Historia
¿Qué fue del mono Felipe? La historia del animal más famoso del Parque Doramas cuyo cráneo acabó en Jinámar
El chimpancé se convirtió en una atracción popular antes de que su historia quedara reducida a un vestigio conservado por un taxidermista

La Provincia

La historia del mono Felipe no es de cuento de hadas. Este primate pasó gran parte de su vida en una jaula en el antiguo zoológico del Parque Doramas, atado con unas cadenas y siendo el blanco de las burlas de niños y adultos. El simio generó una adicción al tabaco, en su tiempo libre ‘leía’ el periódico y recurría bastante a menudo al onanismo. Décadas después del cierre de este improvisado parque animal en la capital, muchas personas se preguntan a dónde fue a parar Felipe, uno de los animales más queridos y recordados. En la actualidad, lo único que queda de él es su cráneo, que ha guardado durante años un taxidermista en su taller de Jinámar.
Rafael Román, más conocido como Feluco, lleva toda la vida dedicándose a la taxidermia. La profesión la aprendió de su padre desde que era tan solo un niño. De hecho, con tan solo cuatro o cinco años Román recuerda la impresión que dejó en su padre intentar disecar a Felipe. «Estuvo con revolturas en el estómago durante una semana», cuenta. Es más, incluso llegó a pensar en dejar la profesión. Para preservar el cuerpo es necesario tomar todas las medidas, después desechar los órganos, sangre y la mayoría de huesos. En realidad, del cuerpo se aprovecha prácticamente solo la piel, ya que se elabora uno nuevo de forma artificial con el material pita de escayola. Su padre, afanado en este proceso con Felipe, se quedó traspuesto al llegar a las manos. En ese momento se dio cuenta de lo similares que eran a las humanas y tuvo que parar inmediatamente porque sufrió un vahído. «Recuerdo a mi madre asustada pidiéndome que ayudara a mi padre», dice Román.
El taxidermista rememora que desechó los restos del animal y guardaron el cráneo, que ha atesorado todos estos años. Román explica que su padre no pudo completar el trabajo con Felipe, pero sí lo hizo con un avestruz y una leona, compañeros del primate.
Inauguración del zoo
El zoológico fue inaugurado el 18 de julio de 1958 y se convirtió en uno de los planes favoritos para la población. Siete años después las cifras de visitantes superaban las 10.000 personas mensuales, que se deleitaban con los 200 ejemplares de más de un centenar de especies. Algunos de los animales más destacados eran una tortuga gigante, flamencos, leones, serpientes, cisnes negros, ciervos, lobos, cocodrilos o llamas. Incluso dos osos polares formaron parte de la lista de animales que albergaba el parque.

Cráneo del mono Felipe, que estuvo en el zoo del Parque Doramas. / Andrés Cruz
La idea de colocar el zoo en este enclave fue del urbanista de origen menorquín Nicolau María Rubió i Tudurí. El arquitecto era un amante de los viajes exóticos y consideró que el Parque Doramas era el espacio perfecto para acercar a los canarios la fauna salvaje de África. Sin embargo, el enclave no contaba con las condiciones necesarias para el cuidado y bienestar de la fauna silvestre. El espacio era muy reducido y muchos de los animales vivían en pequeñas jaulas sin calidad de vida.
Última etapa
Con el paso de los años la situación se recrudeció: el zoo empezó a convertirse en un espacio insalubre y la fauna comenzó a escasear poco a poco. El veterinario Augusto Fierro se encargó de anestesiar en la década de 1990 a los animales que quedaban, que según el listado eran cinco leones, dos osos polares y varios lobos y monos, entre ellos, Felipe.

Rafael Román, taxidermista, con el cráneo del mono Felipe. / Andrés Cruz
Felipe, que en realidad era un chimpancé, no tuvo una vida de color de rosa sino que fue el blanco de las burlas de muchos de los visitantes. El simio podía fingir que leía el periódico, se metía dentro de un saco a modo de manta y fumaba como un camionero. Estas acciones humanas eran percibidas como simpáticas y curiosas. Pero varias personas llegaron a darle cerillas encendidas para quemar sus dedos o pitillos al revés para marcar su lengua. Otro de los pasatiempos era ir a verlo para pillarle masturbándose, —que según reflejan los periódicos de la época solía hacerlo bastante—, una acción que era igualmente celebrada como condenada por su público.
Felipe no solo estaba enjaulado sino que ha quedado retratado para la historia con una cadena metálica en el cuello, símbolo de una vida en cautiverio marcada por las jugarretas y la indiferencia. Hoy, su cráneo permanece en un taller de Jinámar como el último vestigio de aquel zoo desaparecido y como recordatorio incómodo de una época en la que el entretenimiento pesaba más que la vida de los animales.
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