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Al vaivén de la tribu nocturna

La siempre callejera Dakar se traviste de atrevida la noche de los sábados y los locales de ocio de Almadies y las fiestas privadas se llenan a rebosar

Al vaivén de la tribu nocturna

Al vaivén de la tribu nocturna

Era imposible no encontrarlo a la primera. El estruendo del pum chin chin inundaba toda la calle y te conducía indefectiblemente hacia los dos enormes bafles situados en la terraza de Les Petites Pierres, en pleno corazón del popular barrio de Ouakam. Jean Paul Gomis no pudo evitar que se le dibujara una sonrisa. En la puerta metálica, un fornido guardián repartía entradas a tres euros, con derecho a consumición. "Ya estoy en Dakar", pensó. La noche apenas acababa de empezar y venía preñada de misterios.

Los fines de semana, la siempre caótica y callejera capital senegalesa se traviste de atrevida y descocada y los locales de ocio compiten con conciertos y fiestas privadas por las que transita toda la fauna de una ciudad en la que conviven jóvenes profesionales, estudiantes venidos de todos los rincones de la región y expatriados franceses, italianos, españoles o estadounidenses que trabajan en agencias de la ONU, empresas, ONGs y oficinas de todo pelaje. Ese magma entra en ebullición cada viernes y sábado por la noche y se mueve de un barrio a otro en busca de un poco de diversión.

Para empezar la fiesta, nada mejor que unas tapas. Sí, lo que oyen. Locales de moda como las terrazas del Bayeku, en Ngor, o el Casa Mara, en Amitié 3, ofrecen los típicos aperitivos en formato español de platito y tenedor, pero con sabores de ambas orillas. Salteado de ternera, rabas de calamar, croquetas de la abuela o incluso tortilla permiten echarse algo al estómago con las primeras cervezas sin que el bolsillo se resienta demasiado.

Pero es la música la que manda, la que domina todo. En Les Petites Pierres es el turno de Ibaaku, intérprete, bailarín y DJ de imponente presencia que con sus cuatro rastas puntiagudas parece recién llegado de una nave extraterrestre. En la terraza, distintos grupos de amigos tratan de hacerse oir por encima del vibrante sonido en conversaciones tan animadas como intrascendentes mientras apuran cervezas, mojitos y ti punch como si no existiera un resacoso mañana. Dos días atrás, muchos de ellos ya coincidieron en el Hotel du Phare, en Mamelles, el templo de los jueves noche. La tribu se conoce, se busca, se retroalimenta.

A la hora del baile, el personal local gana por goleada. Poco se puede hacer frente a esos jóvenes que tienen un don innato para el ritmo y las sacudidas de cintura para abajo. A esta hora, la casa de dos plantas de Ouakam está más animada que nunca. Sin embargo, Gomis opta por cambiar de aires y pone rumbo al centro cultural Douta Seck. Allí, el suizo DJ Cortega reina sin discusión con su reputada Electrafrique y no es cuestión de perdérsela. "La música electrónica es mi preferida, sin duda", asegura. En el camino, un concierto de Omar Pene junto al monumento del Renacimiento Africano hace las delicias de los seguidores del mbalax, el pegadizo ritmo que popularizó en el mundo el genial Youssou N'Dour.

Lejanos quedan ya los tiempos en que el Jazz4You, los locales de música latina y el son, el guaguancó y la rumba congolesa de la Orquesta Baobab marcaban el tono de la noche dakaroise. Ahora son estos DJs y artistas multifacéticos, gurús de nueva generación, los que mueven de un lado a otro de la ciudad, en una suerte de acordeón nocturno, a los miembros de la tribu. El bailoteo desaforado de Electrafrique acaba por desorientar un poco a Gomis y sus amigos, que deciden echarse la penúltima en una lujosa casa semiabandonada de Virage, donde la fiesta de Sisi la famille, otro encuentro privado en el que corre la caipirinha y el güisqui de garrafón, les da el ansiado resuello.

Dakar compite sin complejos con la sonoridad danzante de los maquis de Abiyán y el calor sensual de las discotecas de la carretera de Koulikouro de Bamako. En vísperas de la Bienal, el acontecimiento cultural más importante de la ciudad, los locales redoblan sus esfuerzos por atraer a la clientela. Gomis, joven estudiante venido de Casamance, consigue por fin trenzar una conversación con dos chicas en esta especie de Sound System reggae de cabezas bamboleantes. A estas alturas ya es difícil seguirle la pista y sus próximos pasos son, por ahora, inescrutables.

La noche da ya sus últimos coletazos y en la bruma de las conciencias empieza a perfilarse la opción de darse un salto a los Almadies, la auténtica meca nocturna de discotecas y locales de moda. En la calle, un reguero de coches anuncia el superpoblado interior de famosos night clubs como el Nirvana, el VIP club o El Patio, donde decenas de chicas jóvenes se sientan en la barra a la espera de clientes, un negocio no sólo tolerado sino marca de la casa.

Yasmine, que esconde tras este nombre su verdadera identidad, llegó de Guinea hace tres meses. A la pregunta de cómo va la cosa responde con un subir de hombros adornado con una sonrisa forzada. En la oscuridad de la discoteca se cierran los acuerdos y las fortuitas parejas, a quienes ya aguardan una fila de taxis, salen por la puerta como en una romería.

De repente, Gomis reaparece. Parece que sus ganas de conversación y de baile han tocado fondo y se sienta en una mesa agarrado con las dos manos a un gin tonic lleno de hielos como si fuera un salvavidas. Son las cinco de la madrugada y la música de todos los locales que ha visitado le retumba en la cabeza. Ha llegado el momento de irse a descansar. En la calle refresca. Ha quedado para ir mañana a la playa de Mamelles, donde el chiringuito de Max le podrá ofrecer cerveza fría aderezada con los cacahuetes que venden los niños en la arena. La tribu busca refugio y respiro. Hasta el próximo fin de semana.

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