El origen del esqueleto humano del IES Pérez Galdós más allá de las leyendas: "Sigue sirviendo como objeto de estudio"
Los huesos llegaron al centro como material didáctico facilitado por el Ministerio de Instrucción Pública (1900-1936)
El esqueleto protagonizó un estudio del alumnado para desmentir el mito de que los huesos pertenecieron a una monja

El esqueleto humano del museo del IES Pérez Galdós, junto a otros materiales didácticos antiguos para el estudio de la anatomía / Andrés Cruz

El museo del IES Pérez Galdós, en Las Palmas de Gran Canaria, está lleno de recortes de historia educativa. Su patrimonio, que también se erige como una herramienta de enseñanza, incluye un esqueleto humano real rodeado de láminas restauradas y figuras anatómicas antiguas que se utilizaban hace décadas para enseñar biología. Ese era el objetivo del esqueleto antes de que se convirtiera, hacia los años 80 del siglo pasado, en una pieza más del museo, a la que el "morbo" y la controversia han dado un papel protagonista en algunas ocasiones.
Según explica el director del centro, Vicente Ramírez Domínguez, el paso de los años contribuyó a que se extendieran leyendas sobre el origen de los restos, que se encuentran en una vitrina con "garantía de conservación y respeto". Entre otras teorías, se especulaba que podrían haber pertenecido a una monja. Pero un grupo de estudiantes de bachillerato realizó una investigación, publicada en el año 2024, para descartar los rumores con el método científico.
Historia, patrimonio y debate
Estos huesos son un pedazo de legado histórico y patrimonial que se mezcla con un debate a la orden del día en museología: la exhibición de restos humanos. Parte del profesorado opina que el "morbo" ha llevado a que el esqueleto destaque por encima de otras piezas de gran valor que posee el museo, algunas anteriores a 1890. También hay muchos otros artefactos que se han perdido por el camino, entre el paso del tiempo y las mudanzas de sede. No es de extrañar, ya que a sus 110 años es el primer centro público de la provincia de Las Palmas.
Al igual que ha cambiado el contexto social, político y cultural a lo largo de un siglo, también lo han hecho los usos del esqueleto. En ese tiempo ha perdido una mano, algunos dientes y unos pocos tarsos del pie, además de haberse partido varias costillas. "Más allá del posible debate, si no está olvidado en la basura o en un almacén es porque alguien, en un momento dado, tuvo la sensibilidad y el respeto de buscar, investigar, recuperar, mantener y guardar", relata Ramírez.
Un material didáctico cuyos usos han evolucionado
Inicialmente, el esqueleto llegó al instituto como un material didáctico facilitado por el Ministerio de Instrucción Pública (1900-1936), que brindaba huesos reales a todos los centros para que el alumnado estudiase anatomía. Por ello, en algunas partes aún conserva marcas y anotaciones. No fue hasta los años 80 cuando empezaron a repartirse modelos artificiales, por lo que el esqueleto pasó a formar parte del laboratorio de biología y, finalmente, se integró en el museo, contextualizado junto a otros recursos anatómicos de distintas épocas.
Una vez en el museo, que también sirve como aula, se ha seguido utilizando como recurso educativo para enseñar competencias científicas o reflexionar sobre la ética y la sensibilidad en el trato de restos humanos. Solo se extrae de su vitrina para experimentos puntuales, como es el caso de un estudio que dirigieron las profesoras Elena Mujica Fernaud y Evelyn Díaz Guevara con la promoción de 2022-2023 de primero de bachillerato.
Una investigación para determinar su sexo y edad
El alumnado realizó una investigación antropomórfica y antropométrica como parte de la asignatura de Anatomía aplicada. De este modo, averiguaron que el esqueleto perteneció a un hombre de entre 30 y 50 años. La limitación de recursos, la contaminación de las muestras y la antigüedad de los huesos se tradujeron en una horquilla de edad muy amplia, pero los resultados fueron corroborados por el Museo Canario, con el que suelen colaborar.
La intención del centro –para lo que necesita más recursos– es llevar a cabo estudios genéticos, dataciones de carbono 14 o paleopatología, lo que les permitiría ahondar más en la historia del esqueleto y esbozar el motivo de su muerte. "Es una manera de aprender contenido de manera práctica con sumo respeto. Ya no se usa para enseñar a los alumnos qué es un fémur, pero sigue sirviendo como objeto de estudio y para enseñar la historia de nuestro centro", desgrana Mujica.
Ni expolio ni profanación
En cuanto a otros detalles de su identidad, por ahora permanecen bajo un halo de misterio. El profesor José Esteban Martín Culebras desgrana el motivo: "Nosotros no tenemos ningún documento que especifique el contrato por el que se adquirió. Los centros somos receptores. Si aún se conserva la documentación, debe estar en los fondos del antiguo Ministerio de Instrucción. Pero hay una cosa que es segura: en esa época no podía ser resultado del expolio ni de profanación de tumbas porque la legislación no lo permitía. La mayoría eran cuerpos donados a la ciencia".
Por ese motivo, aquellos centros que tienen la condición de Institutos Históricos disponen de ejemplares parecidos, al estar estandarizados por el Ministerio de antaño. Es el caso del IES Cabrera Pinto, en La Laguna, o el San Isidro, en Madrid. Muchos de ellos también conservan colecciones de animales disecados, artefactos antiguos de laboratorios y figuras educativas de la época. Y en el Pérez Galdós hay algunos objetos especiales, como una linterna mágica francesa que funciona con un candil o las ropas del sacerdote que oficiaba las misas allí. Y es que antes de ser un aula o un museo, fue una capilla.
Sobre la dicotomía entre exhibir o no exhibir restos humanos, Ramírez asegura que están abiertos al debate, si bien matiza que "es normal que el centro luche por conservar su patrimonio" atendiendo a las consideraciones éticas y filosóficas de cada tiempo. En esa línea, insiste en la importancia de contextualizar adecuadamente su significado y gestionarlo con respeto.
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