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Vivienda

Del 'muro de la vergüenza' a seña de identidad en Schamann: más de 60 años del Edificio España

El emblemático inmueble, levantado en los años sesenta, transformó el paisaje urbano y la vida social del barrio de Schamann en Las Palmas de Gran Canaria

Más de 60 años del Edificio España en Schamann, en Las Palmas de Gran Canaria

Laura de Pablo

Las Palmas de Gran Canaria

El Edificio España, ubicado en el corazón de Schamann, fue un hito de la arquitectura modernista de Las Palmas de Gran Canaria de inicios de los años sesenta, obra de Fermín Suárez Valido; pero también un hito social que tuvo un impacto en la cotidianidad del popular barrio.

Su monumental construcción de diez plantas tapó las viviendas de cuatro pisos que una década antes había levantado el extinto Patronato Francisco Franco en las lomas de Ciudad Alta para dar una respuesta habitacional.

Esos pisos estaban considerados como viviendas de protección oficial; las del nuevo inmueble, que superaba con creces la verticalidad de los otros, tenía también un carácter social. Sin embargo, eran más amplias, luminosas y confortables. Rápidamente, en la zona se le denominó el ‘muro de la vergüenza’, hoy entre sus vecinos ha quedado reducido al anecdotario y, lejos de tratarse de un estigma, se ha vuelto seña de identidad.

«La gente empezó a decir que tapaba las casas de atrás, que eran más humildes y de menor calidad», recuerda el cronista oficial de la ciudad, Juan José Laforet. La ciudad vivía a mediados del siglo XX una gran migración procedente de las zonas rurales, incluso de otras islas, hacia La Isleta y Guanarteme, principalmente. «Lo hacían al calor de la economía que generaba el Puerto, pero aun así se iba necesitando de nuevas zonas», añade.

Fue entonces cuando el Mando Económico de Canarias puso la mira en la zona de Schamann, que en aquella década formaba parte de los límites con el municipio de San Lorenzo. De las promociones unifamiliares de dos plantas se siguió a la de bloques de cuatro pisos. La urbanización de las calles, la iglesia de Los Dolores y la construcción de la plaza de Don Benito dieron forma al barrio.

¿Sigue siendo el muro de la vergüenza?

«¿Se sigue hablando de este edificio como el de la vergüenza?», se les pregunta nada más comenzar la charla a dos históricos líderes vecinales, Juan Carlos Santana y Emmanuel Cozar. «Eso nunca se borrará del todo, pero ya se habla menos de él con ese sobrenombre», señala Emmanuel. «Ese argumento se ha ido perdiendo, las nuevas generaciones ya no preguntan por eso, ni lo conocen así, y la gente que ha ido llegando desconocen su historia», añade Santana.

El ‘muro de la vergüenza’ queda relegado a una época y a una generación. Ambos, a pesar de la diferencia de edad, vivieron en las casas de cuatro pisos. Juan Carlos, incluso, habitó también la quinta planta del novedoso Edificio España cuando sus padres pudieron acceder con algo más de recursos económicos. «Éramos once de familia en la casa de Doña Perfecta, de 40 metros cuadrados, por eso nos mudamos, pero yo nunca dejé de ir donde mis abuelos, aquella casa pequeña me gustaba mucho».

Cocinas de carbón que cuando las familias cocinaban dejaban un paisaje en lo alto de las azoteas de un negro humeante. «Teníamos unas vistas impresionantes de la bahía, que nos quitaron, eso sí, cuando hicieron el edificio».

Los dos barrios

Aseguran que la convivencia en aquellos primeros años se dio entre la familiaridad y la cordialidad. «Creo que eran más otras personas a las que les interesaba mantener ese estigma de que nos habían tapado, aunque en realidad de forma indirecta lo hicieron», reflexiona Emmanuel, «pero no sentíamos que hubiese diferencias sociales». En las casas del Patronato también vivían funcionarios y militares, aunque el sentimiento aspiracional por mejorar las condiciones habitacionales estaban tan vivas como el barrio.

Las calles Pablo Penáguilas y Federico Viera son las dos únicas vías que desembocan en los dos arcos -o puentes, como les dicen en el barrio- que se dejaron en lo bajo del edificio y por las que siguen circulando los vehículos y los peatones. Hoy, se ha convertido en parte de la identidad del barrio. «Dejan ver las casas de cuatro pisos, aquello que se suponía que había que tapar porque eran casas de obreros; pero que en realidad hoy lo vemos como algo que lo embelleció. Estos puentes no existen en otra parte de la ciudad», resalta Emmanuel.

Durante décadas no fue así. Un edificio deslumbrante que le daba un marco a la plaza, pero que hacía un efecto de telón. «Ese hecho físico creó una sensación de marginalidad, mejoró lo que estaba delante, pero marginaba lo que estaba detrás», recuerda el cronista de la ciudad. «Hoy en día una acción urbanística municipal no lo permitiría, como mucho hubiera permitido un edificio del mismo tamaño».

Eli es una vecina de Federico Viera cuyo primer piso queda a escasos metros del gran inmueble. Asomada a la ventana reconoce que nunca le generó un problema o un estigma el hecho de vivir en una casa de protección oficial. De hecho, fue otra de las personas que se mudó con su familia a uno de los recién estrenados pisos modernistas. «Mi madre compró y nos fuimos, pero hace 15 años regresé a Federico Viera, la casa de mi abuela, y estoy muy bien aquí».

El estilo modernista, legado de Fermín Suárez Valido

Desde el punto de vista arquitectónico, el edificio construido en 1962 es para los expertos un «hito». Para el arquitecto y profesor de la ULPGC, Vicente Díaz, la obra de Fermín Suárez Valido supone un «diálogo» con la plaza Don Benito, «no tanto que las viviendas que están detrás». A su juicio, es un «lienzo» representado en los coloridos balcones. Una estructura que «replica la plaza y coincide con ella en el largo que ocupa el espacio». Profundiza y añade: «Lo que hizo fue darle un frente a la plaza Don Benito». Díaz subraya que reproduce también el tipo de construcción de vivienda social alemana, como el dedicado a los trabajadores de Siemens.

Algo que también destaca la arquitecta y fotógrafa María Rodríguez, colaboradora de las rutas de Patrimonio Vivo de Las Palmas de Gran Canaria. «Suárez Valido recogió las experiencias europeas de vivienda social y las trasladó a estas latitudes, pero también le supo dar mucha fuerza a través de estrategias compositivas y formales y plasticidad con su lenguaje». Para Rodríguez había una «voluntad de definir bien la plaza» y darle un «telón».

El artífice del Edificio España había sido también el autor de construcciones singulares como la Casa del Coño o la gasolinera Disa, en la calle Tomás Morales. «Sus obras han sido articuladores del paisaje urbano de la ciudad por su escala, el uso del color y el lenguaje geométrico y expresivo», resalta Rodríguez.

Schamann, protagonista en el cine

El llamado ‘muro de la vergüenza’ ha sido protagonista también de innumerables proyectos audiovisuales. Directores de cine canarios como Macu Machín y David Pantaleón lo han tenido en sus películas. «El edificio marca una especie de frontera enorme en un espacio pequeño que divide y en cierta manera oculta al barrio; pero la dinámica vecinal es tan fuerte que se niega a que eso suceda», destaca Sergio Morales, coordinador de proyectos del Centro de Cultura Audiovisual (CCA) del Cabildo de Gran Canaria y cuya sede se encuentra también frente a la plaza Don Benito. «El barrio es mucho más que el edificio España», añade. El número de cortos y películas documentales que tienen a Schamann, y en concreto su epicentro, supera la decena de trabajos.

Más de seis décadas después, el barrio parece haber superado el apodo asignado a un icono urbanístico que, en algunos casos, marco y estigmatizó a sus vecinos. Ahora, el debate se abre en cómo mejorar la accesibilidad de la zona y de sus viviendas. «Las casas del extinto Patronato no tiene ascensores, se podrían poner de forma exterior, aprovechando los espacios libres de los jardines que quedan en medio», opina el arquitecto Vicente Díaz. «Estamos llegando tarde a darle el lavado de cara que necesita esta parte de la ciudad».

Mientras tanto, Juan Carlos y Emmanuel observan el edificio desde uno de los bancos del parque -plaza, como ellos prefieren llamarla-. «Es seña de identidad», apuntan orgullosos.

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