Una saga familiar mantiene viva la esencia de Guanarteme: esta es la historia del bar Hermanos García
El bar restaurante Hermanos García, con más de cinco décadas de historia, es un ejemplo de resistencia ante la gentrificación y la transformación urbana de Guanarteme, en Las Palmas de Gran Canaria

Luz Marina García, dueña de uno de los establecimientos, el ubicado en la calle Fernando Guanarteme, junto a su hija Carlota García, trabajadora también en el negocio familiar. / J.PEREZ CURBELO

A escasos metros de la gran construcción del residencial Las Américas, de apartamentos vacacionales y nuevas cafeterías instagrameables, el refugio para la memoria cotidiana del barrio de Guanarteme pone calderos al fuego, sirve cortados en su barra de madera y recibe a los clientes con el mismo calor que infundaron los dueños del popular bar restaurante Hermanos García, en 1966.
Una saga familiar y empresarial que fue creciendo a raíz del primer establecimiento que Andrés García, su iniciador, creó en la antigua Junta de Obras del Puerto y que se fue ampliando con varios locales más por toda la ciudad. Originarios de Moya, esta saga familiar de ocho hermanos es pionera en la elaboración de comidas caseras.
En 1980, uno de esos hermanos, Santiago García, llegó a la calle Fernando Guanarteme para abrir las puertas del sabor de la cocina canaria a los trabajadores y vecinos de la zona. Su hija, Luz Marina, lleva los mandos del legado que le dejó su padre en el local de Guanarteme. «Llegamos aquí cuando aún no existía ni la Circunvalación. Vivíamos en La Paterna y nos mudamos aquí cuando yo tenía siete años».

Fachada del bar restaurante Hermanos García en la calle Fernando Guanarteme. / J.PEREZ CURBELO
Una época que recuerda con nostalgia. «Había mucha más empresas que ahora, estaba la antigua Fosforera, las factorías de pescado y muchos talleres». Luz subraya que el barrio fue cambiando, y lo sigue haciendo. Ellos asisten a ese cambio adaptándose a él. «Las empresas han ido saliendo poco a poco del barrio, esto ya no tiene nada que ver con lo que era entonces».
Sus primeros clientes, trabajadores y taxistas. «El problema en el barrio siempre ha venido por los aparcamientos, solo que antes se permitía aparcar en la acera», recuerda entre risas. «Venían rápido a comer o a tomarse el café. Hemos conocido tan bien a la clientela que entrando por la puerta ya le servíamos lo que sabíamos que les gustaba».
El cambio en Guanarteme comienza en 2010
Luz resalta que el cambio en el barrio se empieza a notar en 2010. «Era la gran crisis de la construcción y la clientela decae. El crecimiento urbanístico se hace notar, más viviendas, la creación del centro comercial Las Arenas». Fue la primera vez que su padre empezó a ver las dificultades para mantener el negocio. «Llegó a estar muy preocupado, pero no cerró porque esto era toda su vida. Y yo sigo aquí porque también lo siento así».
Mi padre no cerró porque esto era toda su vida y yo sigo aquí porque también lo siento así
Cuando los obreros y los taxistas dejaron de venir, el foco de atención se centró más en el vecino. «Ya no había que correr para que volvieran al trabajo, la atención era más calmada; pero ese obrero volvía el fin de semana a comer con su familia».

Santiago García, uno de los miembros fundadores de la saga de restaurantes Hermanos García y su nieta Carlota, en las fiestas del Pilar de Guanarteme. / Archivo familiar
Cierre de otros bares
Poco a poco al barrio fueron llegando nuevos vecinos, pero también cerrando otros locales de toda la vida. «El bar Vergara cerró hace dos años, también El precio justo de la calle Castillejos y el Blanco y Negro ahora se dedica a otra cosa», recuerda. La experiencia le ha servido a Luz para darse cuenta de que ese «nuevo vecino» llega al barrio con su propia situación personal. «Traen hipoteca y dedican un tiempo a reorganizar su vida. Comer fuera no es algo que se pueden permitir tanto».
El 'bar Vergara' cerró hace dos años, también 'El precio justo' de la calle Castillejos y el 'Blanco y Negro' se dedica ahora a otra cosa
El turismo, los hoteles de ciudad y las viviendas vacacionales vinieron después, el desarrollo de los negocios alrededor del surf, también. Aquello de lo que su abuelo, su padre y sus tíos fueron pioneros: la elaboración de comida casera, sigue siendo lo que hoy los mantiene a flote. «Así sean unas albóndigas, la mezcla de la carne la hacemos aquí, no ofrecemos nada preparado».
La convivencia del residente con el recién llegado se da en sana convivencia. Los precios y el problema de la especulación es otra cosa, apunta la hostelera. Desde que el barrio ha empezado a experimentar la gentrificación, la promoción del consumo local es parte de la dinámica vecinal para mantener vivo el barrio.
«Vienen a comer aquí también. En las escuelas de surf y en las casas donde se hospedan, nos recomiendan», resalta. Los recién llegados, los de siempre, los que están de paso encuentran entre pintaderas y balcones canarios la identidad de un barrio que lucha por mantener su esencia. Un ejemplo es la conservación de las fiestas del Pilar. La familia al completo se involucraba, y lo sigue haciendo. «Mi padre traía caballos del campo hasta una carreta para la romería ofrenda».
Una tradición que ella sigue promoviendo entre los nuevos vecinos del barrio. La memoria colectiva se sienta a la mesa, es hogar, pero tampoco es rechazo. «Espero que hayan tenido en cuenta todas las necesidades que esas viviendas supondrán, como el alcantarillado, pero el cambio ya está aquí y tendremos que adaptarnos».
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