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¿Por qué se llama así Ciudad Jardín? El barrio de Las Palmas de Gran Canaria que nació donde nadie quería vivir

Antes de convertirse en una de las zonas residenciales más codiciadas de la ciudad, la antigua Vega de Santa Catalina era una tierra incómoda y poco deseada. Su nombre nació del empeño por convertirla en otra cosa.

La historia de Ciudad Jardín, en Las Palmas de Gran Canaria

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Héctor Rosales

Héctor Rosales

Las Palmas de Gran Canaria

Con lo idealizadas que están hoy las dunas y los grandes arenales en Canarias, cuesta pensar que durante mucho tiempo fueran vistos como un engorro. Razón no falta para admirarlos, pero cuando la vida diaria depende de cruzarlos o esquivarlos, la cosa cambia. Y a finales del siglo XIX, en Las Palmas, cambiaba bastante. Para quienes tenían claro que el crecimiento de la ciudad pasaba por el comercio, el transporte y la actividad económica, tanta arena era un problema.

La futura Ciudad Jardín pertenecía a ese paisaje incómodo. Antes de convertirse en uno de los barrios más singulares de Las Palmas de Gran Canaria, la zona formaba parte de la antigua Vega de Santa Catalina, un espacio de arenales y terrenos poco apreciados que tampoco seducía demasiado a la burguesía de Triana. No era todavía el barrio de chalés, jardines —el nombre tiene truco— y calles tranquilas que llegaría a ser, sino un lugar bastante alejado de las aspiraciones residenciales de las élites locales, como recuerda el geógrafo Guillermo Morales Matos.

Ahí está parte de la gracia. Durante años, aquel espacio se vio casi como un estorbo, pero terminó convirtiéndose, empujado en parte por la influencia británica y por el crecimiento urbano del siglo XX, en una de las zonas residenciales más codiciadas de la capital grancanaria.

La Vega de Santa Catalina en la década de 1890, con el Hotel Santa Catalina en primer término. Años después, la zona tomaría forma como Ciudad Jardín.

La Vega de Santa Catalina en la década de 1890, con el Hotel Santa Catalina en primer término. / Fedac

El origen del nombre

El topónimo no se refiere a la cantidad de jardines ni a una función decorativa. Tampoco fue una ocurrencia más o menos bonita. Remite a un modelo urbanístico muy reconocible en la Europa de finales del siglo XIX y comienzos del XX: las garden cities, o ciudades jardín. La idea, popularizada por el británico Ebenezer Howard, buscaba combinar viviendas, zonas verdes, amplitud y cierta distancia del centro.

La presencia británica fue decisiva en ese cambio. La antigua Vega de Santa Catalina empezó a transformarse con villas, hotelitos y equipamientos vinculados a la colonia inglesa, hasta perfilarse como el «barrio de los hoteles», con el Santa Catalina como una de sus referencias. Era una forma de ocupar el territorio muy distinta a la de Vegueta, Triana o el entorno portuario. Parecían, y eran, mundos diferentes: casas aisladas, parcelas amplias, jardines privados y un aire residencial de importación.

Eso no significa que la Ciudad Jardín grancanaria fuera una ciudad jardín pura al estilo teórico de Howard. Fue más bien una versión local de esa idea, adaptada a una zona residencial para unos pocos. El nombre no venía de lo que había allí, sino de lo que se quería hacer con la zona.

Uno de los chalets de Ciudad Jardín, retratado en una fotografía de la década de 1920.

Uno de los chalets de Ciudad Jardín, retratado en una fotografía de la década de 1920. / Fedac

De la Vega de Santa Catalina a Ciudad Jardín

El cambio no fue inmediato. Tras las primeras villas y hoteles, faltaba ordenar urbanísticamente el barrio. Esa tarea la asumió Miguel Martín-Fernández de la Torre.

En 1922, el arquitecto presentó su Plan de Ordenación para Las Palmas, en el que la antigua Vega de Santa Catalina pasaba a formar parte de una nueva manera de hacer crecer la ciudad. El propio Miguel Martín ayudaría después a darle forma al barrio firmando muchas de sus viviendas.

Para las clases acomodadas de la época, quizá cansadas de vivir en el casco, la propuesta tenía mucho atractivo: privacidad, calma y una distancia prudente frente al trajín del centro.

El plan no se aprobó hasta 1930, pero el rumbo ya estaba marcado. A partir de los años veinte y durante las décadas siguientes, la zona fue llenándose de chalés y viviendas. Poco a poco, el nombre empezó a tener algo de literal.

Para mediados del siglo XX, el cambio ya se notaba. Las imágenes de los años cincuenta muestran una Ciudad Jardín reconocible, ocupando ese espacio que durante años había separado el casco histórico del Puerto. Aquella franja empezaba a acercar dos partes de la ciudad que durante mucho tiempo habían vivido bastante alejadas.

Con el tiempo, el barrio perdió parte de su carácter original. La ciudad creció alrededor de Ciudad Jardín y la distancia que antes la hacía distinta empezó a reducirse. Llegaron más coches, más presión sobre el suelo, más ruido y problemas de mantenimiento y limpieza parecidos a los de otros barrios. La calma, una de sus grandes promesas, resultó cada vez menos evidente.

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