experimentó en sus calles, en sus barrios y en una creciente conciencia ciudadana que encontró en el ecologismo una vía de expresión política. Así lo demuestra el estudio Protestas ecologistas urbanas en la transición española: Las Palmas de Gran Canaria (1977-1983), del investigador Juan Manuel Brito Díaz, que analiza cómo las movilizaciones ambientales contribuyeron a democratizar la ciudad.
En los últimos años de forma global el movimiento medioambiental ha experimentado un fuerte auge bajo proclamas como: «No hay planeta B». Los jóvenes son los que han tomado la mayor iniciativa para luchar contra los delitos medioambiantes que cada día se comenten en cada rincón de la Tierra. Y como figura clave en este movimiento está la activista sueca Greta Thunberg, que ha conseguido una gran notoriedad internacional. El movimiento también ha llegado a los jóvenes de Las Palmas de Gran Canaria y el resto de la Isla, como han demostrado en manifestaciones antiturísticas con una marcada relación a la protección del territorio. En los años 70, este sentimiento de pertenencia y amor a la tierra empezó a calar también entre los jóvenes, que tomaron las calles después de salir de una tortuosa dictadura para exigir respeto al medioambiente.
Expansión urbanística
Lejos de ser un fenómeno marginal, el ecologismo urbano emergente se consolidó como un actor relevante en un contexto marcado por el crecimiento acelerado, la expansión urbanística desordenada y las carencias estructurales heredadas del franquismo. Entre 1977 y 1983 se registraron al menos 82 eventos de protesta ambiental en la capital grancanaria, desde manifestaciones hasta acciones comunitarias, lo que evidencia la intensidad de una conflictividad hasta ahora poco estudiada.
Durante las décadas previas, la ciudad experimentó un crecimiento vertiginoso impulsado por el turismo, la construcción y la inmigración. Este proceso generó importantes desequilibrios: barrios sin servicios básicos, contaminación, problemas en la gestión de residuos o deterioro de espacios naturales y urbanos.
Demandas pendientes
En este escenario, las instituciones locales limitadas por la estructura centralista del régimen franquista y con escasos recursos fueron incapaces de dar respuesta eficaz a las nuevas demandas sociales. La llegada de los primeros ayuntamientos democráticos en 1979 abrió expectativas, pero también evidenció la magnitud de los retos pendientes.
El estudio señala que el ecologismo en Canarias evolucionó desde un enfoque inicial conservacionista centrado en la protección de la naturaleza hacia un modelo más social y reivindicativo. Asociaciones como la Asociación Canaria de Amigos de la Naturaleza (Ascan) jugaron un papel pionero, ampliando progresivamente su agenda hacia cuestiones urbanas y de calidad de vida.
A finales de los años setenta, el ecologismo ya no era solo una cuestión de flora y fauna. Se había convertido en un movimiento que denunciaba la especulación urbanística, la falta de planificación, la contaminación o la ausencia de servicios públicos básicos. A rasgos generales, las protestas ambientales se desarrollaron en torno a tres grandes temas: la petición de medidas de movilidad sostenible (que incluían una denuncia de la contaminación del tráfico, la demanda de carriles para bicicletas y la peatonalización de calles); la contaminación de las playas, la reclamación de zonas verdes en los barrios.
Agente democratizador
Una de las principales aportaciones del estudio es su interpretación del ecologismo como agente democratizador. Las protestas no solo buscaban resolver problemas ambientales concretos, sino también reclamar mayor participación ciudadana en la toma de decisiones.
En este sentido, el movimiento ecologista se integró en un tejido más amplio junto a asociaciones vecinales y plataformas ciudadanas, contribuyendo a consolidar una cultura política basada en la implicación social. La calle se convirtió en un espacio de aprendizaje democrático.
El trabajo de Brito Díaz subraya que muchas de las tensiones actuales en torno al modelo de ciudad, desde la presión urbanística hasta la sostenibilidad, tienen sus raíces en este periodo. Asimismo, pone en valor el papel del ecologismo como uno de los movimientos sociales más influyentes en la historia reciente de Canarias.
Cuatro décadas después, aquellas primeras protestas siguen resonando en el debate público. Y es que, como demuestra este estudio, la defensa del entorno urbano fue también una forma de construir democracia.
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