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Antonio Martín Ramos, el último gran rapsoda

El pasado lunes se cumplieron 25 años de la muerte de Antonio Martín Ramos, el rapsoda que encarnó como nadie un arte hoy extinguido

Antonio Martín Ramos.

Antonio Martín Ramos.

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Las Palmas de Gran Canaria

Hubo un tiempo en que el teatro ocupaba el lugar que hoy reservamos a la televisión o a las plataformas digitales. Cuesta imaginarlo desde este presente de pantallas, pero durante buena parte del siglo XX los teatros de la isla llenaban sus butacas noche tras noche con zarzuelas, comedias, revistas y recitales poéticos interpretados, en su mayoría, por artistas canarios. En aquellos tiempos, hasta la poesía recitada constituía por sí sola un espectáculo capaz de abarrotar teatros o de mantener en vilo a miles de oyentes con la oreja pegada a una vieja radio. De aquel ambiente cultural irrepetible surgió Antonio Martín Ramos, uno de los grandes rapsodas que ha dado Canarias.

Nacido el 12 de febrero de 1910 en el número 27 de la calle Doctor Chil, en lo que ahora es el Museo Canario, Antonio Martín tenía apenas doce años cuando, tras leer un poema del príncipe de las letras castellanas, Rubén Darío, descubrió cuál sería la vocación que marcaría su vida. Sin embargo, la muerte prematura de su padre, Francisco Martín, chófer de la condesa de la Vega Grande, lo obligó a abandonar los estudios para ayudar, junto a su hermano Agustín, al sustento de su madre y sus ocho hermanas. Aquella responsabilidad retrasó sus aspiraciones artísticas hasta su regreso del servicio militar en Ceuta, una vez finalizada la Guerra Civil.

Aunque siempre afirmó que recitar poesía era la gran pasión de su vida, fue también un actor frustrado, pero por voluntad propia, pues pudo haber desarrollado una brillante carrera como actor lejos de las islas. Formó parte del elenco de Concha Piquer y, tras actuar con la célebre tonadillera en el Teatro Fontalba de Madrid, recibió la oportunidad de incorporarse a una gira por América, pero declinó la propuesta para regresar a Gran Canaria convencido de que, si cruzaba el Atlántico, difícilmente regresaría junto a los suyos, especialmente al lado de su madre, Rosa Ramos Rodríguez, con quien vivió hasta su fallecimiento en 1967. Por eso, ni siquiera el éxito cosechado mucho más cerca, en sus actuaciones peninsulares, logró apartarlo de Gran Canaria, renunciando deliberadamente a una proyección internacional o a convertirse en uno de los grandes recitadores españoles.

En la isla desarrolló una actividad artística extraordinariamente diversa. Fue actor, rapsoda, guionista, escenógrafo, figurinista, director de escena, decorador, caricaturista y pintor, todo ello sin dejar nunca de cultivar la faceta que lo hizo inolvidable, la de rapsoda.

Quienes tuvieron la fortuna de escucharlo coinciden en destacar la excepcional riqueza de su registro vocal. Poseía una voz capaz de transformarse según lo exigiera el poema: suave o desgarrada, serena o impetuosa, íntima o solemne. Pero aquel talento natural iba acompañado de un rigor casi obsesivo. Antonio Martín nunca improvisaba. Estudiaba cada composición una y otra vez hasta encontrar el matiz exacto de cada palabra, convencido de que en cada verso habitaba un universo de emociones que solo podía revelarse mediante una interpretación precisa.

En poemas dramáticos como Los viejos estorban transitaba con naturalidad por la tristeza, la soledad, el resentimiento y la ternura, hasta sumir al teatro en un silencio que solo rompían los aplausos. Del mismo modo, pocos recitadores alcanzaron la intensidad con la que transmitía la pasión de la lírica romántica. Su dominio de la voz, del gesto y del ritmo convertía cada recital en una experiencia profundamente conmovedora.

Cincelador de palabras, orfebre del verbo, cautivaba al auditorio por la musicalidad que imprimía a los versos y por su capacidad para hacer visible el alma de cada poema. Envuelto en una capa española, nadie expresaba con tanta fuerza la desesperación de un amor imposible, la valentía de un bandolero o la gracia de una composición humorística. Su repertorio abarcaba desde los clásicos contemporáneos de la poesía española -Lorca, los hermanos Machado, José Méndez Herrera, Ángel Lázaro o Villalón- hasta numerosos autores canarios, cuyas composiciones contribuyó decisivamente a divulgar. Entre las piezas más celebradas figuraban El contrabandista de Manuel de Góngora, El parque de María Luisa de Juan Antonio Cavestany, El Viático de Pemán, La casada infiel de Lorca, El embargo de José María Gabriel y Galán, La profecía de Rafael de León y Cantares de Antonio Machado, entre muchas otras. Sus actuaciones concluían invariablemente entre ovaciones interminables.

Paralelamente desarrolló una intensa actividad teatral. Participó en numerosas producciones como Al llegar la primavera, Bongó, Lluvia de estrellas, Cantando en la noche, Serenata brasileña. Especialmente recordada fue su interpretación en Bodas de sangre, junto a Paquita Mesa, con quien compartió además numerosos espectáculos musicales.

En 1957 intervino en Americana para tres, comedia musical de Martín Moreno y Juan José Darías con música de Andrés Plata, estrenada en el desaparecido Teatro Hermanos Millares. La obra permaneció diez días en cartel con un éxito clamoroso. En ella, Antonio Martín interpretó dos veces al día, durante veinte funciones, el poema dramático Mi hijo Ramón, de Darías, encarnando a un viejo pescador de San Cristóbal que maldecía al mar por haberle arrebatado a su hijo. Su interpretación sumía al teatro en un silencio absoluto antes de provocar una larga y estruendosa ovación.

Treinta y siete años después, el homenaje que le rindió el Círculo Mercantil con motivo de su CXV aniversario confirmó que el afecto del público permanecía intacto. Sin abandonar el escenario fue enlazando algunos de los poemas más celebrados de su repertorio hasta culminar, una vez más, con Mi hijo Ramón, mientras su autor seguía emocionado la interpretación desde el patio de butacas.

Divulgador entusiasta de la poesía, Antonio Martín jamás rechazó participar en actos benéficos. Colaboró desinteresadamente con sociedades culturales, asociaciones vecinales y salones parroquiales, adaptándose a cualquier escenario y a cualquier público. Quienes lo trataron recuerdan tanto la delicadeza de su arte como la sencillez y la humildad de su carácter. Durante décadas fue uno de los artistas más queridos de Gran Canaria. Resulta difícil encontrar entre los aficionados veteranos al teatro alguien que no lo escuchara recitar al menos una vez.

Su última actuación tuvo lugar en 1995, cuando contaba ochenta y cinco años. El escenario fue el Centro Insular de Cultura. Frente a un auditorio integrado mayoritariamente por jóvenes, poco familiarizados con aquel género, volvió a demostrar la fuerza intacta de su arte y fue despedido con una prolongada ovación.

Tras una larga enfermedad, afrontada con la elegancia y la serenidad que siempre lo distinguieron, Antonio Martín falleció el 27 de julio de 2001 a los noventa y un años. Conservaba una notable lucidez y residía desde hacía varios años en el Hospital La Paloma. Su entierro, celebrado al día siguiente en el cementerio de Vegueta, reunió a familiares, amigos, artistas y autoridades.

En la esquela publicada por su familia, bajo su nombre aparecía una única palabra entre paréntesis: Rapsoda. Bastaba ese término para resumir a un artista polifacético que dedicó su vida a engrandecer y divulgar la poesía mediante la voz.

Hoy una calle en Lomo Los Frailes, Tamaraceite, perpetúa su memoria. Es uno de los escasos vestigios de quien fue uno de los artistas más ovacionados de su tiempo. Pocos transeúntes conocen ya la historia que encierra esa placa, porque el oficio que dio sentido a su vida -el del rapsoda capaz de convertir la palabra en espectáculo- desapareció con él. La televisión terminó por arrinconar aquel género hasta hacerlo desaparecer de los escenarios.

Con Antonio Martín desapareció el último gran rapsoda de Canarias y también una forma de entender el espectáculo. Aquella en la que bastaban una voz y un poema para conmover a todo un teatro.

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