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Unas jornadas en Las Palmas de Gran Canaria para evitar que los menores usen la pornografía para educarse sexualmente: la soledad no deseada, clave en el auge de su consumo

Más de 500 personas se reunieron en el Alfredo Kraus para asistir a las III Jornadas Por-No Hablar, en el que expertas tratan la influencia del porno en el desarrollo afectivo-sexual de las nuevas generaciones influyendo en la construcción del deseo, la percepción del consentimiento y la normalización de prácticas violentas

La consejera de Bienestar Social, Candelaria Delgado, interviene en el acto de apertura de las III Jornadas Por-No Hablar

La consejera de Bienestar Social, Candelaria Delgado, interviene en el acto de apertura de las III Jornadas Por-No Hablar / LP/DLP

Daniel Valle

Daniel Valle

Las Palmas de Gran Canaria

En la Sala de Cámara del Auditorio Alfredo Kraus, en Las Palmas de Gran Canaria, no cabía este jueves ni un alma. Más de 500 personas se reunieron para asistir a las tercera edición de las Jornadas Por-No Hablar, un lugar de encuentro desde el que se abordó el uso de la pornografía por parte de las nuevas generaciones como su principal fuente de aprendizaje sexual, influyendo en la construcción del deseo, la percepción del consentimiento y la normalización de prácticas violentas. Para una de las ponentes, la psicóloga Paula Roldán, la soledad no deseada es una de las claves del auge en el consumo de pornografía en los jóvenes.

Roldán presentó a los asistentes 'Ternurizate': una intervención que giró en torno a la necesidad de retomar la ternura propia de la visión con la que se percibe el mundo durante la infancia para combatir el impacto nocivo de la pornografía en las formas de relacionarse.

La psicóloga parte de la ternura como el eslabón que «hace de lazo social» para «volver a reconectar, tanto a nivel de sensaciones como emociones» a las personas entre sí y generar colectivismo. Este último punto se relaciona con una de las claves que destaca Roldán sobre el hecho de que la edad de entrada a la pornografía sea cada vez más temprana -un estudio del Ministerio de Igualdad la sitúa entorno a los 10 años- : la soledad no deseada.

Cuando no sabes si darle algo a tu hijo, puedes preguntar a tus padres. Sin embargo, con el tema de las pantallas no es posible, porque en su época no existían

Paula Roldán

— Psicóloga

La infancia, según la psicóloga, necesita de presencia, «para aprender a discernir, poner palabras a lo que les está pasando y tener agencia sobre sus propias narrativas». En este sentido, si la pornografía irrumpe «en una etapa tan delicada» como es la niñez, y en un momento de «intimidad perversa, en el que los niños están solos», no tienen con quién poder elaborar toda esa narrativa y «este veneno tan corrosivo» tiene un calado más profundo: «Las normativas, prohibiciones y límites son importantes, pero no sin compañía», explica Roldán.

La soledad se extiende a las familias. Los padres, a la hora de afrontar los peligros que encierra el entorno digital, están faltos de referentes. Roldán lo compara con el tema de la comida: «Cuando no sabes si darle algo a tu hijo, puedes preguntar a tus padres. Sin embargo, con el tema de las pantallas no es posible, porque en su época no existían». En ese sentido, el colectivismo suma en importancia como una forma de «poder compartir claves, preocupaciones y sentirse acompañados».

Cuando no hay deseo, el consentimiento sexual deja de serlo y se convierte en cesión: dejarse hacer, el camino directo al trauma

Rosa Cobo

— Presidenta de la Red Académica Internacional de Estudios sobre Prostitución y Pornografía

Que las nuevas generaciones utilicen el porno como fuente de aprendizaje sexual genera, según la psicóloga, un imaginario que no corresponde a la realidad, ya que «no tiene emociones, olores, sensaciones» y lo que ven es un «choque de cuerpos», así como «una violencia muy particular contra la mujer».

En el caso de las mujeres, continúa Roldán, también implica que se difumine el concepto de consentimiento: al normalizar las prácticas de la pornografía y «no nombrarlas como violencia», las chicas asumen que es lo que corresponde, por lo que no lo hacen por voluntad, si no porque no se le ofrece «un catálogo de relaciones y posibilidades» y quedan «vendidas a una única opción»: consentir la violencia sexual sobre ellas mismas.

Sobre la voluntad a acceder a mantener relaciones sexuales trató la intervención de la socióloga y presidenta de la Red Académica Internacional de Estudios sobre Prostitución y Pornografía, Rosa Cobo, que diseccionó la ilusión del consentimiento sexual en la sociedad actual y su imposibilidad de desligarse del deseo. «Cuando no hay deseo, el consentimiento sexual deja de serlo y se convierte en cesión: dejarse hacer, el camino directo al trauma», explicó la ponente.

Industria de la explotación sexual

La idea del deseo surge, según la socióloga, durante la revolución sexual: en las décadas de los 60 y los 70, la libertad sexual se convirtió en un elemento central del imaginario cultural, y todos los autores entendían que era indivisible del concepto del anhelo. Sin embargo, con la llegada de las políticas económicas neoliberales en la década de los 80, «se articularon muchas economías ilegales, entre ellas, la industria de la explotación sexual», explica la socióloga.

A partir de ahí es dónde una mujer puede decir que sí, pero que su voluntad sea forzada, ya sea por necesidades económicas u otros factores. Es por ello que, sin deseo sexual, no hay consentimiento: lo que hay es «una objetualización como condición de posibilidad de la mercantilización de los cuerpos de las mujeres», cuenta la socióloga.

En este sentido, Cobo defiende que, para que haya consentimiento real, deben darse tres condiciones simultáneamente: voluntad, deseo y, por último que existan unas «estructuras sociales, simbólicas y materiales razonables de igualdad», por lo que, en una sociedad patriarcal en la que no existe una igualdad real, «no hay ninguna mujer que tenga capacidad para tomar su consentimiento».

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