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Crónicas de un rompesuelas

La monja que pactó con Lucifer en Las Palmas de Gran Canaria

Las Palmas tiene un personaje a la altura de Fausto, Paganini, Robert Johnson y otros que supuestamente vendieron su alma al diablo. Pero en este caso, el pacto se conserva

Pacto con el diablo de la monja de clausura sor Juana de San Bernardo Matos.

Pacto con el diablo de la monja de clausura sor Juana de San Bernardo Matos. / Museo Canario

Las Palmas de Gran Canaria

“Hago entrega voluntaria a Lucifer y todos sus caudillos, de mi alma y de mi cuerpo, sin que ésta mi libre y espontánea voluntad, pueda contradecirse en lo que aquí prometo; y de serle fiel esposa, viviendo subyugada a obedecerle en todo; dándole adoraciones, y así en cuanto él me mandare; renegando de todo lo de cristiana, del credo, artículos, y los siete sacramentos, y todo lo que manda la Iglesia que crea, todo lo niego de todo mi corazón, del carácter con que me hicieron hija adoptiva de Dios, lo anulo y me separo de él, y con todo mi gusto. Mas quiero ir al infierno que no a la Gloria, que me ganó con su sangre el Crucificado; y su misma sangre, que por mí derramó, me sirva de mayor condenación, estando para toda la Eternidad en compañía de todos los Diablos, donde le esté maldiciendo eternamente, en fuerza de esta escritura que hago y firmo de mi mano; digo, que ni yo misma la pueda deshacer; y para que más fuerza tenga la hago con mi sangre, rompiendo la vena del corazón, y la derramo toda por esta verdad, y la firmo con todas veras.”

Quien escribió estas líneas no fue un poeta byroniano que siguiendo la moda romántica reivindicaba al Príncipe de las tinieblas como un nuevo Prometeo, ni un anarquista de salón fascinado por su contumaz rebeldía, ni tampoco un decadentista tan ebrio de láudano como sediento de transgresión. Quien redactó y firmó este pacto no fue una figura marginal ni un agitador, sino una mujer que había hecho votos perpetuos. Y lo realizó en la celda de su convento.

El Museo Canario atesora uno de los escasos pactos con el diablo que han llegado hasta nosotros

El documento se conserva en El Museo Canario, dentro de un expediente que reúne uno de los casos más endiablados tramitados por el Santo Oficio en Canarias. Durante siglos se creyó que había sido redactado con sangre hasta que los análisis lo desmintieron. Pero eso no lo hace menos perturbador, porque el problema nunca fue la tinta sino la mano.

Una vida de clausura y treinta años de convivencia con el demonio

Cuando sor Juana de San Bernardo Matos se denunció a sí misma, tenía 43 años. Había pasado la mayor parte de su vida en clausura y casi treinta conviviendo con un secreto de mil demonios. Había llegado a Las Palmas alrededor de 1735, con apenas tres años, traída del Nuevo Mundo. Su tío, fray Ignacio Matos, resolvió pronto el problema de su tutela: la internó, junto a dos de sus hermanas, en el convento de San Ildefonso. Y aunque aquel fue su segundo hogar, jamás lo aceptó. A lo largo de los años escribió al obispo, al provisor diocesano, suplicó en persona cuando tuvo ocasión. Pero nadie la sacó de aquel infierno. Nadie… excepto el mismo diablo.

Durante su estancia intramuros fue considerada una mujer inestable, inconstante, propensa a comportamientos extraños. Nada que no pudiera atribuirse, en apariencia, a un temperamento endemoniado o a la tensión de la vida en clausura. Pero todo cambió el día en que decidió confesarse. Acudió a su confesor, José Massieu Caballero, quien, escandalizado, trasladó la confesión al inquisidor Alfonso Molina y Santaella.

Todo había comenzado a los trece años. Desesperada, en su celda, había invocado al Enemigo del género humano ofreciéndole su alma y su cuerpo a cambio de una sola cosa: salir de aquella cárcel en vida.

Lucifer, según su testimonio, acudió de inmediato a su llamada y como el diablo está en los detalles, le exigió un contrato escrito y firmado con sangre. Ella cumplió. Redactó el documento y lo firmó rompiendo, dijo, la vena del corazón. El pacto duró veintinueve años.

Pacto con el diablo de la monja de clausura sor Juana de San Bernardo Matos.

Detalle del pacto con el diablo de la monja de clausura sor Juana de San Bernardo Matos. / Museo Canario

Relación continua

Durante ese tiempo, según su confesión, mantuvo una relación continua con el señor del Averno, caracterizada por invocaciones reiteradas y encuentros carnales con él, con las criaturas de su corte, con hombres de toda condición –solteros, casados, eclesiásticos, incluso un obispo– y, según declaró, con todo tipo de animales. Pero entre todos los dones que el pacto le procuró, hubo dos que el expediente describe con especial detalle. El primero fue un anillo entregado por el demonio Asmodeo –a quien llamó ‘presidente de la Lujuria’– que le confería poderes como la invisibilidad, provocar la entrega carnal instantánea de quienes lo tocaban, calmar disputas y conseguir bienes para el convento. Lo llevó junto al corazón durante años. Hasta que en 1775 se lo devolvió a su maléfico propietario.

El segundo fue más simple y hondo: Lucifer la exclaustró. Durante dos años vivió en casa de una mujer llamada María Almeida. Pero aquello no supuso su liberación. Quien tanto había luchado por salir acabó regresando, aunque a otro convento, el de Santa Clara. Al fin y al cabo, después de tantos años, aquella era la única vida que conocía.

Allí no sólo continuó cumpliendo su parte del diabólico pacto, sino que desarrolló una actividad singular que el expediente recoge con visible turbación: la traducción libre de los salmos del latín al castellano, añadiéndole blasfemias y obscenidades.

Hasta que en 1775 algo cambió. Describió una visión en la que aparecían la Virgen y Cristo: ella con el rostro lleno de compasión, él con la expresión severa de un juez implacable. Después de eso, el ángel caído –según su testimonio– le devolvió el contrato y se perdió en el infierno. Paradójicamente, el Padre de la Mentira, el Supremo Embaucador, había sido el único en cumplir su palabra.

La Ilustración la salvó de la pira

Apenas un siglo antes, aquella declaración la habría llevado directamente a la pira; pero cuando su historia llegó al tribunal del Santo Oficio, el mundo había cambiado lo suficiente como para no escucharla del mismo modo. La Inquisición dieciochesca ya no era la medieval, la Ilustración había traído nuevos aires que empezaban a disipar el inconfundible olor a azufre que siempre acompaña a las apariciones del Maligno. De modo que el tribunal recurrió a varios médicos que dictaminaron que los demonios estaban en su mente y le diagnosticaron una ‘melancolía hipocondríaca’ con episodios maníacos, y una marcada tendencia a satisfacer los impulsos corporales en detrimento de los espirituales.

Así, el proceso concluyó a finales de 1776 con una sentencia absolutoria. El tribunal resolvió que el pacto no había existido sino en su imaginación. Le impusieron penitencias y, como era de esperar, la clausura. Es decir, el mismo encierro del que había intentado escapar durante toda su vida.

El expediente sigue en el archivo. El pacto, también. Y la pregunta de quién era realmente la mujer que lo firmó –si una enferma cuyo delirio creó un mundo de fantasía como válvula de escape, o bien alguien que, simplemente, dijo la verdad– no tiene, doscientos cincuenta años después, una respuesta concluyente.

Tal vez porque, como advirtió Baudelaire, la mayor astucia del Demonio es hacernos creer que no existe… incluso dejando constancia por escrito.

El jueves 30, cuando empiece a caer la noche, retomaré estos temas en la Librería Aranfaybo –calle Domingo J. Navarro, 23, a las 19:00–, tomando como eje mi novela El banquete de las brujas y la obra del pintor Jesús Arencibia, en un recorrido que conecta brujería, pactos diabólicos e imaginación artística. La charla tendrá lugar justo antes de que comience Walpurgis, la noche en que, según la tradición, las brujas se reúnen a celebrar su gran aquelarre. Ellas nunca faltan a la cita. Y espero que tú tampoco.

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