Crónica de un rompesuelas
Tocata y fuga del alférez Kraus
El martes se cumplieron 75 años del concierto que el Teatro Pérez Galdós dedicó a Verdi: la noche que Alfredo Kraus burló la disciplina militar para cantar junto a una generación de voces extraordinarias

Retrato de juventud de Alfredo Kraus. / La Provincia
Casi nadie de los que llenaban el Teatro Pérez Galdós la noche del sábado 7 de julio de 1951 sospechaba que el tenor que acababa de aparecer en escena había desobedecido una orden militar para poder cantar. Alfredo Kraus, de apenas 23 años, era alférez de las Milicias Universitarias y aquella misma tarde debía permanecer en el campamento de Hoya Fría, en Tenerife. Sin embargo, allí estaba interpretando a Radamés en el homenaje que Las Palmas dedicó a Verdi en el cincuentenario de su muerte.
Aquel concierto fue mucho más que un homenaje al compositor italiano. Se hizo en beneficio de la Cruz Roja y actuaron la Coral Polifónica de Las Palmas y la Orquesta Filarmónica. El programa ofrecía una selección excepcional de las grandes páginas del autor italiano.
Abrió el programa el Coro de Zíngaros de Il Trovatore, cuyo solista fue la soprano Milagros Argüello, de quien la prensa alabó su justo acento expresivo. Siguió el aria del tercer acto, a cargo de Kraus, cuya expresión fue calificada de viril y poderosa. Luego llegó el Miserere, con la soprano lírica Virginia Martín -de íntimo sentimiento y suavidad aterciopelada en la emisión vocal- y Kraus.
A continuación, la Escena del Juicio de Aída reunió a Virginia Martín Hinojal y Alberto Rachid Torvay. Al ser el debut de este último, la crítica adivinó en él «un próximo magnífico bajo» que fue elogiado por su preciosa y cálida voz, libre de las cavernosas asperezas tan comunes en los cantantes de su cuerda. El dúo final, con acompañamiento de coro, corrió a cargo de la soprano Elisa de la Nuez y Kraus en el papel de Radamés.
Lo que casi nadie sabía era que aquel joven que interpretaba a un capitán dividido entre el deber y el amor era, en realidad, un alférez que apenas unas horas antes se debatía entre obedecer la disciplina militar o acudir a un concierto que no admitía sustituto.
Por eso, la directora de la Coral, María Suárez Fiol, afligida, había rogado a un expresidente del Club Náutico, el teniente coronel de Artillería Antonio Lucena Gómez, que después sería ascendido a general, que evitara que el concierto quedara incompleto. Para ello, Lucena habló con el capitán de Infantería Pedro Pérez-Andreu de las Casas, que dirigía el campamento y poco antes de levantarse el telón, Kraus apareció en el teatro.
Radamés y Kraus, capitán y alférez, desertaron por amor: el primero por Aída; el segundo, por la música. Radamés acabó condenado por su fuga; Kraus, en cambio, regresó a Tenerife sin que nadie reparase en la suya, pues a la mañana siguiente ya estaba de vuelta en el campamento, con tal rapidez que muchos compañeros de instrucción no le creyeron cuando les confesó su escapada.
Luego, Elisa de la Nuez interpretó en solitario el preludio y aria del segundo acto de Un ballo in maschera, que fue considerada insuperable.
Posteriormente, el bajo-barítono, Antonio Ortega Martín cantó la romanza del tercer acto de Don Carlos, destacando por el buen gusto con que manejaba la voz, por lo que se le consideró una de las mejores voces —«en su cuerda la mejor indiscutible»— oídas en Canarias, con facultades para llegar a ser, de proponérselo, un bajo de fama mundial.
Inmediatamente, Dolores Massieu Verdugo resolvió el preludio, la Canción del Sauce y el Ave María de Otelo. De ella se elogió el fino sentido musical, su bella voz, perfecta dicción, timbre delicioso, notas de cristal de bohemia y una expresión tierna y apasionada a un tiempo, pues no solo cantaba con la voz sino con los ojos y el gesto, infundiendo más vida a lo que interpretaba.
Cerró el programa La Traviata, con tres momentos: el dúo del segundo acto, entre Elisa de la Nuez y Tomás Hernández Pulido —de facilidad en las notas y bello timbre, descrito como «cantante completo de cálida y apasionada voz que maneja con maestría»—; el aria del tercer acto, por Dolores Massieu; y el concertante final del segundo acto, con Elisa de la Nuez, Virginia Martín, Kraus, Tomás Hernández Pulido, Antonio Ortega, y Alberto Rachid Torvay. Manuel Díaz Reina y Juan Rodríguez Marrero, unidos a los anteriores, consiguieron esa unidad tan difícil de lograr en los conjuntos, para que no fueran tantas voces cantando juntas sino una voz con muchos matices. No en vano eran alumnos de algunas de las más prestigiosas profesoras de la isla, entre ellas Lola de la Torre, Isabel Torón y María Suárez Fiol. Los aplausos redoblados del público obligaron a repetir el concertante al final de la velada.
Asimismo, la Coral Polifónica de Gran Canaria demostró ser un ejemplo evidente de todo lo que se puede lograr con tesón en el trabajo, firmeza en la disciplina y constancia en el entusiasmo. La crítica añadió que la Coral, «como siempre, magnífica y superándose», atendía a los menores detalles de matiz y expresión, consiguiéndolos como si fuera una sola persona, y demostró en este concierto la intensidad dramática cuando era necesaria.
Todas las voces eran juveniles, frescas y de amplio registro, y gracias al trabajo constante y al estudio iban adquiriendo un dominio cada vez mayor de los recursos propios del arte vocal. La Orquesta Filarmónica, en espera de que le llegaran días mejores y se renovaran los éxitos logrados en otros tiempos, prestó su colaboración. Al frente estuvo Luis Prieto, que había asumido la labor —insospechada para casi todos— de preparar el concierto: una labor abrumadora que llevó a término con éxito y toda brillantez.
Al final, María Suárez Fiol, visiblemente conmovida, apenas lograba sobreponerse al torrente de abrazos y besos que la envolvía con sincero afecto. Aquellas emotivas muestras de cariño sólo cesaron cuando hizo su aparición el gobernador civil, José García Hernández, quien años más tarde sería vicepresidente del Gobierno y ministro de la Gobernación. Profundamente emocionado, se acercó para expresarle su agradecimiento y transmitirle su más cordial enhorabuena.
Recordando aquel concierto 75 años después es evidente que ninguno de aquellos jóvenes carecía de talento. Sin embargo, salvo Alfredo Kraus, casi todos acabaron desarrollando profesiones ajenas a la música: Alberto Rachid Torvay, de origen libanés, terminó dedicándose a regentar el bazar de sus padres, Almacenes Flor del Líbano, dedicado a la venta de ropa masculina en la calle Juan Rejón. Antonio Ortega Martín, se casó con Virginia Martín Hinojal en diciembre de ese mismo año y fue jefe de publicidad de LA PROVINCIA durante las siguientes tres décadas. Su esposa nunca dejó de cantar en el ámbito privado. De hecho, su voz no se apagó con la edad. Al contrario, siempre cantaba y, a juicio de quienes la escucharon, su refinamiento artístico no dejó de aumentar con los años. Por su parte Tomás Hernández Pulido sería consejero delegado de Prensa Canaria y Dolores Massieu Verdugo —que por aquel entonces era más conocida por su nombre de casada, señora Massieu de Camalich—, se dedicaría a la pintura y se haría mundialmente famosa como Lola Massieu.
Aquella noche el público creyó asistir simplemente a un magnífico concierto. En realidad, estaba contemplando una generación excepcional de cantantes canarios que no pudo desarrollar todo su potencial por la falta de medios y las limitaciones de la insularidad. Solo uno logró completar su verdadera fuga: escapar del campamento y del destino que aguardaba a los demás. Alfredo Kraus.
Pero aquel concierto también se cobró una víctima mortal, aunque esa es una historia tan trágica que merece una crónica aparte.
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