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Los misterios del pluscuamperfecto

Las abarrotadas universidades de Senegal no consiguen dar respuesta a las expectativas de decenas de miles de estudiantes

Un estudiante repasa la lección en el campus de Dakar.

Un estudiante repasa la lección en el campus de Dakar. J.N.

De noche, a las farolas de la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar (UCAD) le brotan estudiantes. Decenas de jóvenes deambulan por las calles del campus apuntes en mano, como poseídos por un frenético afán. A media voz, recitan la lección y gesticulan aparentemente inmersos en un extraño ritual. De tanto en cuanto, de un punto de luz al otro salta una mirada, un gesto de aprobación, una conexión neuronal, un empático intento de saberse parte de la misma sufrida clase estudiantil. Al amparo del calor de la jornada y lejos de sus superpobladas residencias, repasan y caminan en círculos.

Por el contrario, Komila Diatta prefiere la luz del día. Parapetado a la sombra de una acacia, sentado en un bordillo, este joven estudiante de español y amante de la obra de Juan Goytisolo trata de desentrañar los misterios del pretérito pluscuamperfecto. "Hola, ¿qué tal?", dice en un perfecto castellano. Procedente de Youtou, un pequeño pueblo del sur de Senegal, llegó a Dakar, como tantos otros, a lomos de una beca del Ministerio de Educación que apenas le da para vivir pero que le concede todo el derecho a soñar. Se aloja en una miserable habitación llena de colchones que comparte con otros siete estudiantes exprimiendo la vieja técnica de la cama caliente: ahora duermes tú, luego me toca a mí.

Recibe unos 50 euros cada mes, con los que paga su metro cuadrado vital y el bono de comedor. "No es mucho, pero al menos he podido estudiar. Soy el primero de mi familia", explica con una sonrisa. Sin embargo, una vez los jóvenes llegan del interior a Dakar o a las otras universidades del país, como la Gaston Berger en Saint Louis o las de Ziguinchor y Bambey, el panorama que se encuentran es descorazonador. Clases con hasta 700 alumnos que se levantan a las cinco de la mañana para coger sitio o rompen las ventanas para poder seguirlas desde afuera, profesores escasos, insatisfechos y mal pagados, falta de recursos y de material por doquier.

El pasado 15 de mayo, miles de estudiantes superiores se echaron a las calles una vez más para protestar por el enésimo retraso en el pago de las ayudas mensuales y asaltaron los comedores. En Saint Louis, un policía descontrolado disparó contra los chicos y mató a Fallou Sene, de 26 años. Durante tres días, la violencia se adueñó de las universidades: barricadas, neumáticos y vehículos quemados, lanzamiento de piedras, gases lacrimógenos. La cólera estudiantil, que asoma la patita cada cierto tiempo, no es sino la punta del iceberg de un sistema que no funciona, de universidades que se han convertido en fábricas de parados, poco adaptadas a los tiempos que corren y al modelo económico del país.

La Universidad Cheikh Anta Diop, antaño faro de toda la región y que aún hoy conserva cierto aura de prestigio en África occidental, hace aguas en realidad y en su naufragio arrastra al fondo a todos estos jóvenes obligados a regresar al pueblo sin posibilidad de insertarse laboralmente. No se entiende que el 60% de las carreras sean de Letras en un país en vías de desarrollo que está reclamando a gritos ingenieros agrónomos y técnicos en energías renovables. La falta de una oferta de Formación Profesional pública y en condiciones lastra a todo el sistema. El comienzo del Ramadán y la reacción del Gobierno acelerando el pago de las becas devolvieron una precaria calma a los campus. Hasta el próximo estallido.

Komilá Diatta tiene clase al mediodía. Desde su acacia preferida emprende el camino de regreso bajo el implacable sol de junio. A derecha e izquierda van surgiendo las distintas facultades, Letras por un lado, Derecho por el otro, Medicina un poco más allá. De las ventanas de las residencias cuelga la ropa a secar mientras decenas de miles de jóvenes se mueven de un lugar a otro, ajenos al bullicio, concentrados en sus respectivas tareas. Puestos callejeros de comida y locales de fotocopias, fotomatones y venta de libros y libretas se van alternando. El campus de la UCAD es un hervidero de jóvenes soñadores, una olla a presión pensada para 20.000 estudiantes que alberga a unos 80.000, un riesgo de frustraciones futuras.

Universidad para todos, gritó el ex presidente Abdoulaye Wade hace casi veinte años, poblando de liceos e institutos la geografía nacional, ampliando la política de becas. Centros de enseñanza superior surgieron aquí y allá en paralelo al proceso de descentralización. Los hijos de los campesinos, de los pescadores, ya podían proyectar un futuro diferente. Algunos lo logran. Evelyn es una reputada doctora que se gana bien la vida con su plaza fija en el hospital de Fann que alterna con la docencia en Ziguinchor; Therese Sarr, con su título bajo el brazo, se apuntó a un master de Comunicación y hoy trabaja en una sólida empresa de organización de eventos de 9.00 a 14.00 horas.

En la base de la pirámide, profesores de Primaria que ganan 200 euros al mes y que hacen frente cada día a clases a reventar. En el pueblo sureño de Boutoupa, Joseph Gomis revela su técnica para meter en vereda a noventa niños de diez años cada hora: "Gritar mucho". Los pequeños se golpean con los codos en estrechos pupitres y comparten materiales a falta de otra cosa. La calidad educativa es casi un concepto de ciencia ficción. "¿Qué te voy a decir?", pregunta en voz alta Diatta, "para nosotros es lo normal, no podemos bajar los brazos", añade mientras se adentra en la facultad. Lo que le quita el sueño, por ahora, son esos dichosos pluscuamperfectos.

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