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Crónicas de un rompesuelas

Un concierto y dos funerales

La semana pasada conté cómo fue el concierto que hace 75 años el Teatro Pérez Galdós dedicó a Verdi; hoy la historia de las dos muertes que lo marcaron

José Mesa y López.

José Mesa y López. / La Provincia

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En la madrugada del 14 de marzo de 1951, José Mesa y López se sentó ante la mesa de su despacho, en su vivienda de la primera planta del número 4 de la calle Obispo Codina. Allí escribió de su puño y letra una carta a la soprano y profesora de canto Isabel Macario relatándole todas las gestiones realizadas aquella tarde. Cerró la carta, la dejó sobre la mesa y se acostó junto a su mujer, Margarita Gómez Bosch. Poco después le sobrevino una crisis cardíaca. Ella oyó un ruido que la despertó, pero no le dio importancia. A la mañana siguiente lo encontró muerto. Tenía 74 años. La carta seguía sobre la mesa de su despacho, sin que nadie supiera aún qué contenía.

¿Qué gestiones eran aquellas que lo habían retenido hasta tan tarde y lo habían dejado exhausto? Para entenderlo hay que retroceder unas semanas.

A mediados de siglo, Las Palmas de Gran Canaria tenía dos coros y una sola batuta. Por un lado, el de la veterana Sociedad Filarmónica, fundada en 1845; por otro, la recién creada, en 1947, Coral Polifónica de Gran Canaria. Ambos estaban dirigidos, curiosamente, por el mismo hombre, Luis Prieto García, lo cual no impidió que acabaran disputándose la organización de un homenaje a Verdi.

La idea había nacido de José Mesa y López, presidente de la Filarmónica, melómano, verdiano apasionado y violinista aficionado. Se la confió a Isabel Macario, vocal de la directiva, y la Sociedad encargó al coro un gran concierto dedicado al compositor italiano. El presidente, que sentía predilección por ciertos fragmentos de La Traviata, quiso que fueran cantados precisamente por ella. Sobre el papel, todo estaba decidido, pero en la práctica nada avanzaba; entonces empezaron las protestas de los coristas contra el director y contra el secretario técnico de la Filarmónica, Miguel Benítez Inglott, que resultó ser el verdadero obstáculo.

Benítez Inglott se oponía a que fuera la Filarmónica quien asumiera el homenaje verdiano, pero, como no se atrevía a enfrentarse al presidente, optó por una estrategia mucho más discreta: retener las partituras, retrasar las copias de las particellas y dejar que el tiempo hiciera el trabajo sucio para que el homenaje acabara en manos de la Coral Polifónica, agrupada en torno a María Suárez Fiol y sus alumnos de canto.

Isabel Macario se enteró de que el Patronato de la Filarmónica iba a debatir sobre el concierto y decidió avisar al presidente de lo que estaban tramando. Mesa y López, al conocer todo el trasfondo, no salía de su asombro. Aquello iba mucho más allá de una desavenencia musical: constituía una traición difícil de aceptar por quien durante dos décadas había sido uno de los políticos más influyentes de la isla. Presidente del Cabildo, alcalde en dos ocasiones y diputado, había sido el máximo exponente del caciquismo isleño hasta que, al estallar la Guerra Civil, se retiró de la política para centrarse en su profesión de abogado.

Antonio Mesa y López. | LP/DLP

Antonio Mesa y López. / LP/DLP

A sus ojos, aquello resultaba inconcebible. ¿Cómo podían traicionarlo precisamente a él, después de todo lo que había hecho por la ciudad? Al frente del Ayuntamiento había impulsado la carretera que conectaba el casco urbano con el Puerto de La Luz, creado el primer Instituto de Segunda Enseñanza y promovido la reforma del Hospital San Martín. ¡Y, si no había hecho mucho más, era porque el golpe de Estado de Primo de Rivera y, años después, la proclamación de la Segunda República lo habían obligado a abandonar la alcaldía!

Por eso, el 13 de marzo se presentó, a la hora de la comida, en casa de Saulo Torón, en la calle Hermanos García de la Torre de Ciudad Jardín. Dejó a su chofer en la puerta, atravesó el patio, entró por la cocina y una vez en el comedor mantuvo con Isabel Macario una larga conversación en la que repasaron el asunto punto por punto. Su enfado era tal que de allí se marchó directamente a la factoría pesquera que el armador Juan Melián Schamann tenía en la avenida Apolinario, en Guanarteme, donde trabajaba Benítez Inglott, para pedirle explicaciones. No hicieron falta muchas: bastó con que, a partir de ese momento, el presidente decidiera prescindir de él y ocuparse personalmente de todo.

Herido por la traición, tomó las riendas de la organización esa misma tarde. Ordenó que se sacaran todas las copias que faltaban. Consiguió que la orquesta empezara a ensayar de inmediato La Traviata, para seguir después con Ernani. Acordó con Rafael Jáimez Medina, primer chelo de la Orquesta Filarmónica, que esa misma semana comenzara a enseñar el concertante al coro. Tanto esfuerzo lo dejó exhausto, pero antes de acostarse tuvo fuerzas para escribir la carta que quedó sobre la mesa de su despacho.

Un entierro multitudinario y una carta con final inesperado

Alrededor de las seis de la tarde del día siguiente, se congregó una enorme multitud en la calle Obispo Codina para acompañar el cadáver hasta su última morada. La carroza fúnebre iba cubierta de coronas, entre las que destacaban las del Ayuntamiento, el Cabildo, el Patronato de la Sociedad Filarmónica, la Real Sociedad de Amigos del País y el Colegio de Abogados, entidades que tenían nutridas representaciones en el cortejo. La banda municipal interpretó diversas marchas fúnebres durante el trayecto, y la orquesta de la Filarmónica, colocada en el atrio de la Catedral, ejecutó la marcha fúnebre de Chopin al paso del féretro.

Ya en el Cementerio de Vegueta, terminado el entierro, uno de sus colaboradores le entregó la carta a Saulo Torón para que se la diese a su esposa, ya que por aquel entonces las mujeres no acudían a los entierros. Isabel Macario la abrió esa misma noche y al leerla descubrió que concluía con una frase que jamás habría escrito de haber sabido que sería la última: «¡Ya ve Vd. que las cosas poco a poco se van arreglando!», pues nada, en realidad, se arreglaría.

El 27 de marzo se reunió el Patronato de la Filarmónica. En la sesión se dio cuenta del fallecimiento de su presidente y se acordó que el vicepresidente, que no era otro que su hermano mayor, Antonio Mesa y López, asumiera interinamente la máxima responsabilidad hasta las elecciones previstas para finales de año.

El homenaje a Verdi acabó celebrándose, precisamente, como Mesa y López había intentado evitar: bajo la organización de la Coral Polifónica, el 7 de julio de 1951. Al día siguiente, murió también su hermano Antonio, a los 75 años.

En los grandes conciertos suele haber rencillas y rivalidades. En el homenaje a Verdi de 1951 esa trastienda tuvo un desenlace fúnebre doble

En esta ocasión el óbito no sorprendió a nadie, pues desde hacía tiempo atravesaba una aguda dolencia, pero hubo quien dijo que no haber logrado que el homenaje por el que tanto había luchado su hermano se realizara tal como este había deseado fue el último clavo en su ataúd.

A la tarde del día siguiente se realizó su entierro, que volvió a constituir una gran manifestación de duelo integrada por todas las clases sociales de la ciudad, pues el finado había sido profesor del Colegio San Agustín, administrador del Hospital San Martín y hasta librero. Al pasar el féretro por delante de la Catedral, la Orquesta de la Filarmónica volvió a interpretar la misma marcha fúnebre de Chopin que había despedido a su hermano José.

Aquel homenaje a Verdi comenzó con la muerte de un presidente de la Filarmónica y concluyó con la de otro. Entre ambas transcurrieron 116 días y un concierto que jamás llegó a celebrarse como José Mesa y López había imaginado. Quizá por eso su última frase acabó convertida en un epitafio involuntario.

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