¿Por qué se llama así el Barranquillo Don Zoilo?
Antes de la carretera y de los cambios del entorno, el barranquillo de Santa Catalina acabó tomando el nombre de Zoilo Padrón, canónigo majorero ligado a los primeros asentamientos del barrio

Panorámica del Barranquillo Don Zoilo en los años 70. / Fedac

La movilidad, los aparcamientos, el carril sin bicis y algunas decisiones administrativas que muchos vecinos no terminan de entender centran hoy buena parte del debate en el Barranquillo Don Zoilo, también entre quienes no viven allí y atraviesan la zona a diario. Pero discutir por coches en el barranquillo es algo bastante reciente: la carretera actual no se construyó hasta los años setenta. Durante décadas, las preocupaciones fueron otras, como tener luz, agua corriente, alcantarillado o una casa capaz de aguantar cada invierno.
El lugar ya había cambiado de nombre mucho antes de esa transformación. El Barranquillo Don Zoilo era antes el barranquillo de Santa Catalina, por la ermita del mismo nombre que ahora está integrada en el Pueblo Canario. En planos antiguos de finales del XIX y comienzos del XX todavía aparece vinculado a esa denominación. En aquellos años, el lugar apenas tenía entidad propia. Era un cauce de tierra dura y pedregosa, con palmerales hacia la desembocadura.
El nombre de Don Zoilo llegó después, ligado a Zoilo Padrón de la Torre, sacerdote majorero y canónigo de la Catedral de Canarias, que tuvo una casa y una finca junto al cauce entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Pero aquella vinculación no se debió solo a que viviera allí. Como propietario, permitió que familias llegadas de Fuerteventura se asentaran en la zona. Fueron ellas las que empezaron a darle forma al barrio.

Fotografía de 1925 de la desembocadura del Barranquillo Don Zoilo. / Fedac
Los majoreros que levantaron el barranquillo
La crisis y las hambrunas que sufría Fuerteventura empujaron a muchos majoreros a emigrar a Gran Canaria. En el barranquillo encontraron un sitio duro, todavía al margen de la ciudad y casi despoblado. Allí podían levantar una casa, aunque fuera en precario, y empezar de nuevo.
La barriada fue creciendo entre pequeñas viviendas que con los años se fueron consolidando, terrenos sin urbanizar y varias tiendas de aceite y vinagre, donde se compraba casi todo lo necesario para el día a día.
Durante mucho tiempo, el barrio vivió rodeado de tierra y sin apenas infraestructuras. El alcantarillado, el agua corriente y la luz no llegaron hasta los años setenta. Mientras, la vida se organizaba con lo que había y cada familia se las tenía que ingeniar para salir adelante.
El burro era casi imprescindible. Servía para moverse, cargar mercancías y buscarse la vida en los alrededores. Hubo vecinos que recogían desperdicios en zonas más acomodadas, como Ciudad Jardín, y otros que bajaban hasta Las Alcaravaneras en busca de seba para venderla después. En muchas casas había cabras, gallinas o cochinos.

Fotografía del Barranquillo Don Zoilo tras una riada. / Fedac
El riesgo de las riadas
Vivir en un barranco tenía sus consecuencias. Por aquel cauce bajaban las aguas de las lomas de Las Escaleritas y, cuando llovía con fuerza, el barranquillo podía convertirse en un peligro real. Incluso cuando caían tres gotas se encendían las alarmas. Las riadas eran frecuentes y podían ser aún más peligrosas por la cantidad de piedras que arrastraba el cauce.
Zoilo Padrón murió en 1934, antes de que el barrio terminara de consolidarse como tal y mucho antes de que quedara como lo vemos hoy. Poco después, a finales de los años treinta, aquel poblamiento empezó a figurar en la documentación municipal.
La transformación urbana llegó con la carretera, la canalización del cauce y la expansión de la capital hacia Ciudad Alta, que fue ocupando casi todos los terrenos cercanos. Con el tiempo, el antiguo barranquillo acabó convertido en una conexión imprescindible entre la ciudad alta y la baja.
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