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Análisis

Crónica de un muelle soñado durante tres generaciones

La azarosa historia del primer muelle de Las Palmas, una obra que tardó décadas en levantarse y acabó sepultada bajo la ciudad

Rellenos entre el teatro y San Telmo que acabaron con el muelle.

Rellenos entre el teatro y San Telmo que acabaron con el muelle. / La Provincia

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Juan Francisco Martín Naranjo

Había una vez una ciudad asomada al mar que no sabía cómo abrazarlo. Corría el último tercio del siglo XVIII, y Las Palmas bullía de optimismo. El comercio marítimo con Península, las Américas y África había despertado a sus mercaderes, sus bergantines pesqueros surcaban las aguas africanas con destreza, y sus excedentes de cosecha llenaban bodegas para el comercio. Pero faltaba algo: un muelle. Un simple embarcadero de piedra que permitiera tocar la riqueza sin mojarse los pies, sin jugarse la vida cada vez que una lancha intentaba atracar en la rada de la ciudad.

El 24 de agosto de 1785, el Ayuntamiento reunido en cabildo alzó la voz. Con respeto, pero con urgencia, pidió a la Corona se construyera un pequeño muelle en la Caleta de San Sebastián. En corto tiempo fue conocido el parecer del monarca, favorable a la construcción de un muelle y como consecuencia de la aceptación regia, se presentó el estudio de la obra y formación del proyecto a cargo del capitán de la Real Armada don Domingo de Nava y Porlier (1740 San Cristóbal de La Laguna – 1812 Los Realejos, Tenerife). Tras estudiar la costa y con conocimiento de los mares canarios, sentenció: el sitio no es la caleta de San Sebastián, sino la bahía de Las Isletas. «La naturaleza señala el lugar —escribió—, yo solo sigo sus indicaciones», y que allí era donde se hallaba el provenir de Gran Canaria, como un siglo después, con la construcción del Puerto Refugio de La Luz (1883), se demostró.

Crónica de un muelle soñado durante tres generaciones | LP/DLP

Vista de la ciudad desde el muelle en una imagen coloreada de comienzos del siglo XX. / La Provincia

Aquel informe cayó como un jarro de agua fría sobre los vecinos. ¿Un muelle para Las Palmas en las Isletas? aislado por los arenales, sin agua, sin población. Parecía una locura. La presión local pudo más que la razón técnica. Madrid denegó la propuesta de Nava y encargó el proyecto al teniente de navío e ingeniero de la Real Armada Rafael Clavijo y Socas (1755 Teguise, Lanzarote – 1813 Santa Cruz de Tenerife). En abril de 1788 llegó a Las Palmas, y el 6 de mayo comenzó a tomar medidas y practicar sondeos junto a la torre de Santa Ana. Los vecinos miraban desde la muralla, esperanzados. Clavijo prometió un pequeño dique de sillería emplazado «sobre el marisco que había en el lugar, adentrándose hacia el mar», que costaría 577.687 reales de vellón y estaría listo en tres años. Solo había un problema: la hucha insular apenas alcanzaba los 177.389 reales. El sueño se esfumó.

Llegaron entonces años oscuros. Las guerras napoleónicas llenaron el Atlántico de buques ingleses que asfixiaban el comercio español. El muelle quedó olvidado. Finalizada la guerra anglo-española, la Junta Central del Reino en su decreto de 13 de julio de 1809 autorizó la construcción de un muelle en Las Palmas y se encargó nuevamente a D. Rafael Clavijo ponerse al frente de los trabajos. A finales de 1810 llegó a la isla el Duque del Parque-Castrillo nuevo Comandante General de Canarias, quién se propuso dar impulso a los trabajos que se habían abandonado, a cuyo efecto expidió una orden para que fuesen gratis y por turno las yuntas de la isla a arrastrar piedras que habrían de formar el muelle, y con gran satisfacción se inauguró el primer arrastre de los enormes cantos que se entraron en la playa de San Sebastián por un boquete que se abrió en la muralla norte de la ciudad. Y así, el 30 de mayo de 1811, festividad de San Fernando, se colocó la primera piedra.

Fue un acto solemne en San Telmo. Allí estaban el comandante general, el obispo y el ya veterano Rafael Clavijo, ascendido a jefe de Escuadra. Pero la alegría duró poco. Clavijo murió en 1813 con las obras recién empezadas. Sin su impulso, el frágil sistema de financiación —donativos y arbitrios locales— se derrumbó en 1816. El muelle quedó a merced del oleaje. El lugar apenas ofrecía abrigo. El viento, la mala mar y el «reboso» lo castigaban sin piedad. Con frecuencia había que izar la tristemente famosa «bandera negra»: prohibido atracar.

Crónica de un muelle soñado durante tres generaciones | LP/DLP

Niños bañándose junto al dique. / La Provincia

Durante décadas, el muelle fue una promesa incumplida. En 1831 se intentó reanudar las obras con la creación de una junta local (Junta del Muelle), pero no fue hasta septiembre de 1844, que se encargó la dirección de las mismas al comandante de ingenieros don Nicolás Clavijo, momento desde el cual avanzaron con mayor rapidez, pero nunca concluyeron. El Estado prometió 100.000 reales anuales en 1849…. que no se vieron hasta 1852. Pero los duros temporales de 1856 y 1857 arrasaron lo avanzado. Y enfrente, en Santa Cruz de Tenerife, las obras del puerto crecían sin complejos. El inacabado Muelle de Las Palmas se había convertido en una remora para el crecimiento económico de la ciudad.

En 1858 llegó a la isla el joven Juan León y Castillo, ingeniero recién titulado, y tras estudiar e inspeccionar los trabajos realizados en aquel viejo muelle, comprendió que el proyecto de 1789 ya no servía para nada. Propuso un nuevo proyecto y prolongar el muelle en 1862, pero no fue aprobado por la superioridad. Al año siguiente se aceptó proyecto de Francisco Clavijo, su superior, menos ambicioso y más modesto. Se iniciaron obras, pero poco se avanzó y en 1870 quedaron rescindidas. En resumen, 60 años después de puesta de la primera piedra, finalizaron los trabajos de un muelle que la naturaleza mostraba continuamente lo inapropiado del lugar.

Los efectos en la sociedad grancanaria del malogrado muelle hicieron que se volviese la mirada a la propuesta de 1785 del marino don Domingo de Nava y Porlier, y tímidamente se abrió paso la idea de crear en La Luz un muelle auxiliar al de Las Palmas. Primero en 1854 se iniciaba la construcción de la carretera de Las Palmas al Puerto de La Luz, y vino después el informe pro-La Luz del gobernador de Canarias al ministro de Fomento en 1856. Y ya en 1861, abiertamente el Ayuntamiento de la ciudad que declara «de absoluta necesidad» disponer de un puerto de estación, de abrigo y de refugio en La Luz. Se abría así un periodo de veinte años y tres inténtenos para conseguir el «nuevo puerto» en las Isletas, y se abandonaba definitivamente al Muelle de San Telmo, calificado ya como el «viejo puerto».

El siglo XX con sus palas mecánicas trajo los rellenos en la costa de naciente de la ciudad, empezando en los años 50 por San Telmo y después llegaron los de la Ciudad del Mar y la Avenida Marítima. Todo aquel muelle primitivo, sus piedras, sus cimientos, su historia, quedó sepultado bajo metros de tierra y asfalto. La ciudad ganó terreno al mar, pero perdió la memoria de su primer abrazo portuario.

Crónica de un muelle soñado durante tres generaciones

Una gran ancla y una placa mantienen vivo el recuerdo en la actual calle Muelle Las Palmas, junto a la biblioteca del Estado. / La Provincia

Por fortuna, en mayo de 2011, al cumplirse los 200 años de aquella primera piedra, por iniciativa de Juan José Laforet, cronista oficial de la ciudad, y la Real Sociedad Económica de Amigos del País, la Autoridad Portuaria costeó un modesto monumento recordatorio justo donde arrancaba aquel primer muelle de la ciudad, en la esquina de la calle Venegas con la calle Muelle de Las Palmas en la actualidad una pequeña calle junto a lado norte del Parque de San Telmo.

El poeta Domingo Rivero le dedico su poema El muelle viejo refiriéndose a éste como «anhelo de tres generaciones … como presagio humilde de la ciudad futura».

Historias que los habitantes de esta cosmopolita ciudad atlántica, marítima y portuaria, en suma, una ciudad de mar y de cultura, merecen ser recogidos en un museo de la ciudad marítima que dé a conocer su trayectoria de ciudad atlántica.n

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