Crónicas de un rompesuelas
Manuel del Río Suárez: crónica de una muerte evitable
Mañana se cumplen cuarenta años de la trágica muerte del antropólogo y sociólogo Manuel del Río Suárez, fallecido en La Puntilla al precipitarse su coche al mar tras ceder la calle La Caleta

Esquina de la calle La Caleta desde donde cayó el coche de Manuel del río Suárez. | ANDRÉS CRUZ
Eran las 2:50 de la madrugada del sábado 10 de mayo de 1986 cuando un coche avanzaba lentamente por la calle La Caleta, en La Puntilla. La noche apenas dibujaba el perfil del barrio. A un lado, el risco caía abruptamente hacia el mar; al otro, las fachadas de las casas parecían observar, en silencio, el paso de aquel automóvil.
Manuel del Río Suárez detuvo el vehículo al comprobar que el paso se estrechaba demasiado. No podía seguir avanzando. Maniobró con cuidado para dar marcha atrás. Entonces el suelo cedió bajo las ruedas. Los cuatro ocupantes sintieron primero un bache. Después, el vacío. El automóvil se precipitó desde unos diez metros de altura, chocó con las rocas y acabó en el agua.
Manuel murió prácticamente en el acto. El impacto le provocó una fractura de cráneo, una hemorragia cerebral y la rotura del hígado. Tenía 58 años. Su esposa sufrió la rotura de varias costillas y un politraumatismo craneal por el que estuvo a punto de quedar paralítica. Los otros dos ocupantes fueron trasladados a un centro sanitario y salieron horas después, aunque permanecieron convalecientes en el hotel varios días antes de poder regresar a la Península.
Profesor tutor de la UNED, docente en la Escuela de Empresariales, en el Instituto de Tafira y en el colegio Jaime Balmes, Manuel –hijo del cronista Juan del Río Ayala– era una figura conocida y apreciada en los círculos académicos de la isla. Antropólogo y sociólogo de formación, había construido una carrera sólida en la enseñanza superior sin perder nunca la cercanía con sus alumnos ni con sus colegas. Tenía tres hijos. El mayor estudiaba en Madrid y, tras la muerte de su padre, no sabía si podría continuar en la universidad.
Aquella noche lo acompañaban su esposa, María Esther Alonso Muñoz, y el matrimonio formado por José Castillo Castillo –catedrático de Sociología de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad de Santiago– y su mujer, Esther Escudero Machín. Horas antes, todos habían compartido mesa en el restaurante Juan de Arucas, en el número 3 de la calle Juan de la Cosa. El local –hoy desaparecido– gozaba de cierta fama por sus pescados y mariscos preparados al más puro estilo canario.
La cena era el colofón de un ciclo de conferencias organizado por la Asociación Canaria de Sociología en el Aula Cultural de la Caja Insular de Ahorros, en la Alameda de Colón. La velada se alargó hasta pasada la medianoche.
Al abandonar el establecimiento, Manuel y su esposa se ofrecieron a acompañar al matrimonio visitante hasta el Hotel Santa Catalina, donde se alojaban. El coche estaba aparcado en dirección al mar, así que Manuel tomó la calle La Caleta con intención de salir después por La Puntilla. Nada más entrar, al comprobar que era un callejón, preguntó:
-¿Esta calle tiene salida?
Su esposa respondió que sí, aunque le advirtió que avanzara con cuidado pues tenía curvas. Lo más estremecedor se supo poco después.
Media hora antes del accidente, parte del muro de contención de aquella misma calle ya se había desplomado hacia el mar. Los vecinos escucharon el estruendo y avisaron de inmediato a la Policía, pero nadie cerró la vía. No se colocaron vallas ni se acordonó la zona.
La calle La Caleta era difícil para quien no la conociera. Descendía en zigzag junto al risco y, en uno de sus tramos, se estrechaba tanto que apenas permitía circular coches pequeños, como Seiscientos o Minis.
La oscuridad agravaba el peligro. Los vecinos llevaban meses denunciando al Ayuntamiento la escasa iluminación del tramo y las grietas que se abrían junto al muro de contención, que tan sólo fueron cubiertas con alquitrán o cemento.
Incluso un día antes de la tragedia, un técnico municipal había inspeccionado la zona, pero la calle permaneció abierta al tráfico. Y cuando el muro terminó desplomándose aquella madrugada, la resolución de cerrar el paso se demoró hasta el lunes siguiente: la llegada del fin de semana fue razón suficiente para no actuar de inmediato.
Pero aquel sábado, cuando el vehículo llegó al estrechamiento y Manuel comprendió que no podía continuar, intentó retroceder lentamente. No advirtió el derrumbe: el muro había caído hacia la orilla y apenas había dejado cascotes visibles sobre la calzada. La oscuridad completó la trampa.
La noticia desató la indignación. Los vecinos de La Puntilla fueron los primeros en señalar al Ayuntamiento: meses de advertencias, ninguna respuesta, un hombre muerto.
En los meses posteriores comparecieron ante el juzgado el alcalde Juan Rodríguez Doreste, el concejal de Urbanismo, el ingeniero jefe de Vías y Obras, responsables de la Policía Municipal y técnicos del departamento de Vías, Obras, Saneamiento y Alcantarillado. La investigación tuvo desde el principio una sola pregunta: ¿aquella muerte podía haberse evitado?
La acusación inicial fue imprudencia temeraria. Sin embargo, el proceso quedó reducido seis años después a una falta por imprudencia simple. Los condenados fueron los dos ingenieros municipales que habían inspeccionado el lugar un día antes: comprobaron el deterioro, reconocieron el riesgo y no cerraron la zona. Se limitaron a informar, sin carácter de urgencia. El alcalde autorizó las medidas, pero no exigió su ejecución inmediata. La tragedia quedó así resumida judicialmente en una demora burocrática de fin de semana.
Nadie imaginaba lo que iba a suceder. ¿O quizá Manuel sí? El martes 6 de mayo, tres días antes de morir, almorzaba en el restaurante Club AECA de Tafira con dos compañeros de la Escuela de Empresariales: Fernando Poch Páez, profesor de estadística y director del centro, y Rafael Esparza Machín, profesor de estructura económica y subdirector. Ambos llevaban tiempo preocupados por él; a pesar de haber sufrido varios infartos seguía fumando, bebiendo y trasnochando.
Aquella tarde se lo dijeron sin ambages. Debía cuidarse. Manuel respondió recitando una sentencia que parecía sacada de algún romancero:
-Atado y bien atado estaba el futuro de Castilla cuando le cayó una teja en la cabeza a Enrique I y comenzó la guerra en el reino.
Naturalmente, sus colegas entendieron la referencia: Enrique I de Castilla encontró su final de forma trágica y absurda en 1217, con tan sólo trece años, mientras jugaba en el patio de la casa del obispo Tello en Palencia con otros niños y uno de ellos desprendió accidentalmente una teja de la torre golpeándolo en la cabeza. Un rey muerto por el azar, no por la guerra ni la enfermedad. La historia de este rey niño se convirtió con el tiempo en símbolo de la fragilidad de la vida y de la imprevisibilidad del destino: un recordatorio de que ni siquiera el poder protege contra lo imprevisto. Manuel estaba sugiriendo, irónicamente, que el destino es tan inescrutable que ante él de nada sirven las precauciones.
Como si hubiera profetizado su propio final, murió tres días más tarde como el rey de Castilla, por una hemorragia cerebral. Pero a diferencia de Enrique I, la muerte no apareció desde el cielo; fue el suelo el que desapareció bajo sus pies.
Y quizá por eso sus palabras resultaron tan inquietantes. Porque, sin saberlo, había descrito exactamente la forma en que iba a morir: no por sus descuidos, sino por los de otros.
Eso fue lo verdaderamente terrible: que la muerte no apareció de repente. Cuando Manuel dobló hacia la calle La Caleta, su destino llevaba media hora allí, esperándolo.
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