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Alguien perdió mil pesetas en Las Palmas de Gran Canaria

El anuncio apareció en LA PROVINCIA el 14 de mayo de 1941 y ofrecía cien pesetas a quien devolviera el billete. El resto del periódico, en plena Segunda Guerra Mundial, hablaba de Hess, bombardeos, cine y alquileres.

El anuncio de la pérdida, publicado en la edición de LA PROVINCIA del 14 de mayo de 1941, sobre la portada de aquel mismo día.

El anuncio de la pérdida, publicado en la edición de LA PROVINCIA del 14 de mayo de 1941, sobre la portada de aquel mismo día. / LP

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Héctor Rosales

Héctor Rosales

Las Palmas de Gran Canaria

El martes, alguien perdió un billete de mil pesetas en Las Palmas de Gran Canaria. Fue entre las cuatro y las cinco de la tarde, en una guagua que iba del Puerto al centro de la ciudad. No sabemos en qué parada subió, dónde se bajó ni cuánto tardó en descubrir que ya no llevaba el dinero. Solo que ofreció cien pesetas a quien se lo devolviera: el diez por ciento de lo perdido.

Quien lo encontrara debía entregarlo en el Colegio de las Dominicas.

Al día siguiente, la pérdida cabía en unas pocas líneas de LA PROVINCIA. A quince céntimos el ejemplar, aquel billete daba para comprar 6.666 periódicos. No era una cifra de buen agüero, pero peores eran las noticias de aquel 14 de mayo de 1941.

Alguien perdió mil pesetas aquel martes. Más de uno debió de sonreír al encontrar el anuncio, aliviado de que, por una vez, el despistado fuera otro. A la vista de aquella portada, el anuncio casi parecía una recompensa.

Billete de mil pesetas fechado el 21 de octubre de 1940.

Billete de mil pesetas de la emisión del 21 de octubre de 1940, con el retrato de Carlos I. / S. G.

En ella estaba Rudolf Hess, lugarteniente de Hitler en el Partido Nazi, que cuatro días antes había protagonizado uno de los episodios más desconcertantes de la Segunda Guerra Mundial. Había despegado solo de Alemania, cruzado el mar del Norte y saltado en paracaídas sobre Escocia con una propuesta de paz que los suyos aseguraban no haberle encargado.

Berlín se apresuró a negar que hubiera desertado. LA PROVINCIA recogía con detalle la explicación alemana: según aquella versión, Hess pretendía convencer a ciertos británicos de que Alemania era inatacable y de que aún podían entenderse sin Churchill.

Por si alguien se sentía tentado a interpretar más de la cuenta, aparecía también una pieza titulada «Glosa de los amargados». Negaba que los movimientos internos del régimen revelaran una lucha entre facciones o un posible cambio de rumbo. En España mandaba uno —Franco— y los demás eran simples colaboradores. Quienes especulaban, criticaban o murmuraban eran agitadores, desocupados y maldicientes. Para sus «cavernosos graznidos», bastaba «un buen puñetazo».

La guerra, a las seis y media

La guerra se había metido tanto en la rutina de quienes la seguían desde lejos que unas páginas más adelante reaparecía en la cartelera. La conquista de Francia, Bélgica y Holanda aún era reciente y ya tenía película. El Real Cinema, que antes había sido el Royal y volvería a serlo, proyectaba La guerra relámpago a las seis y media y a las nueve y cuarenta y cinco. El anuncio presumía de su «extraordinario éxito» en las principales capitales europeas. Varias acababan de cambiar de bandera.

En el Cuyás se anunciaba la comedia musical Ave María. A peseta y media la butaca, las mil pesetas daban para 666 entradas.

En el Teatro Hermanos Millares debutaba una compañía de marionetas con quinientos muñecos que cantaban, bailaban y contaban chistes «como si fuesen seres humanos».

El cine Royal, que durante unos años se llamó Real Cinema, en una fotografía de 1950.

El cine Royal, que durante unos años se llamó Real Cinema, en una fotografía de 1950. / Fedac

Fuera de la cartelera, Londres seguía ardiendo. La edición hablaba de incendios aún sin extinguir en almacenes de víveres, depósitos de gasolina y petróleo e instalaciones junto al Támesis. En Gibraltar, los vecinos llevaban la careta antigás desde las once y media de la mañana.

En España, la guerra civil todavía dejaba asuntos pendientes. El Boletín Oficial del Estado ascendía a teniente general a Emilio Mola, uno de los principales organizadores del golpe de 1936, muerto en un accidente aéreo al año siguiente. El decreto explicaba que, al frente del Ejército del Norte, había desempeñado funciones propias de un rango superior. El ascenso tenía efectos desde el 3 de junio de 1937, el día de su muerte. Casi cuatro años después, el escalafón quedaba por fin en orden.

En el norte de África, las fuerzas germano-italianas anunciaban un avance de setenta kilómetros desde Sollum, ya en Egipto, junto a la frontera con Libia. Sollum estaba en manos de Rommel; Tobruk, más al oeste, seguía resistiendo el cerco. Al día siguiente, los británicos intentarían recuperar aquella franja fronteriza. La agencia alemana los describía retirándose precipitadamente. Unas páginas después, el parte británico repetía la escena, pero a la inversa.

Mientras unos y otros discutían quién se retiraba, en San Cristóbal se anunciaba la subasta de una casa de dos plantas, alquilada por 35 duros al mes: 175 pesetas. El billete perdido habría pagado casi seis mensualidades.

No era la única pérdida anunciada en aquellas páginas. Entre las calles Hierro, Salvador Cuyás y Gomera, en el Puerto, alguien había perdido un pendiente con cadena. Era de «relativo valor», pero se trataba de un recuerdo familiar. Esta vez no había porcentajes. Quien lo devolviera sería gratificado «debidamente».

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