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Una vida de lucha vecinal y cuidados: la historia de Margarita Quintana, memoria y resistencia en Las Palmas de Gran Canaria

Margarita Quintana Estévez es el vivo rostro del amor por San Francisco. Ha vivido cerca de medio siglo en este barrio capitalino, donde crio a sus hijos y se implicó de lleno en la lucha vecinal para mejorar las condiciones de las viviendas. Además, se dedicó durante años a la parroquia, que forma parte de la identidad del barrio.

Margarita Quintana Estévez, pionera en la lucha vecinal del barrio de San Francisco

José Pérez Curbelo

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Nayra Bajo de Vera

Nayra Bajo de Vera

Las Palmas de Gran Canaria

Los años corren en los márgenes de Las Palmas de Gran Canaria casi inadvertidos. San Francisco es, en muchos sentidos, un barrio del olvido: el deterioro y la decadencia se ceban con sus bloques de viviendas, no por falta de denuncia vecinal, sino por falta de acción política. A pesar de ello, su encanto y belleza trasciende a los desconchones e infraestructuras obsoletas cada vez que Margarita Quintana Estévez recuerda las décadas que ha pasado allí. Sus ojos vivarachos y su risa alegre encarnan el rostro de la lucha vecinal de San Francisco, ese rincón de la capital grancanaria que tanto ha amado y defendido.

Con 79 años cumplidos, carga a sus espaldas una vida dedicada al trabajo de los cuidados, que muchas veces no son reconocidos. Eso no le impidió implicarse de lleno en su barrio, del que también cuidó como si fuese su propia casa, mientras se hacía cargo de sus tres hijos, sus padres y sus suegros en momentos de enfermedad y vejez.

Margarita se ha reunido durante años con políticos de todas las siglas para pedir mejoras en el barrio

Ya fuese en encuentros con políticos de todas las siglas, interviniendo en el Pleno del Ayuntamiento o predicando la convivencia entre vecinas y vecinos, Margarita siempre ha defendido al barrio y a sus gentes de la manera en que le enseñaron desde pequeña: "Con respeto, con educación y con humildad".

La semilla que sembró hace más de 40 años ha seguido germinando en la lucha vecinal del presente. Sin embargo, después de muchos años de protestas, Margarita todavía echa en falta que se les atienda debidamente desde las instituciones. "Me gustaría que fueran por el barrio, que no se escucha nunca nombrar San Francisco. Quiero que vayan por allí para que vean el deterioro, porque no es lo mismo explicar que ver", relata.

Margarita Quintana, pionera en las protestas vecinales de San Francisco

Margarita Quintana Estévez, pionera en las protestas vecinales de San Francisco / José Pérez Curbelo

La llegada a la ciudad y el abrazo de la parroquia

Antes de llegar a Las Palmas de Gran Canaria, Margarita comenzó su vida en el municipio de Teror, donde nacieron sus tres hijos. Al igual que su marido, aprendió el oficio de peluquería y estuvo un tiempo trabajando de ello, si bien su ocupación terminó trasladándose al entorno doméstico.

Rememora que le costó adaptarse a la ciudad cuando llegó del campo, pero pronto encontró un motivo de orgullo y alegría en la pequeña parroquia de San Francisco de Asís y la Virgen del Rosario, que "antes era una cosa sencilla" y hoy "parece un auditorio". Es precisamente ahí donde residen los inicios de sus reivindicaciones.

Margarita empezó impartiendo catequesis y formando en valores a los niños y niñas del barrio junto con un grupo de mujeres a las que tiene en alta estima. "Yo era muy inquieta y animaba a mis vecinas. Estuvimos 29 años dando catequesis aquí en el barrio con los chicos jovencitos y las chicas. Hoy en día siento orgullo porque los veo por aquí, me dan un gran saludo y salieron buenas personas. Eso fue un paso para yo ilusionarme en el barrio", desgrana.

La chispa de las reivindicaciones

En el seno de la iglesia se organizaban procesiones, alfombras y momentos compartidos para llenar una calle que, por aquel entonces, todavía era "un caminito, una vereda de tierra, una carretera sin asfaltar". Las procesiones experimentaron un parón hacia los años ochenta del siglo pasado, lo que preocupó a Margarita ante la posibilidad de perder "una tradición tan bonita de toda la vida". Por ese motivo, se arremangó la camisa, llamó puerta por puerta, recogió un buen puñado de firmas y entregó los folios al Obispado. "Al mes siguiente ya empezaron las procesiones", remata.

Desde que vio los frutos de su primera iniciativa, continuó trabajando sin buscar protagonismo para denunciar las carencias del entorno y mejorar el barrio. Solía hablar con sus amigas del mal estado de las casas que, sin llegar a los extremos del presente, ya venían arrastrando muchos problemas. Con el paso del tiempo, el abandono continuado ha tomado forma de desprendimientos en las fachadas, filtración de aguas fecales, grietas de gran tamaño o restos de vertidos.

Un furgón cargado de pintura

De vuelta al pasado, Margarita visitó el Cabildo para solicitar que embellecieran los edificios. Después de mucha insistencia consiguió que les brindasen los botes de pintura del color que eligiesen, pero los vecinos debían hacerse cargo de aportar la mano de obra. "La compañera y yo fuimos en el furgón de su esposo y nos trajimos tres latas por cada zaguán", cuenta.

Entre recaudaciones para la residencia de mayores y lecciones de civismo a los más pequeños, Margarita también se reunió con asociaciones y representantes políticos de todos los colores. No obstante, según cuenta, el relato se repetía incansable: iban al barrio en periodo electoral para "recaudar votos" pero sus promesas caían en saco roto.

Compromisos en saco roto

Algunos de los compromisos que todavía no han cristalizado –y que tiene meticulosamente anotados en varias hojas de apuntes– son la reposición de viviendas, mejoras en la limpieza y un estudio económico-social. Llegaron a ofrecerles instalar ascensores, pero Margarita dijo desde el primer momento que no eran prioritarios ni tendrían la capacidad para mantenerlos: "Nosotros no pedimos lo que no se puede, estamos pidiendo lo esencial. Este es un barrio muy humilde".

En cualquier caso, también tiene muy claro que hace falta promover la implicación vecinal, la unión comunitaria y que la gente "se implique en cuidar su entorno" para evitar que siga deteriorándose. Por ese motivo, anima a los recién llegados al barrio a que se unan a las reivindicaciones vecinales para promover el bien común.

Hace unos años que Margarita tuvo que marcharse de San Francisco, pero casi medio siglo de vivencias todavía perduran en su memoria, regando el cariño que le tienen las vecinas y vecinos. Por donde quiera que pasa la saludan, la abrazan y la llenan de elogios, mostrando esa parte bonita del barrio que muchas veces pasa desapercibida.

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