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Crónicas de un rompesuelas

Caída en el olvido en el primer teatro de Canarias

El pasado jueves 30 de abril se cumplieron 159 años de una de las noches más trágicas y extrañas que vivió Las Palmas de Gran Canaria en el interior del primer teatro del Archipiélago, el Teatro Cairasco

Manuel Ponce de León y Falcón en 1864, ante el retrato de su hermano.

Manuel Ponce de León y Falcón en 1864, ante el retrato de su hermano. / LP/DLP

Las Palmas de Gran Canaria

Eran las diez y media de la noche cuando comenzó el baile y de repente, una joven cayó del cielo.

Así, al menos, debió parecerles a quienes estaban abajo: un cuerpo que de repente atravesaba el aire desde las alturas del escenario y caía entre la concurrencia con un golpe sordo que apagó de inmediato la música, las conversaciones, las risas, el murmullo entero de aquella noche brillante.

En el Teatro Cairasco, engalanado para la ocasión, los caballeros vestían con esmero y las damas lucían sus mejores galas. Era el 30 de abril de 1867, y el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, presidido por Antonio López Botas, ofrecía el tradicional baile con motivo de las fiestas de San Pedro Mártir, una de las veladas más distinguidas del calendario. Todo había comenzado correctamente, con esa ceremonia de las veladas preparadas con cuidado para que nada desentonara, para que todo ocurriera según lo programado.

Y entonces cayó la joven. Durante unos instantes nadie entendió nada. La conmoción fue de esas que paralizan momentáneamente. Los presentes se quedaron inmóviles, boquiabiertos, incapaces de procesar lo que acababa de suceder. Luego alguien gritó y la multitud se agolpó en torno al cuerpo. Un hombre se abrió paso entre la multitud a empujones. Era Pedro Suárez Pestana, y acababa de reconocer a su hermana pequeña en el suelo. Poco después, llegó otro facultativo y juntos hicieron cuanto pudieron. Le prestaron todos los auxilios posibles a la desgraciada, pero no fue suficiente. La muchacha no volvió en sí. A los pocos minutos de su caída, Ana Suárez Pestana había fallecido.

La música no volvió a sonar aquella noche. La fiesta acabó en el acto. El ambigú –ese bufé que aguardaba intacto en un rincón– fue enviado al día siguiente a los enfermos del Hospital de San Martín. Lo preparado para el deleite de los ricos acabó alimentando a los pobres.

¿Qué hacía Ana Suárez Pestana en el Teatro Cairasco?

Pero una pregunta quedó flotando sobre el teatro vacío, sobre sus salones apagados, sobre la ciudad que esa noche se fue a dormir con los ecos del rumor del escándalo: ¿qué hacía aquella joven en lo alto del escenario?

Todos sabían que Ana Suárez Pestana no debía estar allí, pues guardaba luto, señal del duelo reciente que pesaba sobre su casa. Y el luto, en aquel entonces, no era sólo una cuestión de vestuario: era una condena moral, una obligación pública que prohibía a quienes lo cumplían cualquier divertimento. Bailes, teatros, fiestas, todo estaba vedado. La muerte de un familiar convertía a sus deudos en fantasmas sociales durante meses, a veces años.

Pero Ana era joven. Así que esa noche, a escondidas de su familia, acudió con varias amigas al Teatro Cairasco. Por supuesto, no entraron por la puerta principal que daba a la plaza homónima, pues habría sido demasiado arriesgado. A hurtadillas, subieron, en cambio, hasta lo alto del escenario, a una especie de pasillo o galería volada desde la que podían contemplar el baile sin ser vistas. Un mirador clandestino, un balcón de sombras, el escondite perfecto.

Desde allí, Ana miró hacia el salón iluminado y entonces lo vio. Entre la concurrencia ataviada con uniformes, vestidos de seda, guantes blancos, el movimiento cadencioso de las parejas que giraban bajo las lámparas, había una figura que le era familiar. Se trataba de un hombre con el cabello peinado hacia un lado que llevaba lentes y como tantos caballeros de la época, bigote y perilla recortada a lo Napoleón III. Todo en él respondía al gusto de la época.

Pero a pesar de ser uno más entre tantos caballeros a la moda, Ana lo reconoció de inmediato. Era su novio. Y bailaba con otra. Había aprovechado su ausencia, su duelo, su encierro forzado para engañarla.

Lo que sucedió entonces en el interior de Ana es algo que ninguna crónica puede medir. ¿Sorpresa? ¿Rabia? ¿Ese vértigo que produce ver confirmado lo que una parte de ella ya sabía, pero que la otra se había negado a aceptar? Sea como fuere, los nervios le hicieron perder el tino. Y perder el tino, a esa altura, es perder el equilibrio.

Ana cayó en el preciso instante en que comenzaba el baile. Eran las diez y media de la noche.

La hija del exalcalde Suárez Naranjo

Esa misma noche llevaron el cadáver a su domicilio. Sus padres dormían. Ignoraban que su hija había salido. Sebastián Suárez Naranjo –exalcalde de Las Palmas, distinguido con la Gran Cruz de Beneficencia por su heroica actuación durante la epidemia de cólera de 1851– despertó para recibir el cadáver de su hija. Junto a él, se hallaba su esposa, María de los Dolores Pestana. El exalcalde, un hombre curtido que doce años atrás había visto morir a miles de personas, descubrió esa noche que ninguna experiencia prepara para la muerte cuando se presenta en casa.

Al día siguiente, el miércoles, la ciudad entera lo supo. La profunda sensación de la noche anterior se transmitió a todos los rincones de Las Palmas. Por la tarde, más de ochocientas personas formaron el cortejo fúnebre. En aquella ciudad de poco más de quince mil habitantes, la cifra hablaba por sí sola. En los semblantes de cuantos la acompañaron a su última morada se leía, honda y sin disimulo, la conmoción.

Pero hubo algo más. Algo que la prensa decidió manejar con cautela. Porque la verdad de lo ocurrido era incómoda. No sólo comprometía a las amigas que la habían acompañado y manchaba la memoria de la difunta con el estigma de la desobediencia, sino que apuntaba directamente al novio con una responsabilidad que ningún tribunal habría sabido medir.

Así que la prensa ofreció otra versión: en el suelo de aquel pasillo había un escotillón abierto del que Ana no se apercibió y al pisar en falso cayó por el hueco. Un accidente sin culpables. Una fatalidad ciega. Algo mucho más manejable.

La sociedad palmense prefirió esa historia. Era más limpia. Menos escandalosa. Y, sobre todo, más fácil de olvidar.

Manuel Ponce de León y Falcón.

Manuel Ponce de León y Falcón. / LP/DLP

¿Quién era el novio infiel?

¿Y el novio? Aquel hombre de las lentes y la perilla napoleónica continuó su vida. Funcionario de la Administración de Correos, regentaba la estafeta desde su vivienda en la calle del Colegio número 23 –hoy Dr. Chil–, esquina con San Ildefonso –la actual Luis Millares–, con la parte posterior dando al callejón de Santa Bárbara. Era un hombre notable: artista, proyectista, urbanista, profesor de dibujo en el Colegio de San Agustín, que en su casa organizaba veladas artístico-literarias y musicales a las que acudía lo más granado de la sociedad palmense. Un año antes había sido nombrado académico correspondiente de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando de Madrid.

En resumidas cuentas, un hombre distinguido y admirado, fundamental dentro del panorama artístico de la época, cuyo honor nadie quería mancillar acusándole de provocar la muerte de su novia al aprovechar su luto para engañarla, pues se trataba ni más ni menos que de Manuel Ponce de León y Falcón.

Durante algunos años, las fiestas de San Pedro Mártir fueron recordadas con dolor hasta que lentamente la historia fue cayendo –como Ana Suárez Pestana– en el olvido. El Teatro Cairasco fue demolido para levantar en su lugar el Gabinete Literario. Con él

desapareció también el último testigo de aquella noche: el escenario desde cuyas alturas cayó una muchacha que solo quería escapar de las ataduras sociales… y descubrió que no era la única.

Hoy, Manuel Ponce de León y Falcón tiene dos calles en Las Palmas de Gran Canaria. Ana Suárez Pestana, ninguna.

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