Historia
De Vacaguaré a Harimaguadas: este es el barrio de Las Palmas de Gran Canaria con más memoria aborigen
Las placas de algunas calles, muchas de ellas ubicadas en La Isleta, recibieron nombres aborígenes a partir de los años 40 del siglo XX para conmemorar el legado aborigen del Archipiélago

La esquina de Alcorac con Tirma, en el barrio de La Isleta / José Carlos Guerra

En algunas calles de Las Palmas de Gran Canaria perduran retazos de la época prehispánica a través de las palabras. Benecharo, Vacaguaré o Harimaguadas son algunos de los nombres que lucen en las placas de sus esquinas, recordando la cultura y la lengua aborigen del archipiélago canario. Casi todas están concentradas en el barrio de La Isleta, como si allí hubiesen arrojado un cubo de guanchismos y este se hubiera extendido igual que el agua, salpicando apenas unas pocas gotas en el resto de la ciudad.
El barrio de Guanarteme, con su calle Fernando Guanarteme, es una muestra de ese legado sobre el que se han levantado capas de piche y cemento. Pero este rey aborigen de Gáldar –cuyo nombre era Tenesor Semidán antes de ser bautizado bajo la fe cristiana– no es el único que ha recibido un homenaje en la nomenclatura del callejero urbano.
Las calles de La Isleta
La Isleta reúne nombres de guanartemes, nobles aborígenes y destacadas figuras de la historia prehispánica, tal y como se evidencia en las calles Artemi Semidán, Andamana, Reina Teguise, Benartemi, Adargoma, Tinguaro, Bentejuí o Benecharo, entre otras.
La lista de referencias se alarga con otros términos como Umiaga, Menceyes, Guaires, Harimaguadas, Bentayga o Guanaben, pero las palabras que más destacan son los topónimos y antropónimos: Tenesor, Guayedra, Tecén, Anzofé, Tamadaba, Tanausú, Taliarte, Tenesoya, Alcorac, Tirma, Bencomo, Fataga, Tenteniguada, Guayadeque...
Unos 35.000 términos aborígenes todavía viven en el habla actual, la mayoría en forma de topónimos o antropónimos
En el dialecto canario aún perduran 35.000 términos de las sociedades amazigh que poblaron las islas hace siglos, de los cuales una amplia mayoría son topónimos y antropónimos. En consecuencia, no es de extrañar que el callejero con memoria aborigen se construya a base de nombres propios. Pero también se conservan pequeños tesoros como la expresión de origen benahorita Vacaguaré −que también es una calle− cuyo significado es "quiero morir".
La ruta todavía tiene más paradas: en la lista se incluye la calle Tauro, que puede parecer una referencia a los toros, pero en realidad corresponde a un vestigio verbal que se ha castellanizado en forma de topónimo. Sin lugar a dudas recuerda a la zona Sureste de Gran Canaria, concretamente al municipio de Mogán, donde muchas ubicaciones vinculadas entre sí reciben el mismo nombre. La retahíla va desde la Montaña de Tauro hasta la playa de Taurito, pasando por el cauce del barranco de Tauro y abarcando muchos otros espacios de la zona.
Entre las referencias que se han colado en La Isleta también se encuentra la calle Guanchía, que conmemora una parte del municipio de Teror donde se establecieron muchos aborígenes tras la conquista.
Ambiente histórico en la cuna de la ciudad
El cronista oficial de Las Palmas de Gran Canaria, Juan José Laforet, cuenta que no es coincidencia que haya tantos nombres aborígenes en La Isleta, sino que en su día hubo una intención de "dar el ambiente de la fundación de la ciudad" al entorno del Castillo de La Luz. No en vano se trata de la cuna de la capital grancanaria; el lugar donde, desde antaño, arriban los barcos.
Según explica, las andadas comenzaron entre 1911 y 1914, fechas en que se rotularon las primeras calles: Camino del Faro (actual Faro), Ferreras, Rosarito, Gordillo, La Naval y Luján Pérez. Por aquel entonces, la actual Prudencio Morales se nombró Juan Rejón, mientras que el actual Juan Rejón era la calle Albareda. A su vez, la que hoy se conoce como Américo Vespucio en su día recibió el nombre de camino de La Puntilla.
La influencia del éxodo a la capital
Sobre la abundancia de topónimos, Laforet reflexiona que a lo largo del siglo XX empezaron a llegar personas de distintos puntos de la isla y del archipiélago a Las Palmas de Gran Canaria. Una vez se hubieron asentado, lo más probable es que quisieran "dejar representados en su barrio los nombres de las localidades de donde procedían o, por lo menos, sentir un arraigo en sus calles con esos lugares".
En cualquier caso, el cronista mantiene la prudencia sobre sus teorías: "No hay constancia documental en los registros del porqué de esos nombres. Ese es el problema que tenemos con muchas calles y, a veces, no tenemos la fecha exacta".
Nombres aborígenes en el resto de la ciudad
Si se remite a los planos antiguos de la ciudad, elaborados en 1911 por el arquitecto municipal Fernando Navarro, los archivos muestran que las calles no habían sido nombradas por aquel entonces. En su lugar, se utilizaban letras o números para referirse a cada una de las vías, ya que no fue hasta los años 40 del siglo pasado cuando se comenzó a poner nombres a las calles de La Isleta.
En cuanto al resto de la ciudad, Laforet cuenta que son muy pocas las calles con nombres aborígenes fuera del barrio de La Isleta, si bien se pueden mencionar algunos: Guanarteme, Guiniguada, Maninidra (Triana), Monte Garajonay (Las Mesas), Taburiente (Las Mesas), Parque Doramas (Ciudad Jardín), Tindaya (El Zardo), Tiscamanita (El Zardo), Teguise (El Román), Tamarco (Los Giles) y Tenesoya Vidina (Zárate). Al igual que sucede en La Isleta, los topónimos y antropónimos conforman el grueso de los pedazos de historia prehispánica que perdura en el callejero urbano.
La óptica para mirar el pasado
Ya sea en un punto o en otro, nombrar es recordar. La acción de elegir determinados términos para los espacios públicos revela una intencionalidad sobre cuáles son los momentos y las ópticas con las que se quiere mirar al pasado. No obstante, las palabras que se emplean sin contexto y sin conocer su bagaje corren el riesgo de perder sus significados originarios, desligándose de su propia historia.
La fina línea entre una noción y otra pasa por aprender y enseñar el legado que hay detrás de las palabras. La diferencia está en rememorar iconos de la cultura aborigen y la lucha contra la conquista o que estos se conviertan en referencias para identificar espacios cotidianos en la ciudad.
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