¿Por qué se llama así La Cícer en la playa de Las Canteras?
El nombre de La Cícer guarda una historia que explica parte de la transformación de esta zona de Las Palmas de Gran Canaria

La central de la CICER en los años 50. / Fedac

Un martes de verano da para mucho, incluso para detenerse en el origen de La Cícer. Más allá de la anécdota, este capítulo ayuda a entender una etapa clave de la transformación económica y social de Las Palmas de Gran Canaria. Para algunos será volver sobre algo conocido, incluso preguntarse cómo es posible que haya que contarlo de nuevo; para otros, descubrir por primera vez una parte de la historia de la ciudad. Un episodio que explica cuánto ha cambiado la capital.
Hoy La Cícer es una de las zonas más reconocibles de Las Canteras. Al no estar protegida por la barra natural, recibe un oleaje constante que la convierte en un lugar habitual para el surf, tanto para los que empiezan como para quienes ya tienen experiencia. Pero detrás de ese perfil ligado al mar hay otra historia. Antes de conocerse popularmente como La Cícer, esta zona costera era la playa de Guanarteme, por el barrio del mismo nombre, muy diferente al actual.
Pasó de ser un barrio de pescadores, en las afueras de la ciudad, a integrarse en el tejido productivo y urbano de Las Palmas de Gran Canaria. De aquella transformación industrial, con una central eléctrica como protagonista, surgió también el nombre de La Cícer.

La Cícer en la actualidad. / Juan Carlos Castro
La historia de la CICER
En 1897, el Ayuntamiento de Las Palmas firmó un contrato con una compañía belga para empezar a desarrollar el suministro eléctrico de la ciudad, dando lugar a la Sociedad Eléctrica de Las Palmas (SELP), que operó con exclusividad durante más de tres décadas desde su fábrica en la actual Plaza de La Feria. Asociada también al servicio de gas y al tranvía —que desde 1910 ya funcionaba con electricidad—, la SELP controlaba varios sectores clave de la capital.
El monopolio comenzó a resquebrajarse en 1929, explica el historiador Agustín Millares Cantero, cuando la Compañía Insular Colonial de Electricidad y Riegos (CICER), creada un año antes por el ingeniero Gustav Winter, recibió una concesión del ayuntamiento que le permitía dar alumbrado a particulares. El alemán había llegado a la Isla en 1925 con la idea de electrificar todo el Archipiélago, cuenta César Javier Palacios. Su planta, ubicada en Guanarteme, contaba con maquinaria moderna y una capacidad de producción de 12.000 caballos (de potencia).
Aunque oficialmente se llamaba Central Alfonso XII, nadie la conocía así. Para los vecinos siempre fue La Cícer, por las siglas de la compañía, y con ese nombre acabó llamándose también a la zona.

Primo de Rivera inaugura la CICER en 1928. / Kurt Herrmann (Fedac)
La empresa cobraba mucho menos que la SELP, y eso bastó para que muchos, hartos ya de los abusos de la belga, se cambiaran enseguida. Sin embargo, el contrato municipal con la SELP prohibía a cualquier otra empresa utilizar su red, y eso dejó a la CICER prácticamente aislada, sin acceso al centro urbano. Se vio obligada a suministrar energía apenas a varios pueblos, sin capacidad real de crecer. Era una situación ruinosa para la empresa recién creada.
De vuelta al monopolio
Ante la desalentadora realidad que enfrentaba la compañía, Winter cruzó el océano para reunirse con inversores estadounidenses. Había que colocar aquel 'chollo' donde se pudiera. Un grupo de capital americano, con mucho interés por controlar el sector eléctrico, compró la CICER. No tardaron en descubrir el pastel. Los impedimentos administrativos y legales eran demasiados para lo que habían pagado, así que acabaron revendiéndola a la misma compañía estadounidense que ya se había hecho con la SELP, la Chicago Electric Company.
A partir de ahí, ambas empresas, aunque seguían figurando como entidades distintas, quedaron bajo el control del mismo consorcio, que no tardó en reactivar el viejo monopolio. Desde los años treinta, la planta de Guanarteme comenzó a derivar su energía hacia la central de la SELP, violando abiertamente las condiciones originales de la concesión. La posición de dominio absoluto les permitía hacer y deshacer a su antojo, burlando numerosas disposiciones municipales que, irónicamente, habían sido redactadas y defendidas por las propias compañías años atrás.

La Compañía Insular Colonial de Electricidad y Riegos (CICER), en 1928. / Fedac
Cuenta Millares que muchos trabajadores de la SELP perdieron su empleo: ya no eran necesarios, pues toda la energía procedía ya de la CICER. Para evitar las tensiones con el Ayuntamiento, el consorcio estadounidense ofreció en 1931 la cesión gratuita de sus acciones en la Sociedad de Tranvías —la empresa que gestionaba el transporte público de la ciudad—, intentando así calmar los ánimos tras los despidos y las irregularidades acumuladas.
Aquello no fue más que una maniobra de distracción. En paralelo, los americanos planeaban consolidar su control del sistema eléctrico bajo una sola estructura. Ese mismo año se formalizó la creación de la Unión Eléctrica de Canarias (UNELCO), una nueva compañía que absorbía tanto la CICER como la SELP. Aunque registrada como empresa española, los americanos seguían al mando con una mayoría accionarial.
Cierre de la central
La central eléctrica de Guanarteme cesó su actividad en la década de 1980, en el contexto de la reestructuración del sector energético en Canarias. Esta transformación acabó alejando la industria de las zonas con más potencial turístico y permitió recuperar, en este caso, el suelo costero para la ampliación del paseo de Las Canteras. Aunque el desmantelamiento comenzó poco después, algunos restos de la antigua central todavía permanecen.
En 2015, el Ayuntamiento comenzó a retirar los restos de la antigua central eléctrica que habían quedado al descubierto en la playa tras varios temporales. Desde entonces, y todavía en 2024, las mareas más intensas continúan sacando a la luz fragmentos de la vieja estructura, que se retiran de forma progresiva. Algunos restos se han conservado como recuerdo de la fábrica que dio nombre a una de las zonas más reconocibles de la capital grancanaria.
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