Crónicas de un rompesuelas
El último partido del primer árbitro
En tiempos de tanta pasión futbolística, es el momento de recordar la historia del primer árbitro de Gran Canaria, Andrés Russo, que murió de una hemorragia cerebral presenciando un partido del deporte británico que había ayudado a implantar en la isla

Las Palmas Football Club en 1902. / La Provincia
Aquel domingo 23 de marzo de 1924, Andrew James Russo Peterkin -Andrés Russo para los canarios- asistía a un partido en el estadio Campo España, inaugurado nueve años antes en el espacio que hoy ocupa el edificio homónimo. Tenía 51 años y, aunque se había retirado del arbitraje, seguía viviendo el fútbol con la misma pasión. Su prestigio lo había convertido en una pieza indispensable de la comisión de la Cruz Roja organizadora del campeonato, de la que era presidente.
Aquella tarde se enfrentaban el Real Club Victoria y el Marino F. C. en el partido de desempate del Campeonato de Gran Canaria. Era el octavo encuentro de la segunda vuelta del torneo y la esperada revancha del Marino, derrotado por tres goles a cero en el primer enfrentamiento. Desde hacía días no se hablaba de otra cosa en la ciudad. ¿Repetiría el Victoria su triunfo? ¿Lograría el Marino conquistar por fin el ansiado título de campeón? La expectación era tal que unas siete mil personas abarrotaban las gradas.
El partido comenzó a las cuatro y cuarto de la tarde. Mientras los jugadores se estudiaban en los primeros compases, Andrés no podía evitar que su memoria retrocediera treinta años, hasta los días en que el fútbol era poco más que una curiosidad británica.
Recordó su llegada desde Gibraltar en 1890 para trabajar en la consignataria Miller, junto al muelle de Santa Catalina. Allí empezó a organizar partidos entre la colonia británica y las tripulaciones de los buques que recalaban en el Puerto de La Luz, hasta convertirse en el primer árbitro de Gran Canaria, respetado por su profundo conocimiento del reglamento, por su autoridad en el terreno de juego y, sobre todo, porque para los británicos su pertenencia a la masonería constituía un aval de rectitud e imparcialidad.
Así fue testigo del nacimiento de los primeros clubes de fútbol de la isla: el Las Palmas Football Club y el Grand Canary Football Club, integrados exclusivamente por británicos, hasta que los jóvenes canarios dejaron de observar desde la banda y comenzaron a fundar sus propios equipos. Entre ellos estaba el Real Club Victoria, del que él fue uno de sus fundadores y, con los años, presidente de honor.
Los primeros partidos se disputaban en explanadas improvisadas -piedras y botes de hojalata marcaban los límites del campo, y dos palos con un travesaño hacían de portería-, primero en los arenales próximos al Hotel Metropole, hasta que las trabas de las autoridades municipales terminaron por confinarlos al Campo de Las Rehoyas.
Finalmente, el viernes 9 de febrero de 1894 la prensa grancanaria anunció por vez primera la celebración de un partido de aquel ‘extraño’ deporte. Como la palabra football resultaba prácticamente desconocida en España, el periódico prefirió hablar de un «desafío a pelota» entre oficiales de la escuadra inglesa y el Grand Canary Football Club, que tendría lugar al día siguiente en la explanada frente a la estación del tranvía que unía Las Palmas con el Puerto de La Luz.
Tal y como se había anunciado, el sábado 10 de febrero se celebró el encuentro en el entorno del Puerto de la Luz, frente al parque de Santa Catalina, entre miembros de la colonia inglesa y jefes y oficiales de la escuadra británica allí fondeada. Acudieron numerosos curiosos, entre ellos muchas mujeres. El partido apenas duró una hora, pero despertó tal entusiasmo que la carretera del Puerto presentó un movimiento inusitado durante toda la tarde. Los jugadores de la colonia inglesa dieron muestras de agilidad y maestría, aunque de poco les sirvió. La victoria fue para los marinos de la escuadra.
En realidad, aquel partido no fue un estreno, sino la confirmación de una afición que llevaba años creciendo lentamente. El fútbol había llegado a Gran Canaria en la década de 1870 junto con el golf, el tenis o el cricket, de la mano de militares, misioneros, marineros británicos y aquellos jóvenes de la colonia inglesa que estudiaban en su país y regresaban a la isla durante las vacaciones, trayendo consigo aquellas nuevas aficiones.
Para los canarios, ver a aquellos jóvenes en pantalón corto correr detrás de una pelota, empujándose unos a otros, resultaba cuando menos extraño, y no faltó quien lo tomara a burla, tal y como ocurría en la Península. Los isleños estaban acostumbrados al pelotamano, consistente en golpear una pelota pequeña con la mano entre dos equipos que se la pasan y devuelven antes de que rebote en el suelo dos veces. Aquel deporte, llegado al archipiélago con los conquistadores, era tan popular que desde hacía dos siglos daba nombre a una emblemática vía de Vegueta: la calle de la pelota. De ahí que resultara tan chocante que en el nuevo juego el balón no pudiera tocarse con la mano.
Tres décadas habían bastado para ver cómo un entretenimiento reservado a la colonia británica se transformaba en la gran pasión deportiva de los canarios. Aquellos partidos improvisados en los arenales habían dado paso a un estadio repleto y a miles de aficionados capaces de discutir con vehemencia cada decisión arbitral.
Andrés sonrió al recordar aquellos primeros partidos, pero en aquel estadio ya no había piedras marcando las porterías ni curiosos preguntándose qué hacían aquellos guiris persiguiendo un balón. Ahora siete mil personas, en su inmensa mayoría canarios, contenían la respiración por un campeonato.
De repente, un clamor procedente de las gradas lo arrancó de sus recuerdos. El encuentro había ganado intensidad. Las protestas crecían y el ambiente comenzaba a enrarecerse. Él seguía cada jugada con la mirada de quien conoce el reglamento mejor que nadie.
Entonces llegaron varias decisiones que encendieron el partido. El árbitro, Manuel Cabrera, veterano zaguero izquierdo del Club Deportivo Tenerife, expulsó temporalmente a un jugador del Victoria; poco después anuló un gol del mismo equipo, pero acabó concediéndole un penalti. Para muchos fueron decisiones discutibles; para él, que había dedicado buena parte de su vida a aplicar el reglamento, resultaban inadmisibles.
Mientras las protestas arreciaban en las gradas, Andrés se desplomó víctima de una hemorragia cerebral. Tras ser atendido en el palco presidencial fue trasladado al Asilo de San José, donde los médicos hicieron cuanto estuvo en su mano por salvarle la vida, pero todos los esfuerzos fueron inútiles. Andrés falleció a las once de la noche.
Jamás supo que en aquel partido que acabó con su vida su adorado Real Club Victoria terminó imponiéndose por dos goles a cero al Marino y conquistó el campeonato. Tampoco llegó a festejar la celebración más importante de aquel día: el decimoquinto cumpleaños de su hija Dolores.
Al día siguiente, el cortejo fúnebre partió desde su domicilio del Puerto y atravesó toda la ciudad hasta el Cementerio de Vegueta. Tras el coche mortuorio y otro cargado de coronas desfilaron cerca de ochenta automóviles y tartanas en los que viajaban su viuda, la linense Elizabeth Spitzer, sus seis hijos, amigos y personas de todas las clases sociales y nacionalidades. Aquella multitud constituía una extraordinaria muestra del afecto y del respeto que se había ganado a lo largo de su vida.
Su muerte conmovió profundamente a la sociedad grancanaria. No desaparecía únicamente uno de los fundadores del Real Club Victoria, ni el presidente de la comisión organizadora del campeonato de la Cruz Roja. Se iba también uno de los grandes pioneros del fútbol en el archipiélago: el primer árbitro de Gran Canaria, que contempló cómo aquella pasión británica acabó echando raíces en los estadios de la isla y que, paradójicamente, encontró la muerte contemplando el deporte al que había dedicado su vida.
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