Las voces del callejero
El barrio donde las calles cantan: la historia de Los Sanroqueños, la rondalla que unió al Risco de San Roque
Con nombres como Isas, Arrorró, Timple o Sirinoque, el callejero del risco honra la memoria de la rondalla Los Sanroqueños, fundada por Eustaquio Villalba, que impulsó la cohesión vecinal y sacó a muchos niños de la calle

La agrupación folclórica Los Sanroqueños, en el año 1971 / LPR

Las calles del Risco de San Roque, en Las Palmas de Gran Canaria, se pronuncian con el tino y el repique de la música folclórica. Subiendo por su empinada y curva Folías o bajando por una Arrorró que la abraza, las placas de sus esquinas sugieren notas musicales que también resuenan en Timple, Sirinoque, Isas, Tajaraste o Bandurria. La elección de esta nomenclatura, que incluye muchos otros nombres como Tartana, Polca o Malagueñas, no es fruto del azar: corresponde a una historia arraigada a la rondalla Los Sanroqueños, una agrupación tan propia del barrio que su nombre aparece en boca de los vecinos con un inmenso orgullo de pertenencia.
A un lado de la Plaza de Fátima, con las manos al aire para gesticular, dos vecinos de toda la vida charlan entusiastas sobre el pasado. Se trata de Juan Antonio Navarro y Francisco Gutiérrez, quienes aglutinan en sus mentes pequeñas enciclopedias del conocimiento popular del barrio. Sus familias han vivido en San Roque durante generaciones, por lo que recuerdan esos tiempos en que "todo esto era de tierra" y el piche aún no conocía los entresijos del risco.

Esquina de la calle Isas, en el barrio de San Roque / Andrés Cruz
La agrupación que sembró orgullo de barrio
La expresidenta de la asociación vecinal, Pepa Abrante García, rememora que esos caminos corresponden a la parte alta del risco, que no tuvieron nombre hasta los años setenta del siglo pasado. En esa época, muchas de las casas todavía se estaban construyendo. Los últimos años sin nomenclatura coincidieron con los inicios de la emblemática rondalla Los Sanroqueños, fundada por Eustaquio Villalba, cuyo nombre también aparece en el callejero en homenaje a su legado.
Solían ensayar en la emblemática Casa de los Picos Pardos y actuaban en las fiestas populares, también en las de otros municipios de la Isla. "Fue una rondalla muy de barrio y muy de pueblo", desgrana Pepa, que allá donde iba conseguía movilizar toda una guagua llena de vecinas y vecinos. "La gente estaba orgullosa de su barrio, que tiene una historia muy bonita", añade.

Esquina de la calle Folías, en el barrio de San Roque / Andrés Cruz
Convivencia y labor pedagógica
Más allá de la música, los bailes tradicionales o las fiestas, esta agrupación tuvo un papel fundamental en la convivencia y la colaboración vecinal, ya que en muchas ocasiones se organizaron almuerzos o cenas en la parroquia que giraban alrededor de sus canciones: "Siempre la gente del barrio ponía sus platos de comida y se reunía todo el mundo para hablar, que era lo más importante".
Lo que Pepa destaca por encima de todo es la gran labor pedagógica que tuvo con los niños y niñas de la zona, y lo sabe por experiencia propia, ya que sus cinco hijos formaron parte de la rondalla. "Se puede decir con la boca grande que Eustaquio Villalba fue un gran director para la rondalla y para sus alumnos. Sacó a muchos niños de la calle. Con él aprendieron más de 150", relata.
Tal y como recuerda, aquella fue "una época muy buena" para San Roque, a pesar de que la droga empezaba a calar en muchos barrios de la ciudad, precisamente porque la rondalla tuvo un papel fundamental en la prevención. De hecho, Eustaquio se encargó personalmente de que los niños y niñas estudiasen "y luego todos a ensayar".

Calle Saltonas, en el barrio de San Roque / Andrés Cruz
El final de Los Sanroqueños y el principio de su legado
Sin embargo, el paso del tiempo y el cambio de costumbres acabaron por llegar al risco. Como dice Pepa, "todo va caducando". Hace más de 20 años que la agrupación se dio de baja, poco después de que Eustaquio falleciera, debido a la falta de relevo para dar continuidad al grupo. Según cuenta el tesorero de la asociación vecinal, Juan Carlos Rodríguez Santana, eso causó "lamentaciones" entre los vecinos, pero la música no se apagó del todo: "Los Sanroqueños fue una escuela". De hecho, sus hijos Joaquín y Lucía aún llevan el folclore por delante.
Juan Carlos desgrana que, a día de hoy, algunos de sus antiguos componentes siguen reuniéndose ocasionalmente para tocar juntos, muchos de los cuales se han integrado en otros grupos. Mientras, todavía quedan algunas agrupaciones que ensayan en la Casa de los Picos Pardos.
Clases con aroma a pan
De un modo u otro, a pesar de los años transcurridos, las calles del risco no han perdido la memoria. También se mantiene en las charlas de Juan Antonio y Francisco, a un lado de la Plaza de Fátima, que son un guiño a los mentideros de antaño donde el saber popular se compartía de forma distendida. Ambos recuerdan a Los Sanroqueños, que en su infancia dieron música y alegría al barrio, y especulan con acierto que por ese motivo hay tantas calles con motivos folclóricos.
Pero, además, conocen muchas otras historias que el callejero continúa narrando a través de las voces que lleva el aire. Es el caso de la antigua panadería, que solía regentar el abuelo de Juan Antonio, y que se convirtió en el mismísimo centro del barrio. Más allá de hornear hogazas, allí también se cocinaba conocimiento, comunidad y religión cuando los niños y niñas recibían clase o el párroco impartía misa con aroma a pan.
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