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Crónicas africanas | Un taller en cada rincón de cada barrio (39)

Telas y pespuntes en el reino de Aw

La costumbre de estrenar vestido en cada boda, bautizo o celebración religiosa da vidilla a los costureros senegaleses, casi siempre hombres

Habib Aw en su pequeño taller de costura en Fann Hock (Dakar). J.N.

El rostro de Habib Aw está esculpido con hilo y aguja. En su pequeño taller del barrio de Fann Hock en Dakar, la capital senegalesa, siempre revuelto de retales y patrones, pantalones a medio hacer y telas recién cortadas, el tiempo pasa veloz. Cada día hay una entrega, un plazo que se acaba, una falda que terminar. Así anda de ajetreado este costurero de los de antes, hormiguita tijera en mano y cinta métrica al cuello, treinta y seis años después de su primera puntada. Trabajito no le falta. Afortunadamente. El oficio de la costura, en Senegal y en muchos países africanos, es casi siempre cosa de hombres.

La jornada comienza temprano. Apenas son las ocho de la mañana y ya está Aw trasteando sus atarecos. De vivo, le cuesta sentarse y anda de acá para allá por el barrio saludando a las vecinas, clientas potenciales, y a quienes madrugan para ir al trabajo. "Todo el mundo me conoce, esa es una de las claves del negocio", asegura mientras guiña un ojo a modo de pespunte. Hecha la ronda, se apalanca al fin delante de su Pfaff de 1958, la vieja máquina de coser alemana que vio la luz el mismo año que su dueño, compañera inseparable de fatiguitas y alguna que otra noche sin dormir.

"Eso es cuando no queda más remedio. En realidad yo prefiero trabajar de día", comenta Aw, "todo el mundo tiene derecho al descanso y además no es bueno para la vista coser con luz artificial". Y señala un fluorescente que titila al darle al interruptor. La estrella del taller, una denominación generosa para este cuartito de nueve metros cuadrados que da a la calle, es el wax o tela de cera. Este tipo de tejido con sus formas geométricas y estampados de mil colores es el preferido de la parroquia de Aw. "A las mujeres les encanta y ellas son mis principales clientas, cada mes me encargan algo. A los hombres, sin embargo, un traje o un bubu les dura dos años", explica.

Hay miles de talleres de costura. En cada barrio, en cada rincón, en cada pedacito del alma de esta ciudad. Lo habitual es que la gente compre las telas y se las lleve a un sastre para que les confeccione los trajes, las faldas, las camisas, los bubus y las prendas de vestir en general. Hay tiendas de ropa pret á porter, claro que sí, pero la costumbre es acudir al costurero. "Muchas veces simplemente me hacen el encargo y yo mismo les compro las telas", asegura Aw.

La Meca de la compra de paños y tejidos de Dakar se llama el mercado de HLM. Hasta el Minotauro se perdería en un laberinto como este. Miles de puestitos pegados unos a otros exponen su mercadería hacia la calle en una amplia zona de este barrio capitalino. Hay tantas tiendas y es tal el batiburrillo que para un ojo poco avezado es prácticamente imposible averiguar dónde acaba un establecimiento y comienza el otro. Hay más mercados notables, como Sandaga o Tilene, en la Medina, pero HLM es tan inmenso y tan variopinto que es la madre de todos ellos.

"Suelo ir allí, siempre encuentro lo que busco", explica Aw. Si el encargo es un traje con la tela incluida, los precios oscilan entre los 40 y los 120 euros, todo depende del acabado y la complejidad. Si el cliente aporta la materia prima, la factura se reduce incluso por debajo de los 25 euros. A gusto del consumidor. "El problema es que cada vez surgen más talleres, hay más competencia", se lamenta Aw. La buena noticia es que la costumbre de estrenar traje en cada boda, bautizo o celebración religiosa se mantiene intacta. "Incluso hay mujeres que se ponen tres vestidos diferentes en un solo día, uno por la mañana, otro al mediodía y otro por la noche. Y tienen que ser nuevos, porque si alguien utiliza uno del año pasado las vecinas van a señalarla con el dedo y pensar que tiene un problema económico", explica.

Antes, Habib Aw trabajaba en el barrio de Medina. Sin embargo, pronto se mudó a este barrio de Fann Hock para trabajar en el taller de Moustapha Sidibé, un reputado costurero que vendía a personal de la ONU o al embajador estadounidense Herman Jay Cohen a finales de los años setenta. "Muchos occidentales venían a confeccionarse su ropa con nosotros, éramos unas siete u ocho personas. Yo aprendí el oficio con Sidibé, era uno de los grandes, y me convertí en el jefe del taller". A su fallecimiento, cerrada la fábrica, la familia le permitió quedarse a vivir en la casa y mantener una pequeña habitación que da hacia la calle como taller.

De repente se pone serio. "Mi secreto es la honestidad", asegura como si estuviera a punto de enhebrar una aguja, "si recibo un encargo y sé que no voy a llegar a tiempo, prefiero decir que no. Y si me comprometo a un día y una hora, haré lo imposible por cumplir. Siempre pienso que un retraso por mi parte puede fastidiar una celebración. No podría dormir tranquilo", añade. El ruido del pedal de la vetusta Pfaff acompaña la conversa con las vecinas, que se toman la visita al costurero como una suerte de pausa en su ajetreada jornada. Nunca falta una silla y una buena parrafiada en el taller de Aw. Ni una sonrisa franca ni un trozo de wax.

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