La noche en que el teatro resurgió de sus cenizas
El pasado miércoles fue el nonagésimo octavo aniversario de la reapertura del Teatro Pérez Galdós, reinaugurado en 1928 tras el incendio de 1918 con una histórica representación de Aida de Verdi

Salón Saint-Saëns en el teatro Pérez Galdós. / La Provincia
La reinauguración, celebrada con la representación de Aida de Verdi, constituyó un acontecimiento histórico que reunió a toda la sociedad grancanaria en una noche marcada por el asombro, el orgullo y la emoción.
El Teatro Pérez Galdós es tan conocido y querido por los grancanarios que resulta difícil encontrar a alguien que no haya contemplado alguna vez su majestuoso interior, aunque sólo haya sido a través de fotografías, grabados o relatos familiares. Sin embargo, con motivo del nonagésimo octavo aniversario de su reapertura, conviene detenerse de nuevo en aquel momento histórico para recordar la profunda impresión que causó entre quienes tuvieron el privilegio de asistir a su reinauguración, una noche que quedó grabada para siempre en la memoria colectiva de la ciudad.
Después de que un devastador incendio destruyera el antiguo teatro en 1918, Las Palmas de Gran Canaria perdió uno de sus principales espacios culturales y sociales. Aquel desastre dejó una profunda herida en la vida artística de la isla, pero también despertó el deseo de levantar un nuevo coliseo que estuviera a la altura de las grandes capitales culturales. Así comenzaron las obras del nuevo teatro bajo la dirección de Néstor y Miguel Martín-Fernández de la Torre. Como un auténtico ave fénix, el edificio resurgió de sus cenizas convertido en una obra monumental, elegante y moderna, profundamente vinculada al espíritu artístico de Canarias. Diez años después de la tragedia, el 20 de mayo de 1928, el nuevo Teatro Pérez Galdós abría nuevamente sus puertas con la representación de Aida, de Giuseppe Verdi.
Aquella noche inaugural fue mucho más que un acontecimiento cultural: constituyó un verdadero acontecimiento social. La ciudad entera, sin distinción de clases sociales, parecía haberse dado cita para solemnizar la apertura de su nuevo teatro. El ambiente estaba cargado de expectación, orgullo y emoción. Al atravesar sus puertas, muchos espectadores tenían la sensación de haber sido transportados a otro lugar, a un espacio refinado y casi irreal donde el arte dominaba cada rincón.
La impresión que producía el recorrido por las salas y pasillos del teatro era extraordinaria. Los asistentes avanzaban lentamente, con paso contenido y mirada absorta, admirando minuciosamente cada detalle decorativo. Las escaleras, los techos, las lámparas, las pinturas y la ornamentación despertaban continuas exclamaciones de asombro. El edificio era contemplado como un auténtico museo, en el sentido más clásico del término: un «templo de las musas». No en vano, el escenario estaba presidido por Talía y Melpómene, símbolos eternos de la comedia y la tragedia, que parecían custodiar solemnemente aquel recinto destinado al arte y la representación.
El público grancanario recorría orgulloso su nuevo teatro, consciente de que aquella obra pertenecía a toda la ciudad. Muchos sentían que el Pérez Galdós no tenía nada que envidiar a los principales coliseos de la Península. La sensación general era que no se habían escatimado gastos y que el resultado constituía un rotundo triunfo artístico de los hermanos Martín-Fernández de la Torre. La magnificencia del edificio, unida a la riqueza de su decoración, reforzaba la idea de que Las Palmas de Gran Canaria había alcanzado una nueva dimensión cultural.
Sin embargo, entre la admiración general también surgieron algunas voces discordantes. En vísperas de la inauguración, sólo unos pocos privilegiados habían podido contemplar las pinturas con las que Néstor decoró las paredes del Salón Saint-Saëns. Precisamente por ello, toda la ciudad hablaba de aquellas obras incluso antes de verlas. Y cuando finalmente los asistentes pudieron contemplarlas, las reacciones no se hicieron esperar.
Néstor había transformado el Salón Saint-Saëns en un auténtico estallido de luz y color. Los frutos, las figuras y los paisajes aparecían envueltos en una atmósfera exuberante y luminosa. El conjunto recordaba a un jardín mitológico, un verdadero jardín de las Hespérides en el que la belleza parecía desbordarlo todo. Muchos espectadores sintieron que habían sido transportados a un universo fantástico, como si un genio salido de Las mil y una noches los hubiese conducido a un paraíso donde sólo existían la luz, el color y la armonía.
Pero precisamente aquella exuberancia artística provocó también escándalo entre los sectores más conservadores de la sociedad. La desnudez de algunos personajes retratados por Néstor causó un notable revuelo. Una señora especialmente mojigata, que había adquirido un palco para asistir junto a sus hijas, al contemplar la abundancia de cuerpos desnudos ordenó inmediatamente mientras subían las escaleras: «Niñas, abran el paraguas», intentando así impedir que levantaran la vista y contemplaran aquellas escenas que consideraba impropias.
La anécdota pronto contrastó con otra reacción mucho más espontánea y popular. Se cuenta que una joven acostumbrada a convivir con numerosos hermanos varones, todos de edades semejantes a los niños pintados por Néstor, exclamó sorprendida al ver aquellas imágenes: «¿Y aquí está la causa de tanto aspaviento? ¡Este es el patio de mi casa todos los días a las ocho de la mañana…!». La frase resumía perfectamente el contraste entre el escándalo moral de algunos y la naturalidad con la que otros contemplaban las pinturas.
Poco antes de las diez de la noche, una vez que el público ocupó sus localidades, el periodista Francisco González Díaz apareció en el palco escénico y pronunció un emotivo discurso en honor de Benito Pérez Galdós, cuyo nombre llevaba el teatro. Sus palabras, cargadas de elocuencia y emoción, fueron recibidas con una prolongada salva de aplausos. Inmediatamente después se alzó el telón sobre el foso de la orquesta y comenzaron a sonar los primeros compases de Aida bajo la dirección del maestro Franco Capuana.
La representación constituyó un éxito memorable. La mayor ovación de la noche fue para la soprano Eva Turner, que cautivó al auditorio con su interpretación de la protagonista. También destacaron Vela y José Fernández, que actuaron en un escenario diseñado por Lorenzo Malvet, director de escena de la producción. La mezzo-soprano Antonietta Toini, en el papel de Amneris, demostró las cualidades de una cantante consumada y recibió numerosos y merecidos aplausos. Giuseppe Noto, prestigioso barítono, confirmó su fama interpretando magistralmente a Amonasro. El tenor Voltolini realizó un correcto Radamés, mientras que los bajos Vela y Fernández estuvieron muy acertados en sus respectivos papeles de Ramfis y el Rey de Egipto.
Los coros y bailables estuvieron igualmente a gran altura, afinados y bien coordinados, ofreciendo junto a la mise en scène un espectáculo pocas veces visto en la ciudad. La producción de Aida destacaba especialmente por la riqueza de sus decorados y vestuario, así como por el cuidado de la representación en su conjunto. Tan sólo se señalaron pequeños detalles, como la inadecuada entrada de los clarines en el salón del Trono, considerada por algunos críticos un descuido imperdonable.
A pesar de esos pequeños reparos, la impresión general fue extraordinariamente positiva. El público abandonó el teatro profundamente satisfecho y convencido de haber asistido a un acontecimiento histórico. La compañía de ópera fue considerada prácticamente inmejorable y el maestro Capuana recibió constantes muestras de reconocimiento por haber logrado sacar adelante una empresa de semejante magnitud en medio de numerosas dificultades.
Aquella noche de mayo de 1928 no sólo significó la reapertura de un edificio. Supuso también el renacimiento cultural de una ciudad que volvía a encontrarse con uno de sus grandes símbolos. Desde entonces, el Teatro Pérez Galdós ha permanecido unido a la memoria sentimental de varias generaciones de grancanarios, convertido no sólo en un espacio escénico, sino en uno de los grandes emblemas culturales y artísticos de Canarias.
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